24.3.12

Matadores y mataderos

...
El reciente ensayo de mi amigo Eduardo González Cueva sobre lo que él llama la hipocresía de los antitaurinos es tan digno de atención que debería ser recitado en el centro de la arena de Acho, de preferencia en traje de luces. Aunque, a juzgar por la única vez en que vi a Eduardo parado frente a un toro, unos veinticinco años atrás, es bueno hacer notar que se trata de un ensayo estrictamente teórico y que la relación de Eduardo con el ganado vacuno encuentra su mejor escenario en un plato de lomo saltado.

Como siempre, su texto está lleno de observaciones más que pertinentes: en efecto, la mayor parte de los que reclaman contra las corridas de toros no tienen reparos en alimentarse con la carne de animales industrialmente maltratados en condiciones bastante más desagradables que las que se dan en una feria taurina.

Y más crucial aun: es verdad que la retórica de los antitaurinos suele desbarrancarse en un violentismo de tono criminal y que, en sus discursos, la supuesta brutalidad de toreros y aficionados a la tauromaquia es respondida con fantasías que son una mera inversión o una simple extrapolación del aparente salvajismo: "ojalá un día te claven a ti las banderillas, te lancee un rejoneador, alguien te ensarte en su espada".

Cuando uno escucha esos alegatos se hace evidente que, en boca de quienes lo asumen de esa manera, el discurso antitaurino ha perdido cualquier valor. Porque, al menos de la manera en que yo lo veo, quizás con demasiada inocencia, lo que un antitaurino debería defender no es la dignidad del animal sino la dignidad del ser humano.

Quien se sienta ofendido razonablemente por el espectáculo del sacrificio violento de un animal debería, creo yo, tener como centro de su preocupación la idea de que el festejo de una forma de violencia degrada al que la ejerce y al que la celebra, y no tanto la idea de que el animal merece vivir una vida menos problemática y merece morir en una cama de hospital rodeado de sus seres queridos.

Y, si esa es la idea --salvando mi caricatura--, si lo que se quiere es reivindicar una humanidad capaz de vencer sus rituales violentos, entonces la posición antitaurina debería definirse a sí misma como un deseo humanista y no como un deseo de protección del animal, y, ciertamente, debería empezar por diferenciar claramente la humanidad de la animalidad, en lugar de asumir discursos en los que la violencia del humano contra el animal termina sublimada en fantasías de violencia contra otros seres humanos.

A pesar de que esté comentando el texto de Eduardo, yo no soy en verdad quien debería hacerlo, por una simple razón: porque a mí me da lo mismo que haya o que no haya corridas de toros. A mí me aburren y me parecen ceremonias monótonas que muchas veces se prestan al simple esnobismo. De hecho, lo único que me irrita de la tauromaquia es el afán de los taurinos de equipararla con formas de arte, de referirse a ella como "tragedia" y de encontrarle un aura estética que me resulta inexplicable. No conozco un arte que sobreviva a los siglos sin decir nada o sin decir más que una misma cosa monocorde o que sobreviva simplemente porque adula a sus cultores con la idea de que están disfrutando de una forma estética sublime cuando esa forma es notoriamente hueca. La tauromaquia no es un arte sino un rito; es, como dice Eduardo en su artículo, una tradición.

Como todas las tradiciones, sólo vivirá mientras alguien crea encontrarle algún sentido. (Que algo sea una tradición sólo quiere decir que ese algo fue una práctica significativa en su origen y que ha mantenido un cierto rango de significado sostenido en el tiempo). Si la tauromaquia existe ahora es porque ese sentido todavía parece reconocible para algunas personas.

Curiosamente, cuando uno pregunta por ese sentido, las respuestas suelen ser generales y bastante repetitivas (la escenificación de la tragedia en la lucha secular entre lo humano y lo bestial, o entre lo apolíneo y lo dionisiaco, el ballet de los trágicos opuestos, la danza del acecho irremisible de la muerte). No sé qué tan necesario sea ese ritual en la ciudad de Lima, que a veces parece ser toda ella una representación de las mismas cosas.

Más curioso aun es cuando uno encuentra a un taurófilo culto que nos remite a las corridas de Belmonte que jamás vio, o al Belmonte de Valdelomar y de los surrealistas españoles, o a las páginas de Hemingway: no puedo pensar en una forma de arte en las que el sentido únicamente asoma en la exégesis, en los demonios personales del exégeta, del crítico, del que describe el arte, y no en el objeto mismo. Junger, como muchos otros, le encontraba belleza y sentido a la guerra, y eso no nos lleva a aceptar que la guerra sea una forma artística.

La pregunta por el sentido de la comedia no es una pregunta demasiado viable; la pregunta por el sentido de una comedia en particular es perfectamente lógica y debería tener siempre una respuesta. He encontrado a muchos taurinos que me explican el sentido de la tauromaquia, pero jamás a uno que me explique el sentido de una corrida en particular sin que su explicación sea una reproducción exacta de lo que cualquier otro pueda decir sobre otra corrida.

Volviendo al texto de Eduardo: sí, pues, es verdad: quienes equiparan la muerte del toro con la posible muerte del torero (o incluso desean la segunda como preferible a la primera) están equiparando a humanos con animales, y al hacerlo aniquilan el único sentido atendible que podría tener su reclamo, que es el de defender la humanidad como algo distinguible del salvajismo.

Quizás el único punto débil del artículo de Eduardo es que, me parece, desconoce un poco el asunto de la crueldad en relación con el espectáculo. Es cierto que la carne que compramos en los mercados proviene de animales que no murieron de muerte natural después de firmar una autorización para la donación de sus órganos, pero también es cierto que el espectáculo es un componente de nuestra noción de crueldad: incluso quienes estamos, por ejemplo, en contra de la pena de muerte, convivimos con su existencia pero nos resulta más difícil convivir con el hecho de que en algunas partes del mundo sea un espectáculo público. Y si eso es cierto, entonces es cierto también que la corrida de toros puede ser más cruel que el sacrificio de un toro en un camal; no porque sea más sanguinaria o más dolorosa o más ignominiosa para el animal, sino porque visibiliza la crueldad del espectador.

Sin embargo... tampoco es enteramente cierto que el escenario cruento del camal nos resulte por completo ajeno o que nos sea indiferente. La narrativa breve sudamericana fue básicamente fundada por un relato argentino, El matadero (1838), de Esteban Echeverría, en el que se compara la brutalidad criminal de Rosas y los federales con la violencia del camal. Los argentinos, que deben de ser el pueblo más carnívoro del planeta, aprenden desde la escuela que el matadero es una seña de brutalidad. (Aunque, precisamente, el punto que Echeverría identifica como definitorio de la barbarie es cuando un humano es tratado como un animal). Y siguen comiendo carne. Y eso no es una forma de hipocresía, ni en Argentina ni en ninguna parte: es un síntoma de nuestra dualidad: del hecho de que somos animales que comen otros animales pero también somos humanos y por eso no lo hacemos sumergiéndonos en la sangre del animal asesinado.

Curiosamente, esto último podrían usarlo como argumento quienes están a favor y quienes están en contra de las corridas de toros: porque como ritual sirven para sublimar nuestra animalidad pero como espectáculo sirven para demostrarla.
...

25 comentarios:

Vicente Téllez dijo...

Buen punto. Es cierto, la mejor defensa contra la tauromaquia es enfocarse en la necesidad de elevar la sensibilidad humana sobre tradiciones en gran medida caducas. Como criminólogo sostengo -junto a autores de la talla de Robert Ressler o Nuria Querol- que la exposición y, más aún, el deleite de actos de tortura contra animales trastocan esta sensibilidad, y que la búsqueda de estas emociones puede ser indicio de tendencias criminales (asociado a otros factores ciertamente).
Como se ve, en esta perspectiva no se resalta "la protección del animal", sino "la defensa de la sensibilidad humana".
Desde allí el argumento de los taurinos radicales de exigir "matar toreros" es incluso más nefasta que "matar al toro".
Tema para el debate sin duda, pero que al menos desde un punto de vista científico ya lo tengo claro.
Exitos.

Anónimo dijo...

Muy buena discusion, sobretodo el punto final.
Estoy de acuerdo en que las personas que se oponen a las corridas de toros harian mejor en enfatizar el daño que hace a una sociedad como la nuestra la existencia de un espectaculo de tortura y crueldad.
Pero creo que no se debe minimizar el pedido de terminar con la crueldad contra los animales.
Mas bien se debe utilizar este punto como el inicio para la reflexion de como terminar con todo tipo de crueldad contra los animales, desde las condiciones de crianza y muerte de la carne que comemos, hasta el tratamiento que se les da a las mascotas.
Tampoco creo que uno deba ser vegetariano para exigir estos cambios, aunque la disminucion del consumo de carne es deseable, en nuestro pais mas por razones de salud y ambientales, puesto que la gran mayoria del ganado no es criado en forma industrial como en USA. Nuestro pais todavia depende del consumo de carne para la obtencion de proteina, aunque se puede cambiar por formas mas ambientalmente sanas como el consumo de cuy, nuestro roedor nacional...
Otro punto que obvian los antitaurinos es el toro pukllay, tan difundida en la sierra, que se veria tambien afectada si es que se prohiben las corridas de toros sin un analisis serio, aunque no tiene nada que ver, pues su significancia y simbolismo ha sido totalmente alterada a partir de la tradicion española, aunque no se mata al animal igual se le maltrata mucho.
Creo que lo mas sensible es pedir la modificacion de esas tradiciones, por ejemplo en Portugal hace tiempo se hace las corridas sin matar al toro, seria un ejemplo a seguir y tambien por que en la sierra se tenga mas cuidado con el trasporte y mantenimiento de los animales en el toro pukllay.
Lo que me parece inaceptable es la presencia de personajes supuestamente "modernos y civilizados" como MVLL defendiendo esta tradicion de crueldad, se imaginan si solo hubiera sobrevivido el toro pukllay las cosas que estaria diciendo?...

Juan Carlos Rodríguez C. dijo...

"La escenificación de la tragedia en la lucha secular entre lo humano y lo bestial, o entre lo apolíneo y lo dionisiaco, el ballet de los trágicos opuestos, la danza del acecho irremisible de la muerte... No sé qué tan necesario sea ese ritual en la ciudad de Lima, que a veces parece ser toda ella una representación de las mismas cosas."

Muy buena observación. Yo también soy de aquellos que se mantienen indiferentes frente a las corridas, aunque me parecería mejor que no existieran. No digo que se prohiban, sino que el amante de la tauromaquia llegue a esa decisión por sus propios medios, tras preguntarse racional y emocionalmente cuál es el sentido de su fiesta brava.

Anónimo dijo...

Hola, Gustavo, soy Fernando Ampuero; aquí va una pequeña nota mía sobre el tema taurino.

UN PLACER DE BÁRBAROS

Aquellos que están en contra, y condenan su existencia, tienen sus buenas razones. Pero los que están a favor y la celebran, también las tienen. Aquí y ahora, antes que nada, se trata de atender a los llamados del corazón y tomar partido. Yo ya hace mucho que tomé partido.
“¿A usted le gustan las corridas de toros?”, me preguntan. “Sí”, contesto. “¿Reconoce que es un espectáculo bárbaro?”, “Por supuesto. Hay un lado bárbaro”, “¿Y se da cuenta que eso, a su vez, lo vuelve un retrógrado?”, “Podría ser”, “¿Y entonces por qué le gustan los toros?”, “Mire, porque es algo que hace sufrir y gozar, o lo diré más claramente: porque los toros me dan plenitud, ya sea por un instante efímero o por eso que a veces uno intuye como un amago de eternidad, que no es otra cosa que la memoria que atesora recuerdos mientras estamos vivos”.
Unos ven la sangre, la lucha desigual y la insensibilidad ante los animales. Otros, en cambio, vemos el sentido trágico de la vida, el coraje y, por encima de todo, el arte. Los primeros, me imagino, podrán alegar que, en varias esquinas de la avenida Arequipa, ha muerto más gente en accidentes de tránsito que en la plaza de Acho en toda su historia. No lo dudo. Pero, atención, esos accidentados no se enroscaron un auto a la cintura, no lo citaron de largo, no se jugaron la vida acompasando el vértigo y el miedo con embestidas impredecibles; ninguno de ellos, en fin, convirtió ese trance violento y duro – piensen en un toro de 600 kilos – en algo suave y bello: en poesía viva, en escultura fugaz, en ensueño.
Claro que el problema es que las cosas no siempre ruedan como uno quiere. Cuando la tarde es buena, los dorados dioses del albero iluminan la plaza; cuando no, estamos ante el espectáculo más tedioso y patético del mundo. De ahí que, como se sabe, el aficionado tardío sea infrecuente. Hay que tener buena estrella para recibir el don. Yo, según me dijeron en casa, soy un iniciado de larga data: fui a los toros en el vientre de mi madre; toreaba Parrita en La Monumental, y luego, en brazos, me arrullaron las ovaciones a Luis Miguel Dominguín y Antonio Bienvenida.
También se considera ridículo que el matador de toros luzca trajes del siglo XVII. ¿Y cómo les gustaría que vistan? ¿Con un terno de Armani? ¡Tonterías! Nadie se queja tanto de las pelucas empolvadas de los jueces ingleses, ni de la suntuosa moda del Vaticano, detenida en el siglo XV.
Lo que sí reconozco es que, en sus orígenes, el toreo no fue arte. La hazaña de enfrentar a una bestia, desde el mítico Minotauro a los leones del coliseo romano, mezclan la épica y la salvajada. Ni siquiera, creo yo, lo fue en los tiempos de Curro Cúchares y de nuestro célebre Ángel Valdez. El salto a la garrocha y otras maromas lo acercaban más a la fiesta circense. La lidia, como arte, empezó con Juan Belmonte, a inicios del siglo XX. Belmonte inventó el toreo moderno: parar, mandar y templar. Soltar los brazos y fijar los pies, estirarse en largos y hondos muletazos.
Mis tardes predilectas en Acho llevan bordadas los nombres de Antonio Ordóñez y Paco Ojeda. Y mis fiascos, caray, también traen lo suyo. Cierta vez, en Sevilla, vi una faena vulgar y medrosa de Curro Romero, y me extrañó que el enterado público de La Maestranza no chillara. “¿Qué pasa?”, dije. “¡Pero si está pésimo!”. Ocurría que el público aún recordaba la tanda de cinco naturales apoteósicos con la que “El maestro” los había electrizado ¡tres años atrás! Pero, bueno, casi nunca es así. El público taurino, por lo general, es justo; pero también sumamente voluble: pasa en instantes del insulto frenético al silencio y luego al hondo bramido de la aprobación, el olé estruendoso, que es todo un panegírico. (La excepción con Romero es solo un delirio que afecta a los sevillanos)
Los toros, ni qué decir, son una pasión. Y en esto, como en tantas otras emociones que nos sobrecogen, sobran las explicaciones.

Jorge Frisancho dijo...

Y sin embargo... es posible imaginar un argumento que encuentre en la corrida de toros un festejo, precisamente, de la dignidad humana, al menos en uno de los atributos que muchas tradiciones filosóficas y teológicas le adjudican a esa dignidad: el imperio sobre la naturaleza. La escenificación del triunfo del individuo humano sobre la violencia del mundo natural, representada aquí por el toro, en efecto habla de un supuesto estatus de superioridad y domino sobre las cosas de la naturaleza, y, en tanto que acto ritual, sirve como una confirmación y renovación de ese estatus. Que la escenificación sea ella misma violenta, sanguinaria y cruel no es sino una reproducción de las condiciones en las cuales el encuentro entre el individuo y el toro se daría en su "estado natural". En otras palabras, vista desde ojos humanos, la naturaleza misma es violenta, sanguinaria y cruel, y el ritual funciona como un conjuro de esos atributos y su trasncendencia.

(Para que quede claro: se puede imaginar ese argumento, pero yo no lo comparto).

Por esto, me parece que te equivocas al pensar que el mejor argumento contra la tauromaquia es el de la dignidad humana. Me parece que el mejor argumento es el de los derechos de los animales que estamos (o deberíamos estar) obligados a reconocer como parte de nuestra armazón ética y moral.

Jorge Frisancho dijo...

Y sin embargo... es posible imaginar un argumento que encuentre en la corrida de toros un festejo, precisamente, de la dignidad humana, al menos en uno de los atributos que muchas tradiciones filosóficas y teológicas le adjudican a esa dignidad: el imperio sobre la naturaleza. La escenificación del triunfo del individuo humano sobre la violencia del mundo natural, representada aquí por el toro, en efecto habla de un supuesto estatus de superioridad y domino sobre las cosas de la naturaleza, y, en tanto que acto ritual, sirve como una confirmación y renovación de ese estatus. Que la escenificación sea ella misma violenta, sanguinaria y cruel no es sino una reproducción de las condiciones en las cuales el encuentro entre el individuo y el toro se daría en su "estado natural". En otras palabras, vista desde ojos humanos, la naturaleza misma es violenta, sanguinaria y cruel, y el ritual funciona como un conjuro de esos atributos y su trasncendencia.

(Para que quede claro: se puede imaginar ese argumento, pero yo no lo comparto).

Por esto, me parece que te equivocas al pensar que el mejor argumento contra la tauromaquia es el de la dignidad humana. Me parece que el mejor argumento es el de los derechos de los animales que estamos (o deberíamos estar) obligados a reconocer como parte de nuestra armazón ética y moral.

Anónimo dijo...

No sé, pero, una cosa es alimentarnos de la carne de los animales para sobrevivir (de esa manera -agregando a la dieta inicial de los primero shumaos- es que hemos llegado a ser lo que somos) y otra muy diferente, valernos de los animales (el toro en este caso) para... no sé para qué: vanagloria? narcisismo? estética?! absurdo. La trata actual de los animales para su consumo es otra situación, producto de la industria, que debe ser aplacada, porque es un crimen, tanto como las corridas de toros.

Centeno dijo...

Puede ser que el discurso antitaurino haya perdido valor. Pero el discurso taurino jamás lo tuvo.
Respecto al manifiesto, Vargas Llosa incurre en una falsedad visible a kilómetros. El dice que "es una tradición profundamente arraigada en el Perú criollo, mestizo y andino". Aquí debe subrayarse que distingue entre "criollo" y "mestizo", no son lo mismo para Vargas Llosa. Así, "criollo" sería el costeño heredero de estas "tradiciones", cuya masa la conforma un grupo de familias acomodadas o de clase media que se conocen todas entre sí cuando acuden a la primera de abono. "Mestizo", por tanto, se refiere por descarte a la gran masa popular. Señor Vargas Llosa: su aseveración sería cierta hace 300 años, pero ahora, la Plaza de Acho está rodeada, por un lado, de San Juan Lurigancho, con Zárate, Caja de Agua, etc., por el otro el Rímac, y detrás San Martín de Porres con toda su masa trabajadora. Díganme cuántos de estos "mestizos" esperan a octubre con ansias para llenar la Plaza. Esa parte mentirosa es lo más patético del manifiesto.

D D Arroyo González dijo...

http://www.eljueves.es/2011/10/04/que_opinan_los_toros_todo_esto.html

D D Arroyo González dijo...

http://www.eljueves.es/2011/10/04/que_opinan_los_toros_todo_esto.html

Anónimo dijo...

Parte 1

Escribí este pequeño artículo en el 2010, a raíz de un texto que Vargas Llosa publicó ese mismo año donde expresaba su descontento con la prohibición de las corridas de toros en Barcelona. Creo que aún sigue sido pertinente para debates de esta naturaleza.

"Hace pocos días leí un artículo del escritor peruano Vargas Llosa donde defiende su derecho a ver ese espectáculo ancestral que es la tauromaquia, ante la posibilidad de que sea prohibido en Barcelona. Este artículo me ha llevado a evaluar nuevamente mi postura respecto a este deporte o arte, al final ha prevalecido mi posición de siempre: la corrida de toros debe ser abolida o próxima a serlo.

No soy un conocedor ni aficionado de la corrida de toros. Pero soy consciente que muchas personas ilustres han sido y son aficionados de los toros. Todos ellos lo consideran un arte (aunque no está contemplado como una de las nueve artes) y han dedicado páginas, pinturas o partituras sobre este espectáculo. Como repito, no soy entendedor de los toros, así que voy a confiar en el criterio de estos intelectuales y artistas: la corrida de toros es en efecto un arte. Un arte que celebra la violencia y la muerte temas válidos para el arte. Pero, ¿el hecho de que sea un arte justifica la espantosa tortura que sufre el toro? ¿Es ético permitirle todo al arte? En un disco de David Bowie se plantea la posibilidad de que los asesinatos sean obras maestras debido a la destreza estética del autor que perpetra estos crímenes. Puede haber belleza y profundidad en estos actos criminales si es que hay pericia artística detrás de este abominable delito. ¿Eso eximiría de culpa a un posible asesino-artista? Desde luego que no. Creo que hay una evidente frivolidad en la postura de Vargas Llosa: el privilego del goce estético sobre los posibles inconvenientes éticos que su afición puede representar.

Ojo, no soy una persona que excede su amor hacia los animales y quiere vivir en un mundo irreal donde no se consuma carne o, peor aún, que se equipare el derecho de los animales al de los seres humanos. Yo soy carnívoro y no tengo problemas con ello. O casi ninguno. Soy consciente que no todos los animales son criados en buenas condiciones y que muchos son sacrificados de una manera atroz y dolorosísima, como el ejemplo de las langostas que pone Vargas Llosa en su artículo. Yo por eso abogo por un trato humanitario en la crianza de los animales de consumo y por una muerte rápida y lo menos dolorosa posible*. Por eso puedo afirmar que la corrida de toros me parece abominable desde una óptica moral ya que se somete a un tormento indecible a un animal que si bien puede ser fiero y tiene cuernos mortales tiene todas la de perder en la arena."

Anónimo dijo...

"Finalmente Vargas Llosa habla de que no se puede prohibir la corrida de toros porque atenta contra la libertad de algunas personas como él que quieren seguir viendo tal espectáculo. Hasta cierto punto tiene razón. ¿Cómo puedo imponer mi punto de vista a personas que no comparten la mía? Pero el mismo Vargas Llosa parece contradecirse en otro artículo donde habla de la banalización del arte y la cultura debido a la popularización de esta. Pide restablecer la credibilidad e importancia de las elites intelectuales que determinaban lo que era el buen gusto. Su justificación: la improbabilidad de que todas las personas tengan el conocimiento suficiente para opinar y juzgar con propiedad lo que es arte y no. Puedo decir que comparto a medias su posición la cual me parece un poco anticuada en algunos aspectos, eso será materia de otro artículo, pero al parecer Vargas Llosa estaría de acuerdo que un grupo privilegiado de personas determinen lo que es bueno y no en el arte, y que el resto, de alguna manera, adopte este modelo impuesto. ¿No podemos trasladar esto al ámbito moral? Si es cruel e inmoral someter a un animal a un sufrimiento insoportable solo por la fruición estética de un grupo, ¿no se puede prohibir ya que lo determinó un grupo de personas ilustradas en ética y moral? Suena un poco autoritario, sí, pero estoy usando la lógica del ilustre escritor peruano. Además, todas nuestras normas o leyes son impuestas por un grupo de personas que legislan y es la misma sociedad en la práctica la que da su aprobación o no. Por lo tanto, creo que nuestra sociedad ya es más consciente sobre el derecho de los animales a no ser torturados; ya ha madurado en ese aspecto**, por lo tanto no sería una locura que se dé una norma que prohíba la tortura animal y que por lo tanto se prohíba este espectáculo cruel.
Por más que empobrezca el panorama cultural o tradicional de ciertas personas creo que en este caso debe primar el derecho animal de no sufrir en exceso.



* Y que no me diga alguien que un sacrifico indoloro no es probable: hay una pistola de aire comprimido que mata instantáneamente a las reses (se menciona y se ve el aparato en la película "Sin lugar para los débiles").

** No creo que esto funcione con todas las sociedades. Hay pueblos que considera el sufrimiento animal algo más que gozo estético. Es base de sus creencias religiosas o místicas que dan sentido a su existencia. En estos casos no creo que sea apropiado ni conveniente prohibir este maltrato. No pasa lo mismo en nuestras sociedades occidentalizadas, donde se ha perdido mucho de religiosidad (además que la más importante, la cristina, no está vinculada a animales)y donde la conciencia sobre el maltrato animal está bastante fortalecida."

Robinson Díaz

Anónimo dijo...

Nunca me atrajo la corrida de toros, pero le he venido agarrando aficion al bull riding. Mirar la desesperacion del animal de quitarse al jinete, y la habilidad del jinete de no dejarse tirar es todo un espectaculo.

Para Frisancho y Gonzales les resultara supongo, aburrido, ya que es el jinete quien en realidad esta arriegando la vida.

Pero asi son los inquierdistas: Hablan de sociedad nueva, pero les encanta la vieja.

Suerte.

Anónimo dijo...

Para Centeno:

La tauromaquia si tiene un gran arraigo entre la poblacion mestiza e indigena peruana. Para muestra un boton: Anda a Chota o Cutervo, en el departamento de Cajamarca, y veras como una gran mayoria espera Junio (fiesta de San Juan) para ir a los toros. Comentarios como el tuyo pasan cuando uno no ha salido de Lima, dicho sea en buena onda.

Adicionalmente, es que una tradicion solo es valida cuando es mestiza? es que lo criollo (y peruano, ojo) no tiene validez?

Tolerancia por favor.

Anónimo dijo...

Interesante.
Concuerdo contigo en que se suele llamar hipocresía a lo que es simplemente nuestra naturaleza. Que Vargas Llosa esté a favor de los toros, eso sí me parece sino una hipocresía, una gran incongruencia. Hay pocos defensores tan fervientes de la civilización como Vargas Llosa. De una civilización contra la barbarie, de una civilización que, según él,sería ideal si todos nos comportáramos más o menos como en una democracia escandinava pero obedeciendo a la dictadura del Santo Mercado. Las corridas no son pues un rito civilizado en ese sentido

El Rancio

Anónimo dijo...

El argumento que más me convenció en contra de las corridas es aquel del filósofo español(quién me puede decir el nombre?)expuesto en el parlamento catalán. En resumen decía que todo, aboslutamente todo es "tradicional" allí donde se practica. Y que era pues absurdo argumentar a favor de preservar una práctica por el simple hecho de que ésta es tradición. Cuántas tradiciones hemos aboliendo a lo largo de la historia porque las empezábamos a considerar bárbaras? Me pregunto si no es mejor adelantarse, forzar un poco en vez de esperar a que todos nos sintamos lo suficientemente sensibles.

Por otro lado, es verdad que estos toros sufren una muerte atroz, pero en la gran mayoría de los casos han vivido mucho pero mucho mejor que cualquier toro cuyo pedazo se nos presenta en un plato. Me gustatía saber, por ejemplo, si los antitaurinos (de esos fanáticos) se escandalizan al ver como se "miman" a los perros de raza pequeña, como los llevan en su cartera las modernísimas y sofistacadas clons de Paris Hilton, cómo eligen el color del perro en función de la chalina o la correa que van a portar o de la cartera en que van a meter y lucir su accesorio de moda, que no tiene derecho a caminar ni mucho menos a lamer ni oler ni frotarse a sus semejantes....

El Rancio

Ramiro Miranda dijo...

Habrían muy bien taurinos y antitaurinos en ampliar un poco la visión de la tradición de los toros en el Perú, ya que no todas las corridas son como las de Acho. Soy admirador de las corridas, pero nunca he visto una lidia con toros de muerte, ¿cosa rara?, de ninguna manera, puesto que a las corridas que asistí fueron las que se hacen en ruedo abierto en los pueblos de los Andes, donde el toro una vez de ya haber "jugado" vuelve tranquilamente a su estancia a seguir su vida. Por una lado los antitaurinos censuran la fiesta brava por lo cruento del espectáculo, pero en la corrida que to describí no pasa eso, por otro lado también critican el elitismo de la fiesta en el cual subyacerían rezagos coloniales, sin embargo se celebran más de quinientas fiestas de toros en el Perú, así que de elitista no tienen nada, salvo quizás la feria de Acho. Sería bueno que la discusión se amplié para apreciar toda la tradición y sus ricas variantes que hay en el país y al analizarlas se puedan barajar opciones, por que me parece muy pobre la polémica que se reduce a "desaparecer vs no desaparecer" las corridas. No caigamos en la falacia de creer, como siempre, que Lima es el Perú. La fiesta no solo es en Acho, es también la fiesta de las comunidades campesinas ¿o será que muchos nunca han leído Yawar Fiesta?. Un saludo a todos.

Ramiro Miranda dijo...

Habrían muy bien taurinos y antitaurinos en ampliar un poco la visión de la tradición de los toros en el Perú, ya que no todas las corridas son como las de Acho. Soy admirador de las corridas, pero nunca he visto una lidia con toros de muerte, ¿cosa rara?, de ninguna manera, puesto que a las corridas que asistí fueron las que se hacen en ruedo abierto en los pueblos de los Andes, donde el toro una vez de ya haber "jugado" vuelve tranquilamente a su estancia a seguir su vida. Por una lado los antitaurinos censuran la fiesta brava por lo cruento del espectáculo, pero en la corrida que to describí no pasa eso, por otro lado también critican el elitismo de la fiesta en el cual subyacerían rezagos coloniales, sin embargo se celebran más de quinientas fiestas de toros en el Perú, así que de elitista no tienen nada, salvo quizás la feria de Acho. Sería bueno que la discusión se amplié para apreciar toda la tradición y sus ricas variantes que hay en el país y al analizarlas se puedan barajar opciones, por que me parece muy pobre la polémica que se reduce a "desaparecer vs no desaparecer" las corridas. No caigamos en la falacia de creer, como siempre, que Lima es el Perú. La fiesta no solo es en Acho, es también la fiesta de las comunidades campesinas ¿o será que muchos nunca han leído Yawar Fiesta?. Un saludo a todos.

Anónimo dijo...

Qué fácil es para Eduardo Gonzales citar a un troglodita como el cantante Salim y colocarse él, al costado, para aparecer como un enorme intelectual y así sostener que su razonamiento es cierto. Cuando Eduardo Gonzales cite a alguien de su nivel, o mejor dicho, cuando "se ponga con alguien de su tamaño", entonces veremos qué tan bueno es para defender sus ideas.

Nacho dijo...

Es una pena que un humanista de tu talla sea indiferente ante la tortura. Me parece que no debemos jamás desatender las consecuencias pedagógicas de nuestras ideas. Yo te pregunto: ¿cómo educar a un niño luego de aceptar, delante de él, que las corridas de toros no son ni buenas ni malas, sabiendo que un niño normalmente siente compasión por los animales?, ¿le dices que su compasión está bien, pero que también estaría bien si no la sintiera?

Hay que cerrar filas contra el sufrimiento de seres indefensos, sobre todo cuando hay un espectáculo de por medio que se basa precisamente en el daño, en la indolencia.

Anónimo dijo...

te me caes!!!!

Anónimo dijo...

Muchas gracias, Gustavo, por tus posts siempre incisivos...

Solo quería agregar (para que recordemos) que conozco a quienes critican la tauromaquia y que también son vegetarianos (aunque, como dices, la mayoría de las censuras ciertamente provienen de las bocas de carnívoros). Es decir que no son hipócritas, por lo menos en este contexto particular. Su argumento me parece perfectamente razonable: creen que se debería evitar la muerte de un animal (especialmente una criatura que posee consciencia relativamente "avanzada") cuando el beneficio sería, por así decirlo, nuestro placer (o la satisfacción de haber participado en la continuación de una tradición, etc).

Anónimo dijo...

"que durante toda nuestra historia como especie el maltrato animal haya sido una constante, pero eso no significa que deba seguir siéndolo y que debamos aprobarlo...Análogamente se podría argumentar que la violencia y las guerras han formado parte constante de nuestra historia (La civilización humana se basa en la guerra), así como la esclavitud, o la marginación y violencia contra las mujeres. Es evidente que tenemos el derecho (y el deber) de romper con las tradiciones que consideremos aberrantes o simplemente inadecuadas ¿o no?"
http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2010/03/16/savater-se-equivoca/

Anónimo dijo...

Porqué los liberales, como MVLL, no exigen al Estado que deje de financiar las corridas de toros, a sabiendas de los enormes déficits que tiene el Perú en el campo de la cultura, como por ejemplo en bibliotecas, museos o videotecas. Porqué en lugar de la Plaza de Acho no se construye una biblioteca, que estaría ubicada en el centro de una ciudad como Lima al alcance de muchos peruanos que necesitan cultura (de la grande), y puedan leer las novelas de MVLL o de Bryce o de Ampuero. La Plaza de Acho es propiedad del Estado del Perú. Y es un bien inmueble con mucho valor. Al igual que son bienes inmuebles de mucho valor y de propiedad del Estado todas las plazas de toros que hay en el Perú, construidas, mantenidas y mejoradas con los recursos de un país pobre como el nuestro, que no regala libros a sus niños y que tampoco los educa en el respeto por la naturaleza. En el Perú no existen plazas de toros privadas, sólo existen públicas, y los municipios de muchos distritos y centros poblados (en muchos de los cuales no hay agua ni luz) gastan enormes cantidades de dinero, no sólo en las plazas, también, muchas veces, en financiar las corridas de toros, en sus fiestas patronales.
Qué es lo que pretende MVLL al firmar un documento como el que comentamos, quizás que se cree una excepción cultural con respecto a las corridas de toros. Recordemos que MVLL se opuso (con motivos de sobra) a que los países de la Unión Europea protejan a determinadas actividades culturales de la competencia del mercado. Considera que el cine francés o el teatro alemán no merecen la protección de sus Estados, porque ellos solos pueden defenderse, gracias a la imaginación de sus creadores. Porqué lo que exige en Europa no lo exige en el Perú. Porqué el Estado debe proteger y difundir las corridas de toros, sólo porque a él y a sus amigos les gusta ver correr sangre. Pues, señor MVLL, el salvajismo no debe ser promovido por el Estado. Y si Ud. y sus amigos quieren ver corridas de toros, pues construyan sus locales propios y financien ustedes mismos sus corridas. No exijan al Estado que los proteja y los difunda. Dejen de usar los bienes del Estado para continuar con un statu quo que ofende la sensibilidad de muchos peruanos.
Quieren que el Estado privatice la educación y la salud (lo cual, en cierta forma, está muy bien), pero no quieren que se privatice completamente su actividad de sangre. Señores admiradores de las corridas de toros dejen de seguir pagando con mis impuestos su afición por la muerte.
Miguel Torres Reyna,26 de marzo de 2012

Germán Hernández dijo...

Una entrada de gran valor. Y con numerosos comentarios también de mucho valor la mayoría.

En mi pequeño país Costa Rica, apenas se está discutiendo el asunto, incluso hay miembros del congreso que hacen público su proselitismo en favor de peleas de gallos y similares.


Saludos