18.2.12

El problema del periodismo

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Entre las cosas más insólitas (e insólitamente repetidas) que me han dicho en las últimas semanas en respuesta a los textos que publico en mi blog hay una que me llama mucho la atención, y que casi siempre asume una forma como esta: “Se ve que a Faverón le sobra el tiempo para escribir”. O como esta: “¿Este tipo no tiene nada más que hacer que escribir?”. Aquí va un dato que tal vez valga la pena tener en mente la próxima vez que alguien quiera formularme, directa o elípticamente, esa peculiar acusación: el dato es que yo soy escritor.

Pero este texto no es sobre mí. Es sobre algo que creo que está detrás de ese tipo de señalamientos, que son dichos con desconfianza, dichos como si se estuviera frente a algo sospechoso. Por supuesto, nadie le espetaría a Paolo Guerrero que invierta su tiempo en jugar fútbol y entrenar; nadie le objetaría a Claudia Llosa que tenga tiempo para filmar cortometrajes entre película y película; nadie se quejará (obviamente nadie se quejará) de que Gastón Acurio inaugure una nueva cadena de restaurantes cada año. Pero sí podemos objetarle a un escritor que escriba y a un intelectual que use su tiempo en pensar.

Y yo creo que la objeción que se me hace no es de mala fe ni es fingida ni es intrigante; pero creo que viene de personas que suponen que un escritor que escribe y un intelectual que reflexiona no está trabajando. Y creo que el hecho de que, como es claro, la mayor parte de las cosas que muchos escritores escriben no les representa mayor ganancia (así como la mayor parte de las reflexiones de un intelectual no se traduce en regalías y salarios), ese hecho, digo, hace que la cosa se vuelva, ante los ojos de muchos, no más inocente ni más altruista, sino incluso más sospechosa. Porque, incluso si admiten que el escritor y el intelectual está produciendo, les parece raro que en muchos casos no esté produciendo por dinero o no esté produciendo dinero.

Pienso que esa es una de las manifestaciones más atroces del pragmatismo del dinero y una de las consecuencias más terribles de la moral del capitalismo: que cada vez les mezquina más a los intelectuales, y sobre todo a los humanistas, un lugar válido en la sociedad, porque parecen seres que arrogantemente se sitúan, o se sitúan al menos parcialmente, un tanto afuera de los circuitos del comercio y del negocio.

Casi paradójicamente, por otro lado, pienso que todo eso se vincula con la manía seudo-progresista (pero en verdad retardataria) de asumir que el fruto del trabajo de artistas e intelectuales no les pertenece a ellos, porque no ha sido creado dentro de la única lógica prevalente hoy: la del dinero. Irónicamente, entonces, en los pocos casos en que un intelectual podría acogerse a la lógica del mercado y vivir de su trabajo (que tantos otros no ven como un trabajo real), ese derecho se les regatea: “abajo los derechos de autor”, “abajo los derechos de reproducción”.

No es difícil entender, así, por qué la sociedad recorta cada vez más los espacios donde los intelectuales podrían ejercer su trabajo y poner en juego los conocimientos adquiridos en años y a veces en décadas de estudio (pero el estudio de las humanidades no es un trabajo real, asumo, para muchos). Por eso buena parte de la sociedad asume que cualquiera con dos dedos de frente y algo de sentido común puede remplazar a un crítico literario, a un antropólogo, a un sociólogo, etc., dentro de los mismos campos en que esas personas se especializan.

A raíz de una frase mía referida a Gastón Acurio y el concurso de Caretas (“cocinero a tus sartenes”), no ha faltado tampoco quien me saque al fresco con una acusación: ¿cómo puede opinar así alguien que ejerció durante años el periodismo sin haber estudiado periodismo, sin ser un especialista en periodismo? La pregunta me parece válida y no sé si la respuesta complacerá a muchos, pero mi impresión es que, en el Perú claramente pero también en buena parte del mundo, el ejercicio real del periodismo no implica casi ningún conocimiento especializado. Hasta allí, no estoy haciendo una crítica: hay que notar que yo reclamé que los jurados del concurso fueran críticos y escritores, no que hubiera que estudiar literatura, por ejemplo, para escribir cuentos y escribir novelas. La exigencia sería absurda. La literatura es una demostración de que ciertos ejercicios intelectuales no funcionan a partir de la adquisición de un saber a través de la academia. Pero sí es poco menos que imposible imaginar a un buen escritor que no lea en grandes cantidades, literatura y otras cosas, un escritor que no sea poco menos que una maniático consumidor de textos.

Mi crítica real al periodismo es que, en sociedades como la nuestra, es uno de los motores de la idea de que académicos, intelectuales, humanistas y especialistas en general son prescindibles. En mis años como periodista, en los años en que fui editor de la revista Somos, por ejemplo (los años finales del gobierno de Fujimori, excepto los últimos meses), descubrí que la gran diferencia entre los periodistas formados en el periodismo y los que tenían una formación intelectual en otros campos pero ejercían el periodismo, es que a los primeros les costaba mucho tiempo, años, llegar a ser especialistas en algo, mientras que los que tenían otra base profesional adquirían el conocimiento del oficio periodístico en un dos por tres. Los mismos periodistas de formación se quejaban muy pronto, tras empezar a ejercer el oficio, de que en sus universidades les habían enseñado dos o tres cosas y nada más, pero que, en su conocimiento de los campos que debían cubrir (política, artes, cultura, relaciones internacionales, temas legales o policiales, incluso temas deportivos), su formación era pobre y casi inexistente.

Hay un terreno, sin embargo, en el que todos los periodistas de carrera deberían tener una ventaja clave sobre los que vienen de otros terrenos, y no es en la capacidad de investigación (un historiador, un antropólogo, un crítico literario, son investigadores por formación), sino en el asunto de la ética periodística y los límites de lo público y lo privado, en la coyuntura de reconocer qué cosa es materia periodística y qué cosa es violación de la privacidad y de la intimidad, en el tema de cuáles son las cosas que un periodista puede y debe hacer para descubrir información y qué cosas no puede hacer, y en el asunto crucial de cuándo un periodista puede opinar, comentar, juzgar, sobre qué base de conocimiento puede y debe hacerlo, sin que su impulso a la información se convierta en desinformación de cara a su audiencia. Da la impresión, lamentablemente, que muchos periodistas salen de la universidad con un enorme desequilibrio entre los dos polos: la cacería de información les parece infinitamente más relevante que la ética.

Una crítica muy frecuente que se les hace a los periodistas es que su manejo del lenguaje parece ser insuficiente, defectuoso, y que eso es inadmisible. En cualquier lugar del mundo, pero sobre todo en un país como el Perú, donde el bilingüismo, las variantes dialectales, la multiplicación de modalidades del idioma, son todas ellas cosas presentes y reales, esa crítica es bastante injusta, porque detrás de ella suele esconderse la indignación ante el hecho de que los medios de información empleen periodistas nacidos dentro de una variante del español que no es la dominante o la estándar o como sea que se llame al español que habla la clase media alta de la capital. Sí se puede exigir claridad, pero no se tiene que exigir homogeneidad.

Son otras dos cosas, entonces, las que sí se debe reclamar de un periodista: primero, que no quiera remplazar con su sentido común o con un conocimiento empírico limitado el conocimiento que podría y debería buscar en los especialistas; segundo, que recuerde que sí hay una cosa que él o ella puede enseñarle a sus colegas, digamos, “improvisados”: el contenido de esos cursos de ética periodística que los otros no han tomado en sus universidades. Y claro, dentro de esos dos márgenes, no hay que espetarle a un periodista que cómo así tiene tanto tiempo para andar buscando y divulgando noticias; sería como espetarle a un escritor que cómo así tiene tiempo para escribir.

En medio de la discusión sobre los cocineros y la literatura, me sorprendió que, entre las decenas de personas que fueron entrevistadas sobre el tema, hubiera chefs, publicistas, escritores, actores, futbolistas, congresistas, cantantes y promotores de espectáculos, pero no hubiera un solo crítico literario, cuando se supone que el rol de los críticos era un punto central del supuesto debate. Ese es un buen ejemplo de los dos pecados a los que me refiero: una falta ética (hay que recoger la opinión de todas las partes implicadas) y un atropello contra el conocimiento especializado (hay que preguntar a quienes pueden responder técnicamente, porque la idea es ampliar el conocimiento del público, no congraciarse con el prejuicio o con lo que el lector quiere escuchar).

6 comentarios:

Anónimo dijo...

LA TV es una exposicion a la basura, solo falta ver defecar a una persona en television

Lea dijo...

Tranquilo, señor Faveròn. No gaste tinta por gusto. A los que sabemos que usted es un escritor que ama y adora escribir no nos sorpende que escriba seguido y largo incluso. Es màs, no me llamarìa la atenciòn ver posts màs grandes incluso. A los que aman , y ojo que no uso la palabra PASIÔN, digo que AMAN escribir, nunca un texto les resulta suficiente. Por ustedes escribirìan hojas de hojas porque es su AMOR escribir. Pero bueno, no sigo, esto solo lo puede entender alguien a quien el arte le mueve la vida. No a cualquiera.
Siga escribiendo nomàs. Usted es de los pocos suertudos a los que la profesiòn les coincidiò con el AMOR. " Hacer lo que les gusta y encima que les paguen por ello".
Yo lo sigo.

Anónimo dijo...

Carta de escritores peruanos:

http://rodolfoybarra.blogspot.com/2012/02/carta-de-escritores-peruanos-favor-de.html

JMM dijo...

Yo también!

Anónimo dijo...

Yo también lo sigo. Redacta muy bien.

Malatrasa dijo...

Eco, en su Segundo Diario Íntimo, señala: "Evidentemente, nosotros los humanistas -y, por añadidura, nosotros los escritores, claro esta-no somos considerados como profesionales serios: somos unos holgazanes".
Así, Barnes compensaría esto cuando señala: "Para un escritor, no hay mejor clase de vida que la que le ayude a escribir los mejores libros" (El loro de Flaubert.
Entonces, ni se es aplicado ni light de mente. Simplemente haga lo que ama hacer. A sueldo, sin sueldo, con pluma negra, verde o blanca. Para qué más?