24.3.14

La violación como cadena perpetua

(Mi columna de esta semana en Velaverde)

Hace un par de años, en medio de una campaña electoral que, según todas las encuestas, debía llevarlo fácilmente a convertirse en senador por el estado de Missouri, el entonces diputado Todd Akin ofreció una desafortunada entrevista televisiva en la que habló, entre otras cosas, acerca del aborto terapéutico y del aborto en casos en que la concepción es producto de una violación. “Hasta donde entiendo, por lo que dicen los doctores, ese caso es inusual”, dijo. “Si es una violación legítima, el cuerpo de la mujer tiene formas de tratar de desactivar toda la cosa. Pero asumamos que tal vez eso no funciona o algo así. Lo que yo creo es que debería haber algún castigo, pero el castigo debería recaer sobre el violador”.

Akin, casi no hace falta decirlo, es republicano, parte del ala ultraconservadora del partido, y su base de apoyo es el famoso y lamentable Tea Party. Quizás otros ultraconservadores, menos lelos con el lenguaje, tengan formas no tan detestables de formular la idea, pero la idea en sí es compartida por todo ese extremo de la derecha americana, que considera que si una violación conduce a un embarazo y la mujer violada decide no llevar a término el embarazo y, en consecuencia, elige abortar, lo que está haciendo es castigar al nonato, quitarle la vida. En otras palabras, piensan que la mujer violada que aborta es una homicida. Ese razonamiento es sólo una de las curiosas maneras en que la misoginia transforma a las víctimas en culpables o no las reconoce como víctimas o las convierte en no-entidades o en seres sin derechos.

Como ocurre con todos los discursos de odio, para rechazar el discurso misógino basta con la operación de colocarse en el lugar de la víctima de ese discurso. En este caso particular, colocarnos en el lugar de una mujer violada y embarazada como producto de ese crimen. Para ponerme en esa situación, necesito imaginar que soy una mujer, que soy víctima de una violación, que esa violación deja en mí una marca traumática que me perseguirá por mucho tiempo y herirá mi psiquis por el resto de mi vida. Luego debo imaginar el momento en que, apenas semanas después de esa degradante agresión, descubro, primero como una sospecha y después con seguridad, los síntomas del embarazo.

¿Qué cosa siente una mujer en ese instante? ¿Qué siente la mujer violada cuando descubre que la semilla de su violador está en su cuerpo, que ha quedado allí, adentro de ella, que estará en ella por nueve meses y luego nacerá, convertida en un niño o en una niña? ¿Qué siente al saber que acaso tendrá que criar y cobijar y educar a una criatura que no sólo no quiso, no buscó y no escogió, sino que además fue depositada en su cuerpo por la persona que más ha odiado y que más daño le ha hecho en el momento más terrible de su vida, una criatura que fue originada en su cuerpo como parte de una acción destructiva, aniquilante, envilecedora, como lo es siempre una violación? ¿Qué siente una mujer condenada a que, en su vida, la maternidad y el odio, la maternidad y la violencia, la maternidad y el desprecio queden para siempre conectados por designio de su violador y con la complicidad de la sociedad y de las leyes?

Hay, por supuesto, una infinidad de cosas que no puedo saber con precisión por más que trate de colocarme en el lugar de esa mujer. Pero hay cosas que sí sé porque todos las sabemos. Una es que una violación es un hecho traumático. Un trauma es la huella de un acto, de un episodio, de un fragmento de vida tan atroz y tan violento que se convierte en una zona sucia y aciaga de nuestra memoria para siempre. Un agujero negro al que no queremos enfrentarnos pero que inevitablemente nos atrapa y nos succiona: quienes han sufrido un trauma orbitan alrededor de él por el resto de su vida. Las víctimas de hechos traumáticos suelen sentirse culpables de él, copartícipes: el trauma las secuestra. Lo imaginan y lo reviven perpetuamente.
Una violación dura, en apariencia, unos minutos o unas horas, pero en verdad suele durar para siempre. Se convierte en un estigma: es una marca tan honda en la psiquis que parece una marca visible en el cuerpo. Pero una violación que culmina en un embarazo es una marca visible en el cuerpo. Se transforma en una criatura, se convierte en un bebe, después en un niño, después en un adolescente, inocente sin duda de su origen, pero, inevitablemente, recuerdo vivo, para la madre, del terrible momento que lo originó. Algunas mujeres, dios sabe a través de qué esfuerzo sobrehumano, lograrán separar en sus mentes al niño del padre, pero otras no. ¿Quién tiene derecho a decirles a esas mujeres que no sólo deben vivir con el trauma en su memoria para siempre, sino que, además, deben traer al mundo al fruto de la violación y acaso vivir con él por el resto de sus días, convirtiendo la violación en un presente eterno?

En Missouri, esa estúpida declaración hizo que Todd Akin, favorito hasta entonces, perdiera largamente la elección contra su rival demócrata —una mujer, por cierto—, la senadora Claire McCaskill. Pero en el Perú esas cosas pueden decirse sin temer mayores consecuencias. Martha Meier, una figura de liderazgo en la concentración de medios de la Corporación El Comercio, quien piensa que las mujeres violadas no tienen derecho a abortar si su violador las embaraza, escribió hace unos días que el porcentaje de mujeres que resultan embarazadas por una violación es tan pequeño que esa circunstancia no debe considerarse en el debate sobre el aborto. En verdad, Meier piensa que ninguna circunstancia debe considerarse en ese debate. Es la manera en que piensan y actúan los radicales: para ellos, el debate consiste en el ejercicio de imponer sus ideas a la realidad, “sin permitir”, como dijo otro ultraconservador americano años atrás, “que los hechos interfieran con los discursos”.

Ya hemos visto ese tipo de razonamiento en el Perú, cuando Aldo Mariátegui sostuvo que las mujeres que murieron como producto de las esterilizaciones forzadas del fujimorismo eran tan pocas que estadísticamente resultaban irrelevantes. Por cierto, Aldo Mariátegui no es un ultraconservador, ni un liberal, ni un neoliberal, ni un pragmático, sino un ruido de fondo que interfiere con toda forma de pensamiento racional, pero, para ser justos, hay que decir que no comparte la posición de Meier en el tema del aborto (creo). Aun así es sintomático que Meier aplique esa manera de razonar al tema de la mujer y el aborto y Mariátegui la aplique al tema de la mujer y las esterilizaciones forzadas, porque ambas piezas completan el cuadro de la insoportable misoginia de derecha que persiste en el Perú: el cuerpo, la mente y la vida de la mujer son tierra de nadie, objetos sin valor que la derecha se cree con derecho a manipular de cualquier forma.

Una mujer puede morir sin que sea relevante, porque es estadísticamente marginal. Una mujer puede ser violada y condenada a ser madre del hijo de su violador o, si decide abortar, puede ser acusada de un crimen. Esa acusación es, en sí misma, una repetición del envilecimiento, un nuevo ultraje, una injuria adicional, una nueva violación, de la misma manera en que decir que una mujer muerta es irrelevante porque no afecta la estadística es burlarse de su muerte y despreciarla una vez más.

19.3.14

Beto Ortiz y Paco Yunque o Qué pasa cuando uno no entiende los cuentos para niños

Beto Ortiz sostiene que el cuento Paco Yunque de César Vallejo promueve “el estereotipo del cholito víctima”. Mario Vargas Llosa sostiene que en Paco Yunque hay “un espíritu de protesta que se contagia al lector”. No es sorprendente que nuestro peor escritor y nuestro mejor novelista tengan visiones tan radicalmente distintas de aquel relato escrito en 1931 por nuestro mayor poeta. No es sorprendente porque para ser un gran escritor primero hay que ser un excelente lector, y Vargas Llosa lo es, como sabemos de sobra por su largo trabajo como crítico literario, y Beto Ortiz no lo es, como sabemos de sobra porque es obvio. Beto Ortiz es un lector tan malo que lee Paco Yunque y cree que Vallejo promueve un estereotipo racista en el que se asocia lo cholo, o lo andino, o lo mestizo, con la pasividad y la pusilanimidad.

Todos hemos leído Paco Yunque en algún momento entre cuarto de primaria y segundo de media (como debe ser, porque Paco Yunque es un cuento para niños, escrito por Vallejo a pedido de una revista infantil) y sin duda, aunque desconociéramos palabras como estereotipo, racismo, segregación, semifeudal, gamonalismo y discriminación, todos entendimos el mensaje básico, el mensaje que Vallejo escribió para que le quedara claro a sus niños lectores. El mensaje es que hay sociedades atrozmente injustas donde el color de la piel y el origen permiten a unos abusar de otros, sentirse superiores, ser violentos, creerse propietarios de los demás, lastimarlos. Y que la injusticia de esa relación perversa se transmite de padres a hijos a nietos, de manera tan inexorable que incluso un niño inteligente, como Paco Yunque, un muchachito que no hace otra cosa que observar el mundo alrededor de él y preguntarse por qué ese mundo tiene esa forma maldita y agresiva, incluso ese niño, es inmediatamente introducido en la sociedad como sirviente, como semiesclavo, y sus dotes de observador y su sensibilidad no son nada al lado de la gigantesca estructura social que el país entero deposita sobre su espalda. Es decir, en otras palabras, sin tener esos conceptos a la mano, de chicos, cuando leímos Paco Yunque por primera vez, entendimos, como dice Vargas Llosa, que en ese cuento había “un espíritu de protesta”. Que Vallejo no promueve ningún “estereotipo de cholito víctima”: Vallejo está diciendo que la estructura de nuestra sociedad es criminal porque es racista y clasista y que ese crimen tiene víctimas reales y está diciendo quiénes son esas víctimas y está diciendo quiénes sostienen la explotación.

Paco Yunque, el personaje, no corresponde a ningún estereotipo previo en la literatura peruana y no engendra una genealogía de “cholitos víctimas”. Paco Yunque es Paco Yunque: un prospecto de semiciudadano que empieza a sufrir los horrores de la injusticia social en el momento en que la nación lo incluye engañosa y perversamente en sus circuitos: el primer día de escuela, la semana en que ha dejado el campo. Paco Yunque recuerda que en el campo las personas hablan como personas, es decir, una primero, después otra, después otra: dialogando, mientras que en la ciudad y en la escuela todos hablan al mismo tiempo, y eso no le parece humano. Paco Yunque, en su primer día de colegio, entiende algo que Beto Ortiz no entiende hasta hoy: que la sociedad no camina bien, que tiene algo monstruoso y deforme, y al comprender eso nos deja entender que las deformidades de la sociedad deberían abolirse y transformarse. Ese es el “espíritu de protesta” al que se refiere Vargas Llosa. Vallejo el marxista convicto y Vargas Llosa el liberal librepensador se dan cuenta. Beto Ortiz no. Beto Ortiz ha escrito hoy que prohibir al personaje de la Paisana Jacinta de Jorge Benavides sería como prohibir al Paco Yunque de Vallejo. Beto Ortiz no tiene la más remota idea de la diferencia que existe entre, por un lado, como Vallejo, exhibir y denunciar una deformidad de la sociedad y, por otro lado, como Benavides, contribuir a la repetición infinita de esa deformidad mediante la caricatura de las personas más habitualmente maltratadas en nuestra sociedad.

Paco Yunque no es un estereotipo pero sí ha engendrado una larga tradición de personajes que son parientes suyos en la literatura peruana. Para sorpresa de Beto Ortiz, esa genealogía no está formada por “cholitos víctimas”, sino por personajes de distintas clases sociales y orígenes étnicos, niños y adolescentes secuestrados por un orden social mucho más fuerte que ellos. Quien haya leído el cuento “Interior L” de Ribeyro, sabe que Ribeyro ha contribuido a esa genealogía con la historia de la chica sexualmente abusada que no tiene otro recurso que ceder al abuso para sobrevivir. Quien haya leído el cuento “Con Jimmy en Paracas” de Alfredo Bryce, sabe que Bryce también está en esa genealogía, con la historia del muchachito sacrificado por su propio padre, atrapado en la cueva oscura de las jerarquías sociales. Quien haya leído La ciudad y los perros sabe quién es Ricardo Arana, el Esclavo, y cómo su muerte es el producto natural de una sociedad vertical donde unos nacen para perder porque sólo así se mantiene la estructura.

Como dije al principio, para ser un buen escritor primero hay que ser un buen lector. Por eso Borges decía que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los libros que había escrito. Otra cosa que hay que tener para ser un buen escritor es empatía. Empatía con los que ocupan otro lugar en la sociedad, sobre todo con quienes ocupan un lugar radicalmente marginal. Para entender Paco Yunque hay que ser empático, claramente, porque Paco Yunque es un personaje distinto de la inmensa mayoría de quienes pueden leer un cuento en el Perú: es una criatura de algún lugar de alguna provincia peruana a principios del siglo pasado, donde una corporación inglesa rige la vida económica y política del pueblo; es un explotado y es un niño abusado; de grande será un adulto con la memoria del abuso que sufrió y que probablemente seguirá sufriendo. No es un pusilánime: es un oprimido. No es un estereotipo: es una realidad de su tiempo que sigue siendo real en nuestro tiempo, excepto, quizás, porque en nuestro tiempo Paco Yunque no tendrá nunca una carpeta en el mismo salón de clases que sus patrones. Quienes lean Paco Yunque de niños y lo entiendan, lo comprendan de verdad, sepan de qué habla, de grandes recordarán la lección y no repetirán el abuso. Beto Ortiz, como es claro, no entendió eso jamás.

17.3.14

EL FUJIMORISMO Y/O LA IGNORANCIA

(Mi columna de hoy en Velaverde)

Los peruanos (básicamente los peruanos de la clase media para arriba), que hemos hecho del eufemismo nuestra segunda lengua y del olvido nuestra versión de la memoria, hemos hecho también de la ignorancia nuestra forma nacional de conocimiento. Cuando digo eso, no trato de ser irónico. Como buen peruano, soy incapaz de ironía. El humor peruano nunca es sutil y, como es sabido, sin sutileza la ironía es imposible. Si digo que la ignorancia es nuestra forma de conocimiento, no intento un juego de palabras ni formular una contradicción incómoda ni intento dejar un absurdo en evidencia, como haría un ironista. Sólo intento una definición.
Hay casi infinitas formas de conocimiento y la mayoría de ellas están, en mayor o menor grado, a nuestra disposición: las ciencias, por ejemplo, o las humanidades o las ciencias sociales. También las artes son una forma de conocimiento: la pintura, la música, la fotografía. También la simple intuición, también la religión, también la superstición. También el periodismo, aunque ahora nos parezca mentira. Y también la mentira puede ser una forma de conocimiento: la ficción, el drama, la fantasía. Nuestra relación con el mundo es imposible sin un intento de comprender ese mundo y eso nos conduce inexorablemente a elegir uno o varios de esos caminos. Los peruanos (repito: sobre todo los peruanos de la clase media hacia arriba) hemos elegido la ignorancia.

En otras palabras, hemos decidido que nuestra manera de saber quiénes somos es nunca preguntarnos quiénes somos, nuestra manera de ser un país es ignorar cuál es la forma de ese país, nuestra manera de ser ciudadanos es ignorar que hay otros ciudadanos, nuestra manera de enfrentarnos al momento actual es ignorar que ese momento es producto de una historia, nuestra manera de confrontar las desigualdades sociales es asumir que son fenómenos naturales para poder ignorar nuestra parte y nuestra culpa en ellas y de paso liberarnos de cualquier responsabilidad de resolverlas.

Nuestra manera de tener ciudades modernas es levantar muros entre ladera y ladera, para no ver qué hay al otro lado de la cima, construir portones entre calle y calle para no mirar la urbanización de al lado, tender sogas arbitrarias en la mitad de una playa para que no asome la gente del arenal contiguo, colocar avisos luminosos en las cornisas de los edificios para concentrarnos en ellos y no ver la mugre en las veredas, los mendigos en las esquinas, los niños limosneros al pie del semáforo. Cuando caminamos por el Centro de Lima a mediodía no miramos los cerros: nos recordarían la parte de la realidad que preferimos ignorar. Cuando caminamos por el Centro de Lima de noche, entonces sí, alzamos la cabeza y vemos las lucecitas que se pierden en el cielo y se confunden con las estrellas y nos parecen hermosas, como si fueran los faroles de un pueblecito mediterráneo.

Eso funciona y no funciona. Funciona de inmediato, a trechos breves, nos permite sobrevivir día a día. Hasta que alguien dispara en la avenida, rompe la luna de un automóvil, abalea una notaría o asesina a un empleado para robarle su quincena. Funciona hasta que una huelga se cruza en nuestro camino o prendemos la tele por la noche y descubrimos, atónitos, como si fuera impensable, que ese batallón de policías antimotines no está reprimiendo a una turba revoltosa en un país del Medio Oriente sino a treinta minutos de nuestra casa o en un villorrio de la selva o de la sierra. Funciona hasta que deja de funcionar.

Entonces pedimos seguridad ciudadana. Y no se nos ocurre nunca pensar que existe una relación entre nuestra política de ignorancia voluntaria y la violencia que de pronto nos explota en la cara. Pedimos represión y mano dura. Vivimos negándonos a reconocer las muchas formas de violencia que existen en nuestra sociedad (la violencia de la pobreza, de la segregación, del sexismo, de la homofobia, del racismo) y cuando esa represión mental constante se agujerea (ninguna represión mental es a prueba de balas) y la realidad se nos viene encima, pedimos una forma más radical de represión. No queremos un Estado ni un gobierno: queremos un superego criminal que elimine las manchas del panorama perfecto en el que nos gustaría vivir. Por eso no pedimos políticas sociales que modifiquen la estructura en la que brota la violencia; pedimos solamente que la violencia sea administrada (escondida, arrumada, barrida bajo la alfombra) de tal modo que no nos impida seguir en nuestra bendita ignorancia.

El toque maestro de ese sistema de vida es nuestro intento perpetuo por ignorar que somos ignorantes, o, más precisamente, por fingir que ignoramos que somos ignorantes (que en el fondo es lo mismo). Nuestro modelo histórico para ello viene del experimento fujimorista: la década de la dictadura, a lo largo de la cual todos sus crímenes fueron denunciados y documentados, fue también la década en que los peruanos aprendieron a fingir que ignoraban que la dictadura era criminal o incluso que era una dictadura. Y de inmediato, cuando la pantomima fue insostenible, aprendieron a fingir que se sorprendían al descubrir la corrupción del régimen. Y aprendieron a fingir que detestaban esa corrupción. Pero rápidamente aprendieron a fingir que creían que el nuevo fujimorismo, el de Keiko Fujimori, no era corrupto, que milagrosamente había mutado en un actor legítimo de nuestra vida política. Eso lo hicieron para que el fujimorismo pudiera regresar. Lo que les gustó del fujimorismo a tantos peruanos en un inicio, claro está, fue la relativa tranquilidad económica. Pero lo que los apasionó por el fujimorismo, sobre todo, insisto, a las clases medias y altas, fue el descubrimiento de un sistema en el que la corrupción podía ser a la vez obvia y pasada enteramente por alto. Es decir, les fascinó la idea de ser gobernados por maleantes y no tener que indignarse genuinamente ni tampoco fingir indignación: bastaba con fingir ignorancia.

El problema es que para creer que el fujimorismo es una opción razonable de gobierno hay que ser ignorante de verdad, porque uno tiene que convencerse a sí mismo de que el país es viable aunque jamás ataque frontalmente ninguno de sus problemas de fondo, nunca se confronte a sí mismo, nunca reflexione sobre nada. Como un enfermo grave que crea que basta con planchar la ropa y maquillarse para seguir viviendo, cuando lo único que hace es agonizar. El otro problema, el problema mayor, es que el fujimorismo es mucho más grande que cualquiera que sea el eventual partido de los candidatos fujimoristas: se ha vuelto una forma estándar de hacer política en el Perú, ha delineado nuestras actitudes ideológicas, nuestras actitudes como nación, nuestras aspiraciones personales, nuestra moral social y, ciertamente, nuestra fácil convivencia con la corrupción. Si en las próximas elecciones nuestra opción final es votar por Keiko Fujimori o votar por Alan García, estaremos votando, en el fondo, por un fujimorismo con Fujimori o un fujimorismo sin Fujimori. Los dos son igualmente espantosos y todo parece indicar que no somos capaces de producir ninguna respuesta coherente a esa fatalidad.

28.12.13

MIS FICCIONES DEL AÑO

Estos son mis libros de ficción favoritos entre los que he leído este año, sin orden de preferencia. Qué suerte que pedí recomendaciones hace un par de semanas porque dos de estos libros los leí a última hora por consejo de mis amigos en FB.

1. EL CAMINO DE IDA, de Ricardo Piglia. La última novela de Piglia es notable. Vuelve al nivel estupendo de La ciudad ausente y Respiración artificial. La forma es inmensamente más accesible pero las ideas no pierden ninguna complejidad. Un policial sobre el amor, el engaño, la locura, la paranoia y el delirio terrorista. Un testimonio oblicuo sobre la guerra sucia en Argentina. Un libro muy personal y emotivo que además ilumina las oscuridades del exilio y el desarraigo. Los lectores de Piglia celebrarán la reaparición de Renzi y los cameos de Junior, pero sobre todo el retorno de uno de los tres o cuatro escritores más importantes de América Latina en la generación post-boom, allá arriba con Bolaño, una generación que aún no ha sido igualada por las posteriores.

2. TENTH OF DECEMBER, de George Saunders. Entre mis favoritos de este año hay tres libros de cuentos y este es probablemente el más original de todos. Mientras otros escritores siguen empeñados en cruzar genéricamene la frontera entre ensayo y narración o crónica y novela, Saunders hace de manera fluida un cruce mucho más difícil de ensayar, y lo hace infinitas veces en cada cuento: ir de la comedia a la tragedia, de la felicidad a la vileza, de la despreocupación al pánico y de la alegría infantil a la más turbia perversión sin que el paso resquebraje la unidad de la narración. Cuentos completamente inolvidables y, por cierto, entre los más divertidos que esté escribiendo autor alguno en el mundo hoy. El que le da título al libro podría estar en cualquier antología del cuento americano del siglo.

3. NOSTALGIA, de Mircea Cărtărescu. Este libro es de hace veinte años pero también podría ser de dentro de veinte o cincuenta. Lo coloco en la lista porque este año apareció por primera vez en español, en Impedimenta, con prólogo de Edmundo Paz Soldán. Cărtărescu es un borgeano imposible: uno que regresa sobre los temas del argentino y les da una vuelta adicional, o regresa con las armas de Borges pero para arrojarse en la dirección opuesta. Sus cuentos tienen esa gravedad que asusta al mercado y a los lectores de verano, pero también tienen la imperturbable inteligencia de los cuentos que entran al canon para no salir nunca más. "REM" y "El ruletista" entrarán también en la cabeza del lector y ahí se instalarán eternamente. Buenas noticias: varios otros libros de Cărtărescu están apareciendo en español y están en Lima.

4. THE CHILDHOOD OF JESUS, de J.M. Coetzee. A la mitad de la novela quería tirar el libro por la ventana; cien páginas después quería tirarme yo por la ventana; al final todos nos quedamos adentro, o todos nos quedamos afuera, mejor dicho, lo cual es, además, la sensación que uno tiene con los personajes del libro: que están siempre siendo arrojados de alguna parte, siempre limitados al exterior. Coetzee ha hecho una cosa curiosa: su libro más simple en cuanto a lo formal es uno de los más misteriosos como anécdota e incluso oscuro en sus múltiples pero distorsionadas referencias literarias, con frecuencia bíblicas. El hombre y el niño que llegan exiliados a un desconocido país hispanohablante parecen el reverso cotidiano de la pareja heroica de The Road, de McCarthy, pero su destino es, si cabe, todavía más incierto.

5. (BONUS TRACK) LOS BOSQUES TIENEN SUS PROPIAS PUERTAS, de Carlos Yushimito. Hace sólo media década Yushimito era una promesa y ahora es uno de los cuentistas más solventes de la última generación en América Latina, creador de un universo hecho de pequeñas y agudas observaciones sobre lo extraño que habita dentro de los paisajes más cotidianos: historias desconcertantes en una lengua lúcida y tan asombrada como asombrosa, una lengua plástica que se adapta y se remodela para cada historia y para cada anécdota.

Sobra decir que algunos de los libros favoritos de ustedes yo no los he leído, o los he leído y no han entrado en mi lista. Sobra decir, también, que muchos de los mejores libros que he leído este año son libros de hace mucho tiempo (no me siento especialmente presionado a leer novedades, prefiero los libros que ya vencieron todas las fechas de expiración y siguen indemnes). Por último, muchas de mis lecturas favoritas este año han sido libros de ensayo, de poesía, cómics, etc., que no están en esta lista en la que he querido limitarme a los cuentos y las novelas. Algunas otras ficciones peruanas podrían haber entrado aquí y quiero mencionarlas: El náufrago de la Santa de Peter Elmore y la colección de los cuentos completos de Fernando Ampuero. Si hubiera considerado la poesía, sin duda el libro infaltable habría sido Lejos de mí decirles, de Mario Montalbetti. Si la lista hubiera incluido los libros de memorias y ensayo habría sumado Levels of Life, de Julian Barnes, un conjunto de narraciones encantadoras que en cierta forma parecen enganchar con su última extraordinaria novela, The Sense of an Ending (2011).

20.12.13

Mandela: memoria vs. leyenda

(Mi artículo del último Velaverde)

Cuando muere alguien como Nelson Mandela y cientos de líderes políticos de todo el planeta, enemigos enconados unos de otros, coinciden en homenajear su memoria y en cantar las alabanzas de su historia personal, uno tiene la sensación —inocente— de que la grandeza de Mandela es tal que en verdad está por encima de las pequeñas o grandes diferencias de la política cotidiana. Lo que ocurre en verdad es algo distinto: para que todos esos políticos coincidan en el elogio, primero tienen que reinventar a Mandela, censurar su historia, aceptarla fragmentariamente y a veces reconstruirla al gusto de cada uno.

Barack Obama va a los funerales de Mandela y le da la mano a Raúl Castro, el dictador cubano. A nadie sorprende que, de inmediato, en Estados Unidos, las cabezas visibles del Partido Republicano critiquen ferozmente ese gesto. ¿Cómo puede Obama estrechar la mano de un dictador? Marco Rubio, senador republicano de Florida, declara: “Si el presidente iba a darle la mano a Castro, debió preguntarle acerca de esas libertades básicas con las que asociamos el nombre de Mandela, libertadas que son negadas en Cuba”. Ese es el problema de santificar la fantasía que uno tiene o quiere tener de otra persona, en este caso, la fantasía que Rubio se ha formado (calculadoramente, sin duda, de los labios para afuera) acerca de Mandela. Rubio parece admirar a un Nelson Mandela que fue enemigo de la Revolución Cubana y que jamás habría hecho algo tan ignominioso como estrecharle la mano al hermano-heredero de Fidel Castro.

La historia, sin embargo, dice que Mandela tuvo una constante admiración por el régimen de Fidel Castro. Fue un lector encandilado de los discursos del dictador y de los ensayos de Ernesto “Che” Guevara, y esos textos contribuyeron a formar su discurso en las primeras décadas de su actividad política. Mandela consideraba a Fidel Castro una inspiración y un amigo y al régimen castrista un aliado en su lucha contra el apartheid. Eso, a su vez, tenía una razón histórica objetiva: Castro apoyó la lucha de Mandela y al movimiento político que encabezaba. Mientras tanto, en cambio, durante décadas, el gobierno norteamericano tuvo a Mandela fichado como terrorista, situación que no cambió hasta el año 2008, con el inminente ascenso de Barack Obama, quien siempre ha declarado que Mandela fue uno de los inspiradores de su propia carrera política.

Un líder histórico republicano como el presidente Ronald Reagan, a quien, a su vez, Rubio invariablemente coloca a la cabeza de sus propios íconos y modelos políticos, opinó siempre en contra de los proyectos de legislación anti-apartheid. Lo quiera uno aceptar o no, en la tribuna de ese estadio sudafricano, en las ceremonias funerarias de Mandela, tiene mucho más sentido la presencia de los líderes de la Revolución Cubana que la presencia de, por ejemplo, el presidente Bush, quien también estuvo allí pero durante cuyo gobierno Mandela siguió listado como terrorista por las agencias americanas de inteligencia. De hecho, el año 2003, cuando Estados Unidos, bajo la presidencia de Bush, lanzó la invasión a Irak, Mandela declaró: “Si hay un país en el mundo que ha cometido inenarrables atrocidades, ése país es Estados Unidos. A ellos, simplemente, no les preocupa nada”.

Convertir en íconos a los personajes políticos es mucho más fácil que tratar de comprenderlos. Uno no corre el riesgo de tener que dialogar con ellos, con las cosas que pensaron e hicieron de verdad, con las posiciones de hecho que tomaron y con las alianzas, los pactos y las afinidades que tuvieron; tampoco corre el peligro de tener que aceptar que, colocado en una cierta circunstancia real, enfrentado a ellos, las discrepancias se hubieran hecho visibles. Para mí, por ejemplo, sería mucho más fácil no pensar en las posibles cercanías y semejanzas entre Mandela, una figura histórica que admiro, y el “Che” Guevara, un personaje que me resulta abominable. Hay una dificultad mayor en tratar de comprender la conexión, pero la conexión es real: la lucha contra órdenes injustos, la actitud rebelde contra estructuras sociales y políticas opresivas. Es arduo comprender que el camino de uno —Mandela— haya conducido a la construcción de una democracia abierta, a la reconciliación y el ejercicio de la memoria, a la edificación de un sistema político igualitario, y el camino del otro —el “Che”— lo haya llevado a diseñar una sociedad opresiva, un sistema dictatorial que con el tiempo se ha convertido en una monarquía hereditaria disfrazada de revolución, cuando ambos comenzaron sus viajes no sólo coincidiendo, sino sirviendo uno como inspiración del otro. Pero esa es la historia real: es más compleja que el simple maniqueísmo, está llena de alianzas odiosas que atentan contra nuestra fantasía de la historia, y sus protagonistas son seres de carne y hueso, a los que podemos forzar a representar nuestros sueños y nuestros ideales, pero que tuvieron que vivir, como Mandela, en el mundo de verdad, donde algunos de los demócratas de nuestra imaginación fueron sus enemigos y algunos de los autoritarios de nuestro sueño fueron sus aliados.

Por supuesto, para muchos tendrá un sentido transparente la admiración de Mandela por el “Che”, pero quizá varios de los que creen entenderla de inmediato lo hagan llevados, a su vez, no por la figura histórica de Guevara —un criminal, un asesino, un verdugo al cabo de juicios sumarios, un carcelero inmisericorde—, sino por el “Che” de los afiches progres, las camisetas hippies y las canciones de Santana. Una cosa está clara: Mandela no pudo ser uno de los engañados. Mandela tuvo que saber que la Revolución Cubana le costó la libertad a cientos de miles, a millones de cubanos. Mandela fue un político, y su vida fue una vida de opciones intrincadas y decisiones extremas, una de las cuales fue mantener la amistad de los amigos que sirvieron a su causa incluso después de que esos amigos se habían transformado en los ejecutores de la opresión para otros pueblos. Podemos sentarnos a reflexionar sobre eso, podemos discutirlo. O podemos ocultarlo detrás de una caricatura y una ficción no problemática. Pero el mundo está ya demasiado lleno de esas ficciones y nunca está de más enfrentarse a la realidad. Más interesante es descubrir que un ser humano con tantas fallas como cualquier otro tiene dentro de sí la capacidad de obrar transformaciones extraordinarias, no importa cuántas veces se equivoque. Ojalá la memoria de Mandela sobreviva a su leyenda.

7.11.13

Machos peruanos que se respetan

(Mi artículo de esta semana en Velaverde)

Eliane Karp llega al Congreso de la República y llueven los silbidos. Uno diría que son las pifias de sus rivales políticos, pero no: son los chillidos de los padres de la patria, aparentemente incapaces de contener su admiración por la pelirroja primera dama de unos años atrás. Admiración rara, porque, cuando la interrogan, le objetan el acento, las erres arrastradas que le vienen del francés, le hacen notar que ella no es de acá, que es una extranjera. Pero cuando se quita el saco para estar más cómoda, los congresistas duplican los gemiditos idiotas, sueltan otra silbatina. Uno pensaría que son obreros de construcción civil acosando a una transeúnte (experiencia que toda mujer peruana ha sufrido alguna vez y que no le será ajena a la señora Karp, que también es mujer y también es peruana). ¿Dije obreros de construcción civil? Error. Nuestro Congreso no se distingue ni por obrero ni por constructivo ni por civil. Sí se distingue por animal y burdelero, en cambio, y esta semana nos entregó esa prueba en bandeja. También se distingue por machista, misógino y vulgar. Aunque tal vez sea un error decir que eso lo distingue: en eso, los padres de la patria han salido a su hija: nuestra patria es machista, misógina y vulgar, aunque nos duela aceptarlo.

Una entidad con muchos fines de lucro organiza todos los años un evento llamado Social Day Perú (auspiciado, oh maravilla, por Marca Perú). En él, luego de las deliberaciones de un concienzudo jurado, se entregan premios en diversas categorías. Con frecuencia, esos reconocimientos los reciben blogs y páginas de redes sociales que cumplen una labor eficaz y edificante en el ciberespacio. Este año, en la categoría de entretenimiento, el premio le fue otorgado a un colectivo que opera bajo el nombre común de Macho Peruano Que Se Respeta. ¿En qué consiste su labor? Básicamente, estos orangutanes han pasado varios años reuniendo y republicando fotografías, dibujos, imágenes digitales, tiras cómicas, textos y memes que circulan por internet. No recogen cualquier cosa: se especializan en unos cuantos temas que repiten con tal asiduidad que parecen responder a una obsesión: la misoginia y la homofobia. Ustedes dirán: ah, son activistas que luchan contra la marginación de los homosexuales y el desprecio a la mujer. No precisamente (si así fuera, no los llamaría orangutanes). Más bien, son individuos que trabajan activamente para agravar la marginación de los homosexuales y el desprecio a la mujer. No es un misterio. Basta con dar una mirada rápida a sus páginas: lo que uno encuentra son imágenes y comentarios que fomentan la idea de que la homosexualidad es una tara, una enfermedad o una mancha y promueven, de paso, el principio básico de la misoginia: que la mujer es un objeto manipulable, secundario, hecho para el placer, que la violación es un juego, que asaltar a una mujer o tener relaciones sexuales con ella contra su voluntad es una actividad divertida, digna de celebración.

Hace un tiempo, un canal de televisión hizo un informe sobre Macho Peruano Que Se Respeta. No fue una denuncia, sino una especie de homenaje. Entre los expertos que declararon para ese reportaje estaba, cómo no, el único internetólogo omnisciente del ciberburdel nacional, el periodista Marco Sifuentes. ¿Su opinión? Que estos chicos eran gente muy ingeniosa e irónica, dueños de una gran preocupación social e impulsados por un interés fresco y renovador en nuestros asuntos políticos. Cuando recibieron el premio, y de inmediato comenzaron las obvias protestas de todos los cibernautas nacionales con dos dedos o más de frente, Sifuentes declaró, en menos de ciento cuarenta caracteres, que él en verdad había opinado sobre ellos sin conocer lo que hacían. Ah, pues, dirá el sufrido lector: mejor te hubieras callado la boca, ¿no? Sí, pues. Lo que pasa es que callarse la boca es una actividad particularmente difícil para quienes viven de abrirla cada vez que les piden que la abra, no importa para qué. Pero hay más: una mano traviesa hurgó en el blog del propio Sifuentes y encontró que, en el año 2006, ahorita nomás, él mismo había festejado y promovido —verdadero precursor de los orangutanes de hoy— la “celebración urgente” (esas fueron sus palabras) del Día Internacional de Agarrar Nalga. El texto ajeno que Sifuentes promovía decía, literalmente, “puedes agarrarle la nalga a cualquiera q tú quieras. Pasa este mensaje”. Y él, sonrisa en los labios, lo pasó. En uno de los blogs más leídos del Perú. Y añadió un mensaje adicional: “Parece una iniciativa peruana… Aprovechémosla”. Nunca sabremos cómo la aprovechó él, pero sí sabemos una cosa: por cada hombre que la aprovechó, hubo una peatona violentada por enésima vez en las calles del Perú.

También esta semana, el congresista más votado del país, Kenji Fujimori, recurriendo al mismo vehículo que usó Sifuentes para lavarse las manos —el multifacético Twitter—, escribió un mensaje deliciosamente imbécil: “[la] histeria solo puede atribuirse a la mujer porque viene de hister (clítoris)”. La única vez en su caricaturesca carrera política en que este hombre ha querido apoyarse en la ciencia para decir algo, lo que ha dicho es una tontería doble (la histeria dejó de considerarse un desequilibrio femenino hace un siglo; “hystera” es útero, no clítoris). Y además nos ha dado una grosera demostración de misoginia: la idea de que existe una cierta clase de locura que viene con la mujer, que es parte de la mujer, que está en ella esperando a estallar en cualquier momento. Estas mujeres, estas histéricas. ¿Por qué no son sobrias y serenas y reflexivas como nosotros los hombres? Pobre Kenji: hay que recordar que es el hijo del sujeto que ordenó que cientos de miles de mujeres peruanas fueran esterilizadas contra su voluntad. El hijo del tipo que mandaba a torturar a su esposa para disuadirla de ser un obstáculo en su carrera política. Pero también hay que pensar en lo que dije antes: Kenji Fujimori es el congresista más votado del parlamento peruano. ¿Qué nos pasa? ¿Qué récord estamos tratando de romper?

28.10.13

La fujimorfosis

(Mi artículo aparecido hoy en la revista Velaverde).

¿Quién es este señor moribundo al que las oscuras fuerzas del mal obligan a atender una audiencia judicial, cuando es obvio que el pobre hombre está con un pie en la tumba y el otro pie en las puertas del cielo, a juzgar por las ojeras que se le salen de la cara esquelética, la lámina de legañas que le cuelga del ojo, el pelo caótico que ya parece endurecido por el rigor mortis, esa mirada extraviada que no es otra cosa que un anuncio del deceso ad portas?

¿Y quién es este otro sujeto, enérgico, extrovertido y vociferante, este hombretón de peinado perfecto que desfila por los pasillos de una clínica en bata reversible y con el poto al aire, gritándole a la gente a voz en cuello, repartiendo órdenes como caporal en chacra, exultante de vitalidad, con más sabor, más saoco y más sandunga que una orquesta salsera en año nuevo? ¿Por qué está en una clínica si sus signos vitales son la encarnación de la salud y su grito atronador parece el de un capitán pirata cantando alegre en la popa?

Me quieren contar el cuento de que estos dos sujetos son la misma persona, como Superman y Clark Kent, como Batman y Bruno Díaz, como Martha Hildebrandt y Marco Aurelio Denegri. A otro hueso con ese perro: estos son dos individuos diferentes: uno está colgando la tanga antes de unirse al coro de los querubines celestiales; el otro está practicando para dar un golpe de estado en el infierno, pero a largo plazo, porque primero tiene que dar un par más en esta tierra.

¿Que los dos se llaman igual, Alberto Fujimori? Un nombre muy común, sin duda: de hecho, me suena de algo. ¿No se llamaba así el presidente democráticamente electo por los peruanos en 1990, el chinito regalón, el samurái tierno, el profesor del tractorcito, papá ejemplar, esposo dedicado, personificación del optimismo perulero de la inmigración japonesa en nuestra patria? ¿Y acaso no se llamaba igual, Alberto Fujimori, el desgraciado dictador, el ideólogo de Barrios Altos y la Cantuta, el sátrapa del Grupo Colina, el ladrón de los quince millones, cuyos aviones apenas podían despegar del suelo debido a la tonelada de barrotes de oro y maletas con dinero con que les llenaba el buche antes de cada viaje?

No me van a decir que esos dos también eran la misma persona. No estoy dispuesto a creer esa tontería. Salvo que alguien me quiera decir que Alberto Fujimori, el corrector de nuestra economía en los noventa, comando camuflado en su propia gloria, que atrapó a Abimael Guzmán sin más ayuda que sus puños encallecidos y su pericia de judoka sagrado, es el mismo Alberto Fujimori condenado por nuestros tribunales a cuchucientos años de cárcel por sus horrendos crímenes contra la humanidad. ¿Quién se va a creer eso?

Además, en todo caso, entre el Alberto Fujimori de la honradez, la tecnología y el trabajo y el Alberto Fujimori de los tanques, los lingotes y la sonrisa cachacienta vía fax hay varios años. Uno podría suponer que el primero se convirtió en el segundo a lo largo de un complejo proceso de decadencia espiritual, una de esas transformaciones que los escritores llaman “descenso a los infiernos”: un patita buena gente que se vuelve una rata, Walter White transformándose en Heisenberg.

Pero entre el Alberto Fujimori con cara de muerto recién exhumado que se presentó a los tribunales la semana pasada y el Alberto Fujimori de la camisola tres cuartos que se paseaba con el derrière en exhibición por la Clínica Centenario, sólo hay veinticuatro horas de distancia. Ese no es un pausado descenso a los infiernos: ese es el Doctor Jekyll chupándose una pócima hasta las heces para transmutarse en Mister Hyde en un dos por tres. Peor aun: ese es el pobre muchachón Gregor Samsa que en una sola noche se convierte en cucaracha patas arriba, para profunda preocupación de sus familiares y amigos.

A no ser, claro, que alguien nos esté metiendo la yuca. ¿Dije yuca? Ok. Tengo otra hipótesis: todos estos Albertos Fujimori son una misma criatura, capaz de asumir la apariencia que le conviene en el momento más adecuado, y de ejecutar ese cambio con una velocidad tal que el ojo humano no alcanza a percibirlo. Por fortuna, ahora tenemos el interesante documental grabado por un videasta amateur en la Clínica Centenario. Estoy seguro de que, si nos sentamos tranquilos frente a la tele y miramos el video cuadro por cuadro, percibiremos el instante exacto en que el cadáver deja de morir, se pone en pie, se peina con rápida maniobra de senséi, reemplaza el polo al revés por la seductora túnica romana y empieza a emitir gritos autoritarios que le salen por un tercer ojo en la barriga, como en una de esas películas monstruosas de Sam Raimi.

No tengo dudas: en ese video debe estar la prueba de que Alberto Fujimori no es muchas criaturas sino una sola: un monstruito mentiroso y chillón, alharaquiento y falso, proteico y sibilino, bochornoso y camaleónico, que se ha pasado más de veinte años asumiendo formas visibles alrededor de un centro hueco, en el que solo habita su deseo de persistir a toda costa, para seguir mintiendo. Miren con atención y díganme si no lo ven. Y la próxima vez que vayan a votar, recuerden que fujimorismo viene de Fujimori, que las supuestas bondades del fujimorismo son máscaras y maquillajes, engaños, espejismos, que no hay ningún bien en el fujimorismo que los fujimoristas no estén dispuestos a trocar por alguna forma de mal, si les conviene.

27.10.13

Macho Peruano Que Da Vergenza


Cada año, un grupo de blogueros, tuiteros y afines organiza una premiación que tiene como objetivo llamarse geniales unos a otros, presentarse como maravillosos y honrarse como si fueran relevantes. Se reparten unos premios que de vez en cuando van donde alguien valioso pero que casi siempre son como una cereza sobre una torta de barro: el puntito brillante que pone fin a largas jornadas de vacío absoluto. 
Este año, en ese carnaval anual que se llama Social Day Perú, la masa autogratificante decidió premiar por partida doble a un bicho bochornoso (o conjunto de bichos) que publica una página en Facebook y mantiene una cuenta en Twitter, ambas fundamentalmente destinadas a decir estupideces disfrazadas de humor pero que no son otra cosa que un bombardeo constante de mensajitos homofóbicos y misóginos. El nombre que han elegido para autobautizarse es "Macho peruano que se respeta" y aunque eso suena inmediatamente irónico, o autoirónico, la verdad es que la ironía requiere un nivel intelectual que está a kilómetros de la gente que administra ese perfil en las redes sociales.

Si alguno de ustedes se cruza con este "macho", revisen sus tuits, revisen sus posts, sobre todo los de hace algunos meses, y descubrirán que la verdadera ironía es organizar un "Social Day" para premiar a un grupo de antisociales de la mas baja calaña. ¿Quiénes están detrás de esa premiación? En el jurado hay gente de La República, de Generación UPC, entre los auspiciadores están Movistar, BBVA Continental y, como no podía ser de otra manera, Marca Perú...

Ahora, el mequetrefe que administra la cuenta dice que sus "excesos verbales" son cosa del pasado. Pero la imagen que tienen aquí es de post suyos hechos ayer nomás. Alguien tiene que explicar, sobre todo alguien en Marca Perú, que auspicia eventos con dinero del Estado, cómo así es que la plata de los peruanos se invierte en promover premios para homófobos enmascarados que creen que la violencia, el bullying, el matonerismo y la publicidad del odio y del abuso, son cosas graciosas.



15.10.13

Breaking Bad, una tragedia del mundo contemporáneo

(Esta es mi columna de esta semana en la revista Velaverde).

Walter White es el más complejo de todos los personajes que la televisión nos haya dado en su historia. Es un modesto padre de familia que pudo ser Premio Nobel de Química y también pudo ser multimillonario. La insidia y una serie de pequeñas traiciones personales lo convierten en un modesto profesor de química en Alburquerque, New Mexico, enterrado en el desierto y en una vida gris y mediocre. El amor y el destino le dan una bella esposa y un hijo que valientemente lucha contra un mal congénito. El cáncer y el despiadado sistema médico americano mutan a Walter en proveedor de una mafia de traficantes de metanfetamina. La ambición, el pánico a la muerte y el último espejeo de su aspiración a la gloria lo transforman en un asesino masivo. Se convierte en Heisenberg, leyenda del submundo de los cárteles en la frontera méxico-americana, el científico más talentoso de una industria depravada, un energúmeno capaz de arrasar con decenas de personas en su afán de no morir sin antes acumular millones de dólares y dejarlos en herencia a sus hijos. Su último acto sobre la tierra es un homicidio múltiple pero también un suicidio calculado y un martirio: Walter White muere protegiendo a un exestudiante y exsocio que alguna vez quiso matarlo y al que también él quiso matar, Jesse, para quien Walter ha sido padre y némesis, protector y acosador, maestro y traidor, salvador y sicario.

Breaking Bad es la historia de un control freak en un universo irreversiblemente caótico, la biografía de un individuo moral cuyo mundo se descalabra y que, desde ese momento, aplica al mal la misma férrea disciplina de principios que antes aplicó a una vida correcta, sana y bienhechora. Es el relato de un proceso transformacional, a lo largo del cual un hombre cruza la frontera del horror (“to break bad” es entrar en la zona oscura) y observa, entre las rendijas de su trágica cárcel, entre las rayas rojas de la sangre que baña sus ojos, el mundo que ha dejado atrás: una casa normal, una esposa trabajadora, un hijo ferviente, una sociedad adormecida que le ha dado amor hasta el hastío y la repugnancia: una familia cariñosa a la que él quiere rescatar de la medianía pero a la que, zigzagueando entre la conciencia y la inconciencia, destruye minuciosamente, como si el amor de Walter ya sólo pudiera transformarse en muerte y aniquilación.

Breaking Bad es a nuestro mundo (el mundo del mal banalizado por el dinero y el consumo como autodestrucción) lo que la tragedia griega fue al mundo del mal divino y los presagios sobrehumanos. Es inmensamente difícil pensar en una narración contemporánea que tan meticulosamente apunte hacia el centro de lo maligno del universo en que vivimos. Por eso nos captura aunque nos asquee, por eso caemos en la trampa de admirar durante ochenta horas de relato a un individuo siempre dispuesto a hacer algo peor, algo más bajo, algo más sucio: porque intuimos que Walter White es cualquiera, incluso cualquiera de nosotros, que ha caído en una emboscada que el mundo nos puede tender a nosotros mañana mismo. Que, en el mejor de los casos, lo que nos aleja de él no es nuestra moral superior sino nuestro intelecto inferior. No somos genios del mal no porque no seamos malos sino porque no somos genios.

Vince Gilligan, creador de la serie, director de muchos de sus episodios, cabeza de su pequeño equipo de guionistas, es sin duda uno de los grandes contadores de historias de nuestro tiempo. Graduado de la Tisch School of Arts, de la Universidad de New York, fue autor de más de veinte episodios de The X Files. Esos episodios, en el género de lo fantástico, son la obra menor de quien luego sería un autor mayor. Para convertirse en el portentoso narrador que es hoy, Gilligan no rompió con el lenguaje televisivo ni decidió reconstruir el género desde sus ruinas. Por el contrario, hizo lo que los grandes artistas hacen siempre: bucear en su arte y emerger con lo mejor, influido por los más notables autores televisivos de las últimas décadas, desde Lynch y Apted hasta Kieslowski, desde Leigh y Lumet hasta Mann y Bigelow, pero aceptando y reconociendo los triunfos de la televisión más comercial —The Sopranos, Dexter, Lost, incluso The X Files—. Gilligan es, además, indudablemente, un gran lector de literatura muy compleja. En Breaking Bad se transparentan las presencias del Cormac McCarthy de The Road, el Philip Roth de The Dying Animal y el Coetzee de Disgrace, novelas que, no por casualidad, han merecido todas ellas, con suerte variable, una adaptación cinematográfica. Pero también tiene el ojo atento al cómic, al video clip y al trabajo reciente de los grandes videastas experimentales: en cualquier episodio de Breaking Bad la audiencia puede ser transportada, rápida y fulgurantemente, del mundo de grandes contrastes maniqueos de Sin City al de la sicodélica desesperación intimista ante la enfermedad del David B. de Epilepsia, o del formalismo sucio de los videoclips de Jonathan Demme al violento absurdo nihilista del Death Self de Ullay y Abramovich.

Quienes están convencidos de que la televisión es inherentemente una fuente de estupidez y trivialidad, o, a lo sumo, de inmoralidad y desinformación, tienen en series como Breaking Bad el más contundente contraejemplo. La televisión ofrece formatos que son magníficos en su maleabilidad; permite la expansión de infinitas historias y subhistorias; establece un tipo de relación retroalimenticia entre creador y receptor que las formas tradicionales del cine y la literatura no propician casi nunca: el juego de ida y vuelta, el tanteo de las mutuas reacciones. Con un año entero para producir una docena de episodios, y largos meses para replantear el futuro, la televisión parece un medio más hecho para la autorreflexión que casi cualquier otro en el universo de las artes narrativas. Los largos años de producción en equipo —cinco en este caso— permiten, además, frutos sorprendentes, como la escarapelante compenetración que alcanzaron con sus personajes actores notables como Anna Gunn (Skyler), Aaron Paul (Jesse), Giancarlo Esposito (Gustavo Fring), Jonathan Banks (Mike Ehrmantraut) y, sobre todo, Bryan Cranston, que terminó transmutándose en el cuerpo enfermo, el espíritu herido y el rostro enigmático de ese santo del mal que es Walter White, el personaje más inolvidable que la televisión nos ha dado hasta el día de hoy.

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5.10.13

La corporación El Comercio y la promoción del racismo


Cuando grupos defensores de los derechos humanos quieren publicar cartas abiertas colectivas, con nombres y apellidos y número de DNI, en El Comercio, ese diario les pide que consigan autorizaciones firmadas de puño y letra de cada persona que suscriba la carta. Ok, sus razones tendrán los editores de El Comercio. Pero cuando centenares de imbéciles lectores de la página web de Perú 21 y el diario Correo, que pertenecen a la corporación El Comercio, escriben bajo seudónimo los insultos racistas más grotescos y vergonzosos contra Magaly Solier, la corporación El Comercio no dice ni pío, simplemente publica los ataques y los deja allí, a la vista de todo el mundo, burlándose de la dignidad de una ciudadana peruana. Seguramente si todos los que creemos que eso es un crimen nos reunimos a firmar una carta de protesta y queremos publicarla en alguno de esos diarios, la corporación El Comercio nos pedirá firmas ológrafas, huellas digitales y pruebas de sangre. Es que en el Perú cualquiera tiene derecho a agraviar pero nadie tiene derecho a defenderse.

21.9.13

Botar al obispo pedófilo está bien. Botar al cardenal encubridor será incluso mejor


Cipriani es una basura. Ahora dice que no sabía nada del tema del obispo pedófilo. Lean sus declaraciones y notarán lo mismo que notamos todos: defiende al Opus Dei y pide misericordia con el pedófilo pero no menciona ni tangencialmente a las víctimas. ¿Que no sabía nada? Alguien tiene que explicarme quién puede sacar de su puesto a un obispo peruano, por un delito grave, sin que el prelado de la Iglesia Católica se entere. ¿Que por qué se involucra al Opus Dei? Porque el pedófilo ha estado en la órbita del Opus Dei desde su ordenación décadas atrás, y eso es algo conocido por todos quienes son próximos a ese mundo, y porque el presidente del Tribunal Eclesiástico que debió conocer la causa es un miembro del Opus Dei y porque el Moderador de ese mismo tribunal es ni más ni menos que Cipriani, otro miembro del Opus Dei. No, señor Cipriani: de esta usted no deberá salir bien librado. Hay un crimen gravísimo y una intención de encubrimiento y el que debe responder por lo segundo es usted. Salvo que aprovechando su viaje a Roma vaya a renunciar por fax como el crápula de su antiguo jefecito, el asesino.

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1.9.13

Casi 50 mil quechuahablantes asesinados y Beto Ortiz no ve la relación entre discursos racistas y violencia en el Perú

Como era obvio, esta semana en Perú 21 Beto Ortiz ha escrito en defensa del Negro Mama y a favor del racismo público en la televisión. Porque ésa es su posición, si uno la reduce a sus premisas. Pueden confirmarlo por ustedes mismos: su columna está aquí. Dado que añade poco a las pachotadas que escribió en Facebook, se le puede seguir respondiendo como lo hice la semana pasada.

Ahora, aunque no se entiende bien por qué, su piedra de toque es comparar el racismo en el Perú con el racismo en Estados Unidos. En resumen, parece decir que en Estados Unidos la cosa es terrible porque los discursos racistas son censurados en los medios de comunicación pero los crímenes de odio se siguen produciendo en las calles. Coloca como ejemplo el más notorio de todos en los últimos años, el asesinato de Trevyon Martin a manos de George Zimmerman (quien, por cierto, hay que recordar, es hijo de madre peruana: qué criminales estos gringos. Estos gringos peruanos, quiero decir).

Ortiz es un sofista en pañales, obviamente. Parece decir que es preferible una sociedad donde el racismo se destile gota por gota, en los chistes diarios de una masa de racistas como Jorge Benavides, en lugar de que estalle en crímenes violentos como en Estados Unidos. Lo malo es que Ortiz, voluntariamente por maldad, o involuntariamente por estupidez, olvida decir que en el Perú la violencia racista de los últimos treinta años ha tenido explosiones homicidas que hacen ver a los Estados Unidos como un paraíso pacifista.

Cada cierto tiempo, Ortiz elogia el trabajo de la Comisión de la Verdad. El Informe final de la CVR, sin embargo, es el documento que con más eficiencia sirve para dejar el argumento de Ortiz en ridículo. Ese informe, en el acápite 2.2 del tomo 8, sostiene algunas cosas que quiero recordar.

A pesar de que un censo nacional encontró que, en 1993, menos del 20% de los peruanos era hablante de quechua, entre las víctimas del conflicto armado interno el porcentaje de quechuahablantes se acercaba al 80%. Ese porcentaje se repite si se verifica los casos según el agente que cometió el crimen: cerca del 80% de las víctimas de Sendero Luminoso y cerca del 80% de las víctimas de las Fuerzas Armadas fueron quechuahablantes.

En 1984, el año más violento del conflicto, en Ayacucho murieron más de tres mil personas. Más del 95% de esas víctimas eran quechuahablantes, a pesar de que en Ayacucho el porcentaje de quechuahablantes ronda sólo el 60%.

Y si uno ve el perfil de los victimarios, descubre que el porcentaje de quechuahablantes entre ellos es muy reducido. El conflicto implicó, entre sus agentes activos, a grupos hispanoparlantes mayoritariamente, y, entre sus víctimas, a grupos quechuahablantes mayoritariamente.

¿Trevyon Martin le preocupa a Beto Ortiz? Que le preocupen también los cerca de 50 mil quechuahablantes que murieron selectivamente, asesinados porque sus vidas en el Perú son menos valiosas que las vidas de los otros, más dispensables, menos importantes: descartables.

El ejemplo de Ortiz se vuelve despreciable y grotesco. Cháchara de mentiroso que quiere tapar el sol con un dedo. ¿A alguien se le ocurriría decir que los discursos de desprecio a las minorías no tienen nada que ver con la violencia que esas minorías sufren cuando estallan fenómenos como el conflicto que inició Sendero Luminoso en el Perú? Habría que ser idiota o habría que ser demasiado hipócrita. 

Los dejo con dos párrafos de las conclusiones del capítulo citado del Informe final de la CVR:

"2. El conflicto armado reprodujo en gran medida las brechas étnicas y sociales que afectan al conjunto de la sociedad peruana. La concentración de la violencia fue mayor entre la población de los márgenes sociales –indígenas, pobres y rurales- de las diversas regiones que fueron escenario del conflicto. De allí que las tres cuartas partes del total de víctimas reportadas a la CVR hayan sido quechua hablantes de los departamentos más deprimidos del país. Este sector sufrió las mayores consecuencias de la violencia.

"3. En la composición social de los grupos alzados en armas, resulta minoritaria la proporción de quechua hablantes, de acuerdo a la información brindada a la CVR por los subversivos recluidos en las cárceles. Los subversivos generalmente fueron jóvenes mestizos de origen provinciano, con altos niveles educativos y expectativas sociales incumplidas, que vieron frustradas sus expectativas de realización personal debido a la crisis económica del país y el freno de la modernización de la sociedad tradicional".

Así es. Al Informe final de la CVR no basta con rendirle reverencia. No basta con adherirse a él sin saber su contenido, ignorando su contenido, como quien hace un saludo a la badera, como hace Ortiz de vez en cuando. Los abogados del racismo público, como Ortiz, harían bien en darle una mirada al Informe y descubrir que allí ya están escritos, desde hace diez años, los argumentos que desbaratan las idioteces, las mentiras y los sofismas que ellos esgrimen ahora como si fueran buenas razones.

Los discursos racistas de nuestra vida pública y privada matan gente. No matan a uno, no matan a diez, aunque eso ya sería terrible: matan a decenas de miles. Cada vez que se permite que una burla racista pase públicamente como aceptable, se abre un túnel y al final de ese túnel habrá una víctima o habrá muchas víctimas. Si se acepta que hay minorías vituperables, a las que se puede despreciar y degradar sin castigo, se acepta que se puede hacer con ellas cosas más tangibles y dañinas.

En el Perú, hoy, se calcula que hay todavía quince mil desaparecidos del conflicto. La inmensa mayoría, por encima del 85%, son quechuahablantes. Los discursos del racismo peruano los han condenado a hacerse humo, a no ser nadie, a no tener siquiera una tumba. La División de Personas Desaparecidas (la que buscó a Ruth Thalía Sayas cuando estaba muerta y Beto Ortiz miraba para otro lado) no busca a esos quince mil desaparecidos. No existen ni como desaparecidos.

A ellos, muy pocos se acuerdan de defenderlos. Pero si mañana la Chola Jacinta desapareciera de la tele, ya sabemos quién gritaría en su defensa. Es que a cada quien lo mueven sus afectos, sus apetencias, su conciencia. Y para unos el derecho a insultar a las minorías es más preciado y más precioso que el derecho de las minorías a vivir y a vivir sin acosos, sin menosprecios, sin burlas y sin abusos.

La información completa, aquí.

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30.8.13

El negro Mama, el humor peruano y las armas para defender al victimario



Cuando pienso en mis humoristas favoritos, pienso en películas de Groucho Marx, Charles Chaplin, Woody Allen, Jim Jarmusch, Ethan y Joel Cohen, Tim Burton y David Lynch; en ciertas obras teatrales de Dürrenmatt y Els Joglars; algunos discos de Les Luthiers; páginas de Borges, Cabrera Infante, Monterroso, Jorge Ibargüengoitia; cuadros de Dalí, de Grosz, de Odilon Redon; fotografías de Marcos López; monólogos escuchados a Jon Stewart, Stephen Colbert, Tina Fey, Chris Rock; series de televisión como Married with Children, Community, Louis, y, sí, Trespatines.

Mi lista tiene mayorías involuntarias, condicionadas por mis elecciones, mis aficiones y los accidentes de mi vida: muchos americanos, muchos judíos, mucha gente de la izquierda progresista, pero también hay conservadores e incluso reaccionarios y hasta monárquicos. Lo interesante es que la mayor parte son humoristas que no evadieron la responsabilidad de hablar sobre los temas claves de su tiempo y su sociedad.

Groucho Marx habló sobre el aristocratismo americano, su gregarismo arbitrario; Chaplin sobre el totalitarismo fascista; Allen sobre los límites de la liberación sexual; Jarmusch, como Burton, Lynch y los hermanos Cohen, acerca de la soledad autárquica de la sociedad norteamericana; los Cohen, además, sobre las raíces del racismo sureño; Dürrenmatt, como Grosz, sobre el totalitarismo alemán; Grosz, además, sobre el antisemitismo populista polaco; Els Joglars sobre la represión moral del franquismo; Borges sobre la invasión del control estatal en las vidas privadas; Ibargüengoitia sobre la vileza del priísmo en México y los fracasos de la revolución; Cabrera Infante sobre los fracasos de otra revolución; Dalí sobre las negaciones de nuestra sexualidad; Marcos López sobre el endiosamiento del consumo, etc.

Es difícil pensar en una instancia en que cualquiera de ellos haya necesitado del prejuicio, la vileza, la violencia discursiva o la pura agresión desembozada para hacer entender sus críticas. Cualquiera de ellos defendería la libertad de los artistas en geeral y la libertad de los humoristas en particular para hablar de cualquier tema sin limitaciones. Pero está claro que ellos entendieron que no imponer limitaciones no es lo mismo que no reconocer las limitaciones que existen ya en el tiempo de uno, en la sociedad de uno, y las limitaciones que la historia irá levantando a medida que reconozca que, en efecto, hablar de todos los temas no es lo mismo que disparar en todas direcciones, sin distinguir qué blanco es legítimo y qué blanco no lo es.

El humor no es un género ni un arte sino una forma de encarar un género y un arte. Es una forma crítica, cuyo objetivo principal es liberar un saber escondido, hacer evidente uno que está oculto, y hacerlo a través de un cierto inventario de armas posibles: la ironía, la caricatura, el sarcasmo, la parodia, etc. No es casual que todos esos términos tengan una carga negativa: uno es irónico, sarcástico, paródico o caricaturizador contra algo o contra alguien, no a favor. El humor más agudo suele ser humor al ataque. Por eso es imposible ser un gran humorista sin ser criterioso, racional e inteligente: porque tener un arma en la mano, disparar constantemente y no herir a los inocentes es un trabajo difícil.

¿En qué situaciones de la vida cotidiana uno quiere ser irónico o sarcástico o caricaturesco o paródico? Digamos: si yo presencio alguna forma de abuso y lo reconozco como tal, ¿contra quién querré usar la ironía? ¿Contra la víctima o contra el victimario? La respuesta, juzgando por lo que he dicho antes, parece obvia: contra el victimario. Sin embargo, como sabemos todos, una buena parte del humor que nos rodea es agresivo contra las víctimas. Yo creo que ese es humor malgastado, desencaminado, sin sentido, inútil, o peor aun: humor que sólo es útil para hacer más daño.

El humor contra el victimario es esencialmente rebelde, contestatario, se mete con los que tienen la sartén por el mango y les dice sus verdades. El humor contra la víctima es reaccionario, prefiere el status quo, es abusivo, se mete con los agraviados y repite el agravio, su fin es, estrictamente hablando, una defensa del mal, su objetivo es que todo lo que está mal en una sociedad siga estando mal para siempre.

El humor peruano es mayoritariamente de ese segundo tipo. Como instrumento social ha existido siempre. Como la ironía y el sarcasmo necesitan demasiadas operaciones mentales, el humor peruano se centra en la parodia y la caricatura, pero rara vez se da el trabajo de mostrar qué ridículo es ser racista, qué estúpido es ser homofóbico, qué embécil es ser sexista, qué primitivo es ser discriminador, qué facilista es ser xenofóbico.

Sería muy sencillo caricaturizar a ese sujeto cargado de prejuicios que todos conocemos en el Perú: el machista acomplejado, el tipo que vive reformulando su genealogía, el que se blanquea por deber y por conveniencia, el que añora un pasado inexistente, el que se siente acosado por la invasión de las migraciones provincianas, el que necesita afirmar su virilidad con cada palabra, el que le reza a la virgen para que su hijo tenga ojos azules, el que repasa las secciones sociales de las revistas a ver si una foto suya se coló entre las fotos del jet set. Sería muy sencillo caricaturizar a ese sujeto porque él es ya una caricatura andante, una caricatura de sí mismo deformada por los rasgos de la persona que le gustaría ser.

Pero aun más fácil es no meterse con él y empecinarse en caricaturizar a la chola, al cholo, al negro, al zambo, al migrante, a la empleada doméstica, reafirmando prejuicios heredados, porque, cuando el humorista mediocre hace eso, no tiene necesidad de pensar; sólo tiene que absorber prejuicios ajenos y dejar salir los propios, nunca cuestionarlos, sólo empujarlos un poco más allá, para que sean más ofensivos.

Porque la risa en el Perú de hoy no se gana con la valentía de la crítica contra el que ejerce el poder, sino que se gana nerviosamente, con un vergonzoso chantaje enterrado, sometiendo a los espectadores a una especie de examen de identidad: si mi chiste racista no te causa gracia, quizá sea porque tú eres un zambito, un negrito, un cholito, una serranita, ¿lo eres o no lo eres? Si no lo eres, ríete, pues. De otra manera eres sospechoso. ¿Mis chistes homofóbicos no te dan risa? Uhm. Qué cosa esconderás.

Claro que los humoristas tienen derecho al humor. Los peruanos también tenemos, con límites obvios y cumpliendo ciertos requisitos, derecho a portar armas, y si llevamos legalmente un arma, podemos usarla en ciertos casos, ante el riesgo de vida, ante una agresión que podamos responder equivalentemente. Pero si uno ve un crimen en la calle, no usa su arma para colaborar con el ladrón, para acribillar a la víctima, para que el delito se lleve a cabo más eficientemente. En el Perú, los crímenes de odio suceden diariamente -femicidios, ataques contra homosexuales, violencia doméstica, segregaciones racistas, etc-. Los humoristas portan un arma todo el tiempo. Ellos deben elegir si la van a usar contra el que comete el crimen o contra su víctima. Y si eligen atacar a la víctima, se vuelven victimarios. Entender eso no debería ser difícil.

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28.8.13

El único libro imprescindible de nuestra generación

Hoy se cumplen 10 años del día en que nos fue entregado, a todos, el Informe final de la Comisión de la Verdad. Una década después, sigue siendo el libro más importante de nuestra historia republicana. Hay muchos otros libros a los que, porque no sabemos de qué otra manera elogiarlos, llamamos imprescindibles. Pero éste es acaso el único libro imprescindible publicado en el Perú en nuestra generación.

Será por eso que tantos quieren prescindir de él, tirarlo a la basura, desprestigiarlo, asfixiarlo, barrerlo de las bibliotecas, desvirtuarlo, contradecirlo sin argumentos, o inventando argumentos espurios, que no se sostienen en nada. Cuando vean que alguien trata de hacer eso, pregúntense por qué. Pregúntense por qué el Informe final de la CVR es detestado por la antigua derecha partidaria, por la actual derecha fascistoide, por los fujimoristas, por Vladimiro Montesinos, por la prensa que se vendió a Montesinos, por Juan Luis Cipriani, por el APRA de García, Mantilla y el Comando Rodrigo Franco, por Sendero Luminoso, por los viejos y nuevos aliados de Sendero Luminoso, por el MRTA. Pregúntense por qué esas personas, que en nada coinciden nunca, coinciden tan abiertamente en su odio al Informe final de la CVR. La respuesta no es tan difícil. Pregúntense, por otra parte, si alguna vez han escuchado a alguien acusado de crímenes contra la humanidad defender el Informe final. La respuesta tampoco en ese caso es difícil.

Confiando en que los peruanos no leemos mucho, sabiendo que somos una minoría los peruanos que hemos leído el Informe, o al menos unas páginas del Informe, los matones de siempre confeccionan toda clase de afirmación deforme y se la atribuyen a la CVR. En el colmo de la hipocresía, dicen, por ejemplo, que el Informe absuelve a Sendero Luminoso, que atribuye la mayor parte de la responsabilidad del conflicto al Estado, que el Informe fue hecho siguiendo una agenda radical para limpiar de culpa a los terroristas y convertir la memoria del conflicto en una acusación exclusivamente dirigida contra los gobiernos de García y Fujimori. Quien lea el Informe final descubrirá que no es así, que todas esas cosas son falsas.

El Informe dice, por ejemplo, lo siguiente:
"La CVR señala que, por la generalidad y sistematicidad de estas prácticas, miembros del PCP-SL, y en especial su dirección nacional y su denominada jefatura, tienen directa responsabilidad en la comisión de crímenes de lesa humanidad en el marco de ataques armados contra la población civil, cometidos a gran escala o bien como parte de una estrategia general o planes específicos. Del mismo modo, estas conductas constituyen, a juicio de la CVR, graves infracciones a los Convenios de Ginebra, cuyo respeto era obligatorio para todos los participantes en las hostilidades.721 La perfidia con la que actuó el PCP-SL en el terreno, escudándose en la población civil, evitando el uso de distintivos y atacando a traición, entre otros métodos similares como el recurso a acciones terroristas, constituyó un calculado mecanismo que buscaba provocar reacciones brutales de las fuerzas del orden contra la población civil, con lo que se incrementaron en una forma extraordinaria los sufrimientos de las comunidades en cuyos territorios se llevaban a cabo las hostilidades... La CVR encuentra la más grave responsabilidad en los miembros del sistema de dirección del PCP-SL por el conflicto que desangró a la sociedad peruana".
El Informe también atribuye a Sendero Luminoso la mayor parte de los crímenes cometidos durante el conflicto, y, entre los gobiernos del periodo, encuentra que el que más frecuentemente violó los derechos humanos y más violenta y criminalmente actuó contra la ciudadanía fue el de Belaunde, seguido por el de Alan García y, en tercer lugar, el gobierno de Fujimori.

Hay una manera simple de saber qué cosa dice el Informe final y despejar cualquier duda que uno tenga sobre su contenido. Leerlo. Es lo que uno tiene que hacer siempre antes de opinar sobre un libro. No es un esfuerzo sobrehumano. No es, ciertamente, la experiencia más grata del mundo, porque nos enfrenta a lo peor de nosotros mismos. Pero es imprescindible si queremos ser lo mejor que podamos ser. No hay que tenerle miedo a la verdad, no hay que tenerle miedo a la memoria, no hay que olvidar lo que no hemos llegado a comprender, no hay que escondernos de nuestro pasado, no hay que ejercer sobre los peruanos muertos la cobardía de no querer siquiera recordar por qué murieron, cómo murieron, quién los mató. Es una deuda abierta, tenemos que saldarla, aunque sea difícil. El Informe no es un texto secreto, no está escondido, no está enterrado aunque muchos hayan querido enterrarlo. Está, de hecho, aquí:

http://www.cverdad.org.pe/ifinal/index.php

27.8.13

Lavanderías Beto Ortiz: ahora le toca al Negro Mama

Beto Ortiz, defensor de todos los que se malean en la tele, no se puede esperar al fin de semana para continuar con su chamba y sale a defender a los autores de esa caricatura racista y bochornosa que es el "Negro Mama".

Como a Ortiz le conviene que todos los horrores de la tele queden siempre impunes y necesita propiciar la idea de que la libertad de los matones televisivos es más importante que el derecho a la igualdad, salta hasta el techo ahora que el Estado le ha puesto una multa a Frecuencia Latina (o sea a sus empleadores) por no haber obedecido fallos anteriores sobre la naturaleza racista e insultante del sketch de Jorge Benavides (especialista en el "arte" del racismo televisado).

En un post de Facebook, Ortiz formula dos preguntas que el pobre seguro cree agudísimas e incontestables. Yo quiero respoderlas. Su primera pregunta dice:

"¿Puede el humor ser objeto de "rectificación"? El humor es mofa, pachotada, burla, irreverencia. Te da risa o no te da risa. Te picas o no te picas. Y ya está. Y en Lima, con mucha mayor razón. Los limeños nunca nos reímos contigo, nos reímos de ti. Y de tu mamá, también".

Sí, el humor puede ser objeto de rectificación. No se rectifican las cosas por serias o poco serias, ni por chistosas o no chistosas, sino por falsas o injuriosas. Y hay ciertos tipos de falsedad que son peores que otros. Por ejemplo, la falsedad de los estereotipos racistas.

Cualquiera que haya leído aunque sea un manualito de historia de la Segunda Guerra Mundial sabe que el Holocausto fue precedido por quince años de humor nazi, por millares de caricaturas y deformaciones de la imagen de los judíos, que promovieron en el imaginario alemán la idea de que los judíos eran seres inferiores, sucios, complotantes.

Por supuesto, no era la primera ola de humor antisemita: se construía sobre prejuicios ya existentes. Exactamente igual que en el Perú existen siglos de humor contra los ciudadanos afroamericanos, desde antes de que fueran ciudadanos, desde los años de la esclavitud hasta hoy, y siglos de humor contra los ciudadanos de etnias indígenas, desde la colonia, pero especialmente exacerbados en el periodo republicano, porque al Perú le gusta avanzar hacia atrás.

¿Está mal perseguir el racismo? Hasta Ortiz dirá que no, que está perfectamente bien. Excepto, claro, cuando el racismo le hace gracia, cuando le parece chistoso. Cualquiera con dos dedos de frente tendrá que ver que ese argumento es estúpido. ¿Alguna vez han pensado por qué es estúpido?

Porque el humor sólo es humor cuando es propuesto y entendido como tal. El humor racista sólo es gracioso cuando se propone y se interpreta dentro de un mismo circuito, a partir de unas mimas ideas y creencias. Si el racismo me parece execrable, el humor racista también me parece execrable y, además, no me hace gracia, y cuando deja de hacer gracia, deja de ser humor.

El "Negro Mama" no es aceptable porque es humor. De hecho, la cosa va en la otra dirección: yo sólo lo puedo entender como humor si el racismo me parece aceptable.

El Estado tiene el compromiso legal, constitucional, de luchar contra el racismo. Eso quiere decir que no sólo debe luchar contra expresiones culturales aberrantes, como el sketch de Jorge Benavides, sino que además tiene que luchar contra las condiciones culturales y sociales que lo propician, que lo dejan vivir en la sociedad y lo justifican banalmente con la torpe defensa de que es simplemente humor y que el humor tiene licencia para violar la ley. El humor no tiene licencia para violar la ley.

"Los limeños nunca nos reímos contigo; nos reímos de ti", dice Ortiz. A eso hay que respoderle -porque parece que los siglos no le enseñan nada a Ortiz- que el Perú no es Lima y que la idiosincrasia del centralismo limeño, su aire de centro del mundo, no tiene por qué imponerse sobre nadie, mucho menos sobre la ley.

En efecto, los limeños no se ríen con los demás; se ríen de los demás. Se ríen, por ejemplo, de los provincianos. Se ríen de los indígenas, de los cholos, de los migrantes, de los zambos, de los mulatos, de los negros. ¿Y? Gran parte de ese humor no es otra cosa que una expresión de su racismo y de su voluntad discriminatoria y segregacionista.

¿O se supone que, porque a los limeños les parece chistoso burlarse de los demás (y burlarse también de los limeños a los que ven como distintos, o de los que tratan de diferenciarse, muchas veces para aplacar complejos), entonces está bien que lo hagan y no hay nada que criticarles?

¿O sea que el derecho a la risa de los limeños es un valor que hay que defender por encima del derecho que tienen los burlados a su dignidad, a no ser colectivamente caricaturizados y reducidos a estereotipos degradantes?

El humor racista es una señal de atraso, un lastre absolutamente vejatorio, una seña de ignorancia, de falta de imaginación, de primitivismo intelectual, y es parte del sistema ideológico que hace que el racismo se mantenga vivo y siga operando libremente. No existe ninguna diferencia entre combatir el humor racista y combatir el racismo.

La segunda pregunta de Ortiz es ésta:

"Con este precedente de un Estado paternalista que decide de qué debemos reírnos y de qué no quiero convocar a todos aquellos que alguna vez se hayan sentido aludidos por algún sketch cómico para comenzar de una vez por todas a victimizarnos y llorarle públicamente al Gobierno para que nos defienda de todos estos chistosos que nos están fastidiando".

Hacer que las leyes funcionen igual para todos -para los ingenieros, los arquitectos y los guachimanes igual que para los comediantes de la tele, por ejemplo- no es ser paternalista. Todo el sistema legal es básicamente una serie de prohibiciones, limitaciones y prescripciones que, entre otras cosas, limitan los deseos de los ciudadanos, y eso no lo consideramos paternalista, ¿o sí?

Cuando el estado prohíbe las relaciones sexuales con menores de edad, por ejemplo, ¿es paternalista? ¿Con quién? Según la lógica de Ortiz -increíblemente- está siendo paternalista pero no con los menores de edad (imagino que el Estado tiene que ser una especie de padre con los menores de edad), sino con los pederastas, porque está decidiendo con quién pueden y con quién no pueden tener relaciones sexuales.

Obviamente, limitar eso no es ser paternalista. Es ser justo: velar para que unos indiviuos no cometan actos que violen los derechos de otros. Eso es lo mismo que hace el Estado cuando persigue el feminicidio o los crímenes de odio o cualquier delito agravado por cuestiones de fe, de género, de pertenencia étnica, etc: velar por los derechos de sectores de la ciudadanía que están en riesgo especial de ser dañados por las acciones de terceros.

El racismo no se ejerce en el aire. Se ejerce contra alguien. No se estereotipa fantasmas ni ilusiones ni abstracciones: se estereotipa a personas de carne y hueso. Y si el Estado no les permitiera a esas personas quejarse y obtener reparaciones cuando han sido afectados por un discurso racista, entonces estaría abandonando a un sector de la ciudadanía, como si lo conformaran ciudadanos de segunda categoría, o personas ajenas al circuito ciudadano.

El Estado ha hecho lo que tiene que hacer, así de simple. Si en algo se ha equivocado es en la levedad de la multa. Lo que hizo Frecuencia Latina (y lo sigue haciendo, igual que muchos otros medios de comunicación peruanos) es un delito. Y no podemos hacernos los de la vista gorda ante los delitos sólo porque a Beto Ortiz le dan risa. Si así fuera, pronto no quedarían delitos en nuestros códigos.

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26.8.13

Hitler y el arte como fanatismo

Todo pensamiento político implica un pensamiento estético. Eso no quiere decir que toda ideología política genere arte o produzca una concepción del arte. Quiere decir, más bien, que todo proyecto político implica modelar una sociedad, modelarla físicamene, darle una cierta forma, es decir un ordenamiento, del modo en que un artista confiere orden, estructura y forma a su material, y esa acción es estética.

El fascismo en todas sus variantes, incluidos el fascismo de Mussolini y el nazismo, llevaron esa idea más lejos. Si bien Robespierre siglos antes, había comparado al artista con quien ejerce un poder político, por las razones anteriores, había dicho, también, que el artista podía ser enteramente pasional para construir su obra, pero el político no: el político debía liberarse de pasiones para ordenar según la razon. Hitler pensaba, en cambio, que el artista no sólo debía ser pasional sino algo más: "la única forma de ser un verdadero artista es ser fanático". Mussolini, también, incluso antes, sostenía que el artísta y el político se asemejaban porque la relación que sostenían con sus materiales (el material del político era el pueblo, así como la piedra lo era para el escultor) debía ser siempre pasional y extrema.

Los nazis estaban dirigidos por artistas y humanistas. Hitler había vivido muchos años de su trabajo como pintor. Himmler fundaba sociedades de historiadores y arqueólogos y era padrino y protector de innumerables escritores de índole esotérica y ocultista. Goebbles era un doctor en literatura de Heidelberg, autor de una novela (pésima), dos obras teatrales (que jamás fueron representadas, ni siquiera cuando él se convirtió en el árbitro de todas las artes alemanas) e infinitos poemas románticos que parecían escritos un siglo antes. El arte puede ser perverso en toda la línea y no necesariamente nos salva de la perdición ni del mal. El mal arte y los malos artistas pueden enseñarnos el mal y la perversidad.

Hitler pensaba en sí mismo como un artista, hasta el final de sus días, y estaba seguro de que haber pasado de las acuarelas a la jefatura del Reich le había dado, antes que otra cosa, un lienzo más grande sobre el cual pintar sus fantasías. La dictadura era un arte mayor, la más poderosa de todas porque trabajaba con seres humanos de carne y hueso. Las largas filas de soldados alemanes en los desfiles multitudinarios del nazimo y las pilas de cadáveres emaciados y momificados en vida en los campos de concentración eran dos estancias de esa obra que él estaba construyendo, como quien esculpe una pieza monumental a la que quiere darle el tamaño del mundo entero.

Usaba a los escritores como propagandistas y guionistas de sus farsas públicas, a los arquitectos como coreógrafos, a los cineastas como los cantores épicos de su obra: el Reich era su imposible pieza de arte total, hecha con todas las artes desbordadas, fanáticamente agigantadas, hasta abarcarlo todo. Suena banal llamar a Hitler un artista del mal, Era, mucho más terriblemente, un mal artista, uno que nunca supo que en toda historia representada, en toda ficción, los caracteres necesitan una vida propia, una voluntad propia, una naturaleza propia y una individualidad. El fascismo, al olvidar eso, olvidarlo siempre, de manera constante, sólo puede producir arte perverso y arte de ínfimo valor.

Las fotografías con las que ilustro este post las he emparejado yo mismo, guiado por mi memoria y la intuición de que Hitler también se modeló a sí mismo como un personaje derivativo, imitativo, poco original: cada gesto suyo, creo, provenía de una imagen ya vista, era un plagio: la asombrosa teatralidad que desplegaba en sus discursos era la copia del estilo dramático de los actores alemanes del expresionismo, a pesar de que muchos expresionistas fueron perseguidos, encerrados o asesinados durante el régimen nazi. Los dictadores son así, sobre todo los fascistas: en su delirio se creen artistas y copian el arte anterior, pero al mismo tiempo lo persiguen porque quieren suplantarlo. Porque un artista de verdad no puede ser un fanático, como alucinaban Hitler y Mussolini, sino un ser racional, dispuesto a inventar un orden soñado para el mundo, o un orden paralelo, o un orden que permita intuir la raíz del caos en el mundo, pero nunca dispuesto a imponerlo sobre el mundo, nunca dispuesto a aplastar al mundo con ese orden.

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22.8.13

Lavanderías Beto Ortiz

--> (Mi artículo de la semana pasada en Velaverde)

Yo dije ahora sí fuiste, Laura Bozzo: ábrele tu corazón a Satanás, pero nada. Beto Ortiz le preguntó cuántas cirugías se había hecho para esculpirse en el cráneo ese rostro picassiano y la única pregunta peluda fue sobre axilas. Esperé una semana. Ahí sí dije de acá no pasas, Kenji Fujimori, vas a terminar prendiéndole velitas a Judas Iscariote, pero otra vez nada. Beto Ortiz ungió a Kenji niño símbolo de la lucha contra el bullying: le preguntó si sus profesores y sus compañeritos del cole lo maltrataban allá por los noventa. Yo pensé: tiene que ser una emboscada del sagaz Ortiz, azote de corruptos. Es una estrategia. Seguro ahorita le pregunta sobre los estudiantes de La Cantuta que el Grupo Colina bulineó hasta una fosa común durante la dictadura de su padre. Cuál no sería mi sorpresa al ver que esa pregunta también se le escapó a Beto.

A los siete días tampoco pasó nada: Mónica Cabrejos, mártir del calatismo nacional, cuyo poto iluminó el santoral de todas las parroquias peruanas años atrás, se presentó puntual a su entrevista, con sonrisa radiante y piernas de vedette que podría no haberse retirado. Pero en la otra silla no se sentó Beto Ortiz, sino el renunciante Papa Benedicto XVI, zapatitos rojos y todo, y la conversación fue como un trámite previo a la beatificación. Está bien, no hay problema: Mónica es una chica buena y luchadora, que ha sufrido mucho en la vida. Y es obvio que la pusieron ahí para hacer un paréntesis. Además, en la cuarta semana el invitado era Rómulo León Alegría, ministro a quien su propio jefe Alan García describiera, con pestífera metáfora, como una “rata” de la corrupción, así que pensé: Beto le va a salir con la pata en alto; si pasa la pelota, no pasa el jugador. Otro error mío: León quedó como un gatito, toma tu lechecita Michifuz, ¿verdad que de niño fuiste campeón de yoyó? Desde ahora te llamaremos Rómulo Fe y Alegría.

Ipso facto, desde las mismas entrañas de Frecuencia Latina, se alzó la voz de todos los miembros de ese alucinante equipo de súper periodistas justicieros que forman el coro de querubines moralizadores del canal del búnker. Esto ya es mucha payasada, dijeron al unísono Aldo Mariátegui, Mónica Delta y Nicolás Lúcar. Pero en ese momento desperté de mi sueño, estrangulando la almohada. ¿Qué van a decir nada, pues? ¿Alguien imagina a Mónica Delta avergonzada de que en su canal se les lave la cara a los personajes más tétricos del aprofujimontesinismo? ¿A Aldo Mariátegui rebelándose contra las instrucciones de su (ahora casi abstracto) empleador? ¿Alguien alucina a Nicolás Lúcar diciendo oye Beto, no te pases, hermano, hay que tener un poco más de dignidad? Ni hablar. Es más: el trabajo de Lúcar, ahora, es hacer que buena parte del bloque informativo de Frecuencia Latina sean los previos y la sobremesa del programa de Ortiz, programa que, a todo esto, por un fenómeno que sólo podemos atribuir a la inercia, sigue llamándose El valor de la verdad.

Lo que me hace recordar que la primera temporada de ese programa comenzó con un tono bien diferente. Preguntas tan violentas que parecían golpes y puñetazos. Claro, los concursantes no eran los pesos pesados de Pendavisland que son hoy los caseritos de la segunda temporada. Eran gente como Ruth Thalía Sayas, dispuesta a revelarlo todo, creyendo ingenuamente que esa cantidad impensable de ceros en el cheque del premio le cambiaría la vida para bien, aunque su orgullo y su honra quedaran por los suelos, sin saber que, poco más tarde, el dinero lo iba a tener algún ratero y ella iba a ser un cadáver en una fosa cubierta de concreto. “Debimos hacer más por buscarla”, declaró entonces Beto Ortiz. Pero para ese momento él debía de estar invirtiendo su esfuerzo en buscar otra cosa: a los invitados de su segunda temporada, esos sí vivitos y coleando, y muy dispuestos a participar en El valor de la verdad, que, más que un programa de televisión, es un programa de rehabilitación de imagen para personajes públicos manchados, que necesitan una buena jabonada, una buena lavadita, un cambio de look de adentro para afuera. Extreme Makeover, debería llamarse. Fashion Emergency. The Biggest Loser. Cualquier cosa. Porque, para que se llame El valor de la verdad, tendríamos que empezar por redefinir “valor” y redefinir “verdad” o quemar todos los diccionarios o aceptar que nosotros también somos ciudadanos de Pendavisland, donde el español es lengua muerta o se ha transformado en un extraño idioma en el que “valor” significa plata y “verdad” significa burla general, la cachita del más sapo, la sonrisa del mentiroso, la carcajada del hipócrita.

Es la fórmula perfecta, y eso hay que concedérselo a Ortiz. El programa no tiene éxito porque sea una catarata de brillantes momentos televisivos, sino porque es un espectáculo descarado y tan morboso que atrae. Cuando el hermano de León Alegría le dijo a Ortiz “eres muy inteligente” y Ortiz respondió “eso nunca nadie me lo ha dicho”, se produjo, a mi juicio, el único instante de televisión honesta de toda la temporada. Ortiz no es inteligente (aunque eso en el Perú es un mérito) pero sí es empático. Y lo es, sobre todo, con cierto tipo de persona: el poderoso caído por sus propios pecados, la celebridad oscurecida, el complotador descubierto. No fue empático con Ruth Thalía Sayas, pero sí supo comprender que Laura Bozzo es muy humana y llora, que Rómulo León es un abuelo cariñoso y llora, que Kenji es un buen hijo y… él no llora, tampoco tampoco. ¿Por qué no le preguntó por su silencio de todos estos años tras la revelación de las torturas de las que fue objeto su madre? ¿Por qué no le preguntó de dónde salió el dinero para sus estudios universitarios? No pues, eso lo hubiera preguntado otro, un periodista, quizás, como el que quiso ser Ortiz alguna vez, antes de darse cuenta de que en el Perú la verdad no es un negocio, que no tiene valor en sí misma, o que el valor de la verdad está en la capacidad que tenga uno de manipularla, torcerla, desvirtuarla y pervertirla. O lo hubiera preguntado usted, pero usted no tiene acceso a esas personas y esas personas no le abren su corazón a cualquiera, sólo al que sepa mirar adentro y hacerse el que no ve. Y ese es el negocio de Ortiz.

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