10.4.12

La vida que vivimos en peligro

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Yo viví tres cuartas partes de mi vida en el Perú, en La Punta y en Chacarilla. En la época del terrorismo, como muchos, se me fue borrando la conciencia de que mi vida pudiera estar en peligro. Incluso en la época de Fujimori, cuando la revista que editaba era una de las poquísimas de abierta oposición, cuando Pablo O´Brien publicaba en nuestras páginas las primeras noticias sobre la fábrica de firmas falsas de Fujimori y la Unidad de Investigación tenía que ocuparse de la seguridad de los testigos, y algunos redactores tenían plena consciencia de estar siendo perseguidos a toda hora y en cualquier lugar, y cuando yo mismo estaba seguro de que mi teléfono, como el de muchos, andaba intervenido, no tuve conciencia real de ningún peligro.

La recobré cuando parecía que el peligro había pasado y, como tantos limeños, empecé a pensar en ese extraño mecanismo psicológico de defensa que nos permitía caminar por las calles y subir a edificios sabiendo que en las calles podían estallar los coches-bomba y los edificios podían poco menos que venirse abajo eventualmente. Una vez, saliendo de casa, setí una explosión y seguí saliendo, y en la calle paré un taxi. El carro tenía las lunas rotas y el taxista estaba lívido: una bomba había estallado a cuatro o cinco metros de él, un minuto antes, frente a una oficina de la Southern en Caminos del Inca. Se le fue pasando el temblor. Para cuando llegamos a nuestro destino ya estábamos hablando de fútbol.

Hubo otros lugares del Perú donde era imposible no hablar de otra cosa que de la muerte. En la Accomarca destruida por el miserable Telmo Hurtado no era posible distraerse en otros asuntos. En la Lucanamarca arrasada por el miserable Hidebrando Pérez Huarancca, tampoco había esa salida. Esos años han pasado; no debemos olvidar esa violencia. Pero no debemos olvidar, tampoco, nuestras otras formas de violencia.

Anoche estuve conversando, como todas las noches, con la nana de mi hija de un año. Es una mujer humilde del mismo pueblo donde nació César Vallejo. Cada noche vemos el noticiario del cuatro, que es el único que llega por cable al noreste de Estados Unidos, y nuestra conversación suele seguir la dirección de las noticias.

Su esposo trabajaba en construcción civil. Hace unos meses, lo mandaron a subir a un andamio para asegurar una estructura de madera (es carpintero). Su mejor amigo le dijo mejor tú haz esta otra cosa y yo arrreglo el andamio. M., el esposo de mi amiga, se quedó en el primer piso y un rato después escuchó un ruido: corrió para encontrar el cuerpo de su compañero estrellado contra el suelo: muerto. Él y los otros obreros reclamaron durante meses ante la empresa por la falta de seguridad, pero no fueron escuchados. Lo despidieron por reclamar.

Buscó trabajo en una empresa de las que explotan el gas de Camisea. Pasó todos los exámenes pero el día en que debían partir a La Convención, en el Cusco, se enfermó. Quienes iban a ser sus compañeros de trabajo están hoy secuestrados por una célula senderista.

Entre tanto, M. se mudó a una casita en los bajos de Chosica, en vez de pagar las primeras letras de la otra casa que pensaban comprar, en lo alto de un cerro del lugar, donde esta semana cayó una docena de huaycos. M. no estaba allí porque ha encontrado trabajo en una mina en Ica, haciendo las instalaciones de madera que sostienen las excavaciones en los túneles. Cada vez que vemos las noticias y aparece algo que tiene que ver con túneles que se vienen abajo y mineros que se quedan encerrados o mueren aplastados, mi amiga sufre un sobresalto atroz, que no se va hasta que el noticiero no aclara dónde se ha producido el accidente.

La pobreza es una amenaza contra la vida.

Quienes pensamos que vivir en el Perú es hoy menos peligroso que hace unos años deberíamos pensar con más frecuencia en el riesgo de muerte en que viven la mayoría de los peruanos. El Perú es el primer país de las Américas en la triste estadística de los muertos por accidentes de tráfico. Cerca de tres mil personas cada año; en una década eso no está lejos de la cantidad de personas que mató Sendero Luminoso en los años ochenta. En la tabla de las ciudades más contaminadas del planeta, La Oroya está entre las cinco peores, por encima de Chernobyl: el noventa por ciento de los niños de La Oroya sufre enfermedades crónicas ocasionadas por la contaminación.

Digo estas cosas para hacer notar que el Perú no necesita una guerra interna para ser una de las sociedades más violentas del hemisferio, y también para que quede claro que una lucha primitiva y destructora como la de Sendero Luminoso no es mucho más depredadora que un progreso caótico y sin reglas: el crecimiento irregulado del parque automotor, el boom de las exportaciones mineras, por ejemplo. Pero las dos cosas están conectadas: Sendero Luminoso y la naturaleza irracional de la respuesta del Estado ante Sendero Luminoso nos han acostumbrado a la muerte, nos han anestesiado; ahora parecemos creer que quienes no mueren a causa de una bomba, no cuentan en la estadística de la violencia. No es así.
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7 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen post Gustavo, y no te olvides de la violencia contra la mujer. Las cifras sobre violencia en el hogar hace rato que nos ponen primeros en Latinoamerica, y hay que ser buenos para estar primeros entre tantos buenos competidores.

Anónimo dijo...

Que ironico que escribas un post sobre la lamentable situacion de los trabajadores en el mundo neoliberal, que tus comentaristas exaltabann en el post anterior. Con sus errores la revolucion cubana intenta solucionar estos problemas que no son nuevos y son endemicos a los sistemas capitalistas de cualquier laya. Desde la posicion de un obrero es mucho mejor vivir en la "dictatorial" Cuba que el "libre" Peru.

Anónimo dijo...

Fantástico comentario. La muerte y la vida están estrechamente vinculadas, pero en las sociedades donde la vida vale poco o nada, ese vínculo es muy estrecho. Los peruanos desprecian la vida de los demás, y cuanto más poder tienen, la desprecian más. Esa perversa manera de convivir en sociedad no se cambia con ni con dinero, ni con inversiones, ni con crecimiento económico. Hasta que no se den cuenta del infierno en el que viven, no podrán cambiarlo. Ojalá lea su post mucha gente.

Anónimo dijo...

Por que sera que este post tiene tan pocos comentarios?, donde se fueron todos los cubanos de Miami que celebraban tu comentario anterior?

Claudia dijo...

Que tal Gustavo, muy bueno tu post. Te comento que acabo de leer el artículo de Mirko Lauer (http://www.larepublica.pe/columnistas/observador/guayaberas-13-04-2012) y me parece una copia grosera del artículo de Juan Gossaín en El Tiempo (http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-11548103.html). Ni siquiera le da crédito al colombiano. Qué mal, se pasó de plagero Mirko!

Anónimo dijo...

no creo que a ningún sistema le importen los trabajadores, en Cuba no hay consideración ni derechos para ellos, al final es el capitalismo sea privado, sea estatal, o una pachanga de ambos, todos roban al trabajador

pirugenia dijo...

Muy al punto tu comentario; como dice un grupo activista de USA: "El capitalismo es el crimen organizado"; se refiere al capitalismo frenético, financista y sin rienda