23.7.13

Mario Montalbetti se desplaza del centro al margen y viceversa, etc

(Este texto que acaba de aparecer en Buensalvaje es una versión del que leí en la presentación del libro Lejos de mí decirles, poesía reunida de Mario Montalbeti ■ Aldus, 2013 ■ 351 páginas ■ 77 soles)

Mario Montalbetti publicó su primer libro de poemas en 1978 y el segundo en 1995, tiempo suficiente para pasar de ser un gran poeta joven a ser un gran poeta joven aún. Tiempo suficiente, uno hubiera dicho, para que los temas del primer libro fueran sucedidos por otros enteramente distintos. El título Perro negro, en 1978, parecía hablarnos de personajes únicos y solitarios en el vacío, sin escenario. El título Fin desierto, en 1995, parecía hablarnos, en cambio, de un escenario deshabitado. Nada más concreto que un perro negro; nada más abstracto que las orillas del desierto. (Ustedes se preguntarán por qué trato de interpretar el contenido de los libros a partir de los títulos. Les diré que intento reproducir, en condiciones de laboratorio, la actitud más común de la crítica peruana ante la obra de Montalbetti). Con diecisiete años entre ambos libros, uno podía leer el segundo sin preguntarse por el primero. Ahora que forman parte de un mismo tercer libro, Lejos de mí decirles, que reúne toda su obra poética, que en verdad es un octavo libro, la cosa cambia.

¿Qué pasa con un perro negro en las orillas del desierto? Lejos de mí decirles pero vale la pena preguntar. En alguna entrevista, Montalbetti ha dicho que la manera más válida de escribir poesía es escribir contra el lenguaje, no en el sentido de escribir manifiestos contra el lenguaje, sino en el de no dejarse llevar por él, escribir a contrapelo de él, intentando liberarse de su poder, y en esa entrevista ofrece dos ejemplos peruanos. El primero es el de Vallejo, que desensambla el lenguaje, lo destruye para escribir con sus esquirlas, le busca las rendijas y los huecos y allí escribe, desde el extremo o desde la momentánea ruina del lenguaje, antes de que este se recomponga, en el momento cuando el lenguaje ya no parece decir y ciertamente ya no parece comunicar. (Mario no cree que el lenguaje exista para comunicar). El segundo ejemplo es la fase final de la poesía de Blanca Varela, poemas donde X no es una metáfora de Y sino que X es X, o X representa a X y eso no es un tropo y Montalbetti lo describe como escribir ya no en los linderos sino en el centro mismo del lenguaje.

Una clave de lectura para la poesía de Montalbetti es recordar eso: que a él le interesa escribir contra el lenguaje desde el límite del lenguaje, como a Vallejo, y también desde el centro del lenguaje, como a Blanca Varela, y que sus poemas describen ese movimiento, o ejecutan ese movimiento, de los márgenes al centro y viceversa. Imaginen que la poesía de Montalbetti es una campaña unipersonal librada contra el lenguaje por medio del lenguaje, un acoso y varias estrategias, ataques en los bordes y ataques en el centro. El lector debe determinar desde qué punto en el trayecto es enunciado cada poema.

Aceptando un lugar común de la teoría, pensamos que todos los poetas escriben un poco acerca del lenguaje, que nada es más autorreferencial ni más metalingüístico que la poesía, pero eso raras veces es tan cierto como cuando el poeta es Montalbetti. También tendemos un poco a pensar que Montalbetti siempre escribe sobre el lenguaje y eso, del mismo modo, no es verdad. Lo que pasa es que en su poesía existe constantemente la conciencia de que todo lo que podemos decir lo tenemos que decir en el lenguaje pero todo lo que no podemos decir no podemos decirlo por culpa del lenguaje. Pero las cosas que queremos decir y no podemos no son cosas acerca del lenguaje, sino cosas acerca de las partes del mundo que el lenguaje nos escamotea. Esa pérdida es un tema sobre el cual Montalbetti escribe, pero Montalbetti escribe también sobre muchas otras formas de pérdida.

El lenguaje es nuestro punto ciego, o el lugar que propicia nuestra ceguera, que a su vez propicia nuestras pérdidas. En «Alrededores de San Lorenzo», en Cinco segundos de horizonte, del 2005, Montalbetti escribió: «En su momento, la idea de que nunca nada se pierde o que lo que creemos que se pierde nunca fue parte del mundo fue una experiencia desquiciadora. El mundo está siempre completo. Pero se pierden cosas constantemente». Es posible que esas cosas se pierdan detrás de «una tercera cosa… que se entromete». Es posible que esa tercera cosa, con frecuencia, sea el lenguaje mismo, pero las cosas que perdemos están fuera del lenguaje, más allá de él (en la separación, en el exilio, en la derrota, en el borde del desierto, en el lado oculto de una isla chalaca, bajo las olas del Camotal, enterradas en una ruina cupisnique, dentro de un bote que lleva un nombre a babor y otro nombre a estribor: queremos señalarlas con el dedo, pero no siempre es posible; queremos decirlas pero, ya se sabe: el lenguaje).

Cuando leí Perro negro por primera vez, en los ochentas, no existían los otros libros que se reúnen en este volumen –Fin desierto (1995), Llantos Elíseos (2002), Cinco segundos de horizonte (2005), El lenguaje es un revólver para dos (2008), Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano (2008) y Apolo cupisnique (2012)–, y porque no existían esos libros era fácil tomar el poema «Dijo Lau Tzu», de 1978, como una simple broma. El poema dice: «Dijo Lau Tzu: “el que habla no sabe, el que sabe no habla”. Si Lau Tzu lo dijo, habló», y la impresión inmediata del lector la dictaba el tono de juego y paradoja de esa «recriminación contra los taoístas». Treinta años más tarde, en el poema «Disculpe, ¿es aquí la tabaquería?», de El lenguaje es un revólver para dos, sobre un fraseo de Pessoa, Montalbetti volvió sobre el tema: «Nadie dice todo. Nadie dice nada. Lo deseable es decir poquísimo. Callar no es más radical. Callar es como raparse la cabeza: el pelo vuelve a crecer. Pero decir poquísimo, decir lo mínimo que uno puede decir, eso es lo que nos permite decir algo». Ese es Montalbetti cuando está exultante de optimismo, cuando piensa que, de vez en cuando, el lenguaje poético trasciende la materialidad del objeto-poema y se convierte en poesía: «dice algo». En su extremo pesimista, escribe poemas como «Vehículos de Varo», de Llantos Elíseos, que dice: «dormidos perseguimos sueños, montados en ingeniosos vehículos, eso es todo, pedaleamos sobre pesadillas de tela fina, todo el resto es lenguaje», y acaba el poema con una frase que sus alumnos y exalumnos (Montalbetti es el más brillante lingüista y profesor de Lingüística del Perú) apreciarán en su injusto valor: «no es posible el conocimiento».

La pérdida, entonces, es uno de sus temas centrales. «Perder, perder, para encontrar lo que ha sido tomado de la boca del jaguar, perder perderlo todo y cuando lo hayas perdido todo has de perder eso también», escribe en «Telarmacha y Eclipses», de Fin desierto. La pérdida del paraíso, por ejemplo, está en «Lleva al marrano más allá de los cerros», de Perro negro, y está en otros poemas de Fin desierto, como «Salmos de invierno»: «si quieres ganar el cielo primero debes saber perderlo». La pérdida del paraíso que es también la pérdida del lenguaje del paraíso. La pérdida y el esfuerzo por reponer lo perdido.

El primer poema de Fin desierto lo dice: «escribimos para tapar los hoyos y reparar las faltas». Y ofrece dos intentos de nombrar ese vacío. El primero dice: «hay un sol partido en dos y una sombra espesa en la escisión», figura que parece venir de Lacan, a quien Montalbetti lee con la avidez con que se lee una ficción de detectives. El segundo dice: «hay un perro perdido en el ojo de la horca», imagen que debe venir de una de las novelas de detectives que Montalbetti lee como a Lacan. En «Salmos de invierno» escribe: «ya que tenemos ojos suponemos que hay algo que ver, pero no hay nada que ver, o lo que tenemos que ver no se ve con los ojos». Los elementos son los mismos con distintas relaciones, esperanzas y expectativas: algo se pierde, buscamos algo, algo es hallado pero no es reconocido, o es intuido pero es innombrable, o no existe pero no está de más seguir buscando, o está de más seguir buscando, exista o no. «Ya que tenemos ojos suponemos que hay algo que ver» nos recuerda a otra frase que aparece en «Una sucesión de amaneceres», de Llantos Elíseos: «Hablamos porque creemos en la comunicación nunca pensé que dijera estas palabras diré otras para compensar diré por ejemplo que la comunicación es el condón del lenguaje». ¿Lo vieron? Ese poema comienza al centro y termina en el margen. Uno puede ver al poeta corriendo.

El notable poema «Lejos de mí decirles compañeros», de Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano, de 2008, está dirigido a unos hipotéticos compañeros de generación. «Compañeros de generación», dice, «nuestros versos podrían estar escritos en una lengua más conjetural están demasiado cargados de castellano de unidad como si fuéramos uno no somos uno está muerto» (se refiere al castellano). «Compañeros de generación», comienza el verso. «No somos uno», termina el verso. Y las treinta sílabas entre una frase y la otra son todo el tiempo en que Montalbetti pertenece a su propia generación antes de declararse diferente y expulsarse. Montalbetti no se parece a su generación, si es que existe tal cosa como una generación: es una excepción en un horizonte gobernado por tribus de poetas urbanos y un puñado de poetas insólitos. La crítica, con gran instinto, juzgando por los títulos de sus libros y sintiéndose probablemente confundida por su contenido, azarosamente lo ha dejado fuera de esa generación y fuera de todas. Eso es lo que se llama un hallazgo poético, un díctum trágico que funciona, aunque sea de carambola. Montalbetti es singular, más «contra el lenguaje», más ajeno a las modas, más hermético (eso pasa cuando descrees de la comunicación). Parece pararse más allá, estar más lejos, antes o después, concreto y en el centro del lenguaje, como un perro negro; abstracto y en los márgenes del lenguaje, como el fin desierto. Es un poeta mayor en una generación a la cual no pertenece. Lejos de mí decirles es el más notable libro de poesía publicado este año, una gran oportunidad para que los lectores peruanos reparen la deuda que tienen con uno de nuestros más grandes poetas de hoy.

19.7.13

Morrissey y el misterio del penne atomatado

-->En el último Velaverde publiqué una mini-crónica sobre la tocatta y fuga culinaria del artista inglés a su paso por Lima. Aquí está:

Viene Miguel Bosé, los periodistas lo acribillan con las preguntas que parecen ser tópico obligado en los cursos de Entrevista I, II y III en las escuelas de periodismo del país. Es decir, con qué platos peruanos ha tenido intimidad, si ya probó el pisco sour, qué manjar local oculta en su mesa de noche y otras interrogantes diseñadas para llegar al (plato de) fondo del personaje y comprender el (anticucho de) corazón de su arte. Acto seguido, a Bosé se le escapa el duende lorquiano y desconcierta a los periodistas respondiendo no acerca del menú de la inmensa nación-restaurant en cuyo aeropuerto acaba de aterrizar, sino criticando la tontería de las preguntas. A los reporteros se les recuecen los sesos a la peruana en su tinta de líquido encéfalo-raquídeo. Enigmáticamente, la opinión pública no crucifica al movedizo cantautor español ni le saca en cara su inteligencia elitista, ni lo lanza a la gran olla comunal para comérselo con su pan; por el contrario, le da la razón. Bosé, al día siguiente, a la hora del almuerzo post-incaico, que es como la nueva misa criolla, se reconcilia con la peruanidad al exclamar “ñam ñam” al tiempo que procede a degustar una hilera interminable de exóticos potajes de la fusión novoandina.
Los periodistas, para mayor sorpresa de la ciudadanía, aprenden su lección y guardan el viejo cuaderno Loro en que llevan anotadas sus preguntas. He aquí que desciende sobre el Jorge Chávez ni más ni menos que Steven Patrick Morrissey (Lancashire 1959 - ¿Lima 2013?) con la intención de brindar a sus engominados seguidores dos conciertos-boutique, conciertos-delicatessen, solo para iniciados. La nube periodística le formula preguntas asaz controversiales (ok, no) que, insólitamente, en ningún momento parecen siquiera orbitar las inmediaciones del planeta Mistura. Morrissey, quien ya estuvo antes en esta feria gastronómica permanente que es la República de Marca Perú ®, y que, debido a esa experiencia previa, probablemente había ensayado en su aeronave las palabras “cevichei”, “tacoo-tacoo”, “chanfainitah” y “raspadilah de aguaymantou”, se encuentra ante el insólito deber de hablar de música. El observador, unos días después, se preguntará: ¿Por qué no le hablaron de comida? ¿Por qué nadie le dijo nada a este pobre hombre?

Morrissey, en Lima, vive un romance británico con sus fanáticos. Una masa caótica que bordea los 25 lo espera en la puerta de su hotel en la capital nacional del post-punk, el aguerrido distrito de Miraflores. Le piden autógrafos: los firma; se toman fotos con él: sonríe como la Gioconda, saco a cuadros, penacho rebelde, un creciente parecido con Jean Paul Strauss. No está sólo de paso: se quedará varios días en Lima. Un cuidadoso plan alimentario vincula su estómago con la mesa patria pero, entonces, sobreviene lo inesperado. Su equipo de prensa anuncia que el artista ha caído víctima del mal peruano: la bicicleta.

El país es recorrido por un temblor interior: ¿será que la cada vez más sofisticada cuisine péruvienne, orgullo nacional, que ha suplantado en la imaginación de la aldea local a Machu Picchu, a Chabuca, a Santa Rosita, al almirante Miguel Grau y al segundo himno nacional más bello del mundo, y que dentro de poco conquistará los cinco continentes, sigue siendo, después de todo, la misma antigua cocina de carretilla popular, carne de caballo, aguas servidas y peces con patas, caldo de cultivo de todas las bacterias del universo? ¿Qué será de los peruanos si el inminente deceso del maestro Morrissey, víctima de un sospechoso y posiblemente chalaco vibrio cholerae, nos devuelve al pasado y nos enfrenta a la imagen que solíamos tener de nosotros hasta que Gastón Acurio refundó el estado-nación? ¿Será que en el fondo seguimos siendo el mismo país de siempre, moribundo, muerto de hambre, caótico, corrupto, huachafoso, a años-luz de la modernidad y a siglos-luz del primer mundo? Sólo que, en tiempos recientes, pásate ese tiradito, chilcanos van, chilcanos vienen, hemos tenido la barriga llena y, por lo tanto, hemos creído tener, también, el corazón contento, sin recordar que hay otras cosas en el mundo además de los tres refrigerios del día.

La prensa vuelve al escenario: el periodismo de investigación sigue el rastro del culpable. Un diario reputado por sus destapes (de calatas) descubre al maléfico culpable: una papa rellena. Siempre hemos sospechado de ella. Nunca supimos si es plato de brunch, almuerzo o cena; nunca supimos si es entrada o segundo, si debe o no debe llevar pasas. Es distinta. Pero algo no calza: Morrissey es vegetariano, la papa rellena lleva carne. Si le sirven una, comerá solo lo de afuerita. Si la papa es inocente, ¿quién tiene la culpa? Los ojos empiezan a apuntar al extranjero: el extraño saco a cuadros, el penacho anacrónico. Morrissey canceló una gira en Estados Unidos hace un tiempo debido a una crisis de úlceras. Dicen que en Lima no había vendido muchas entradas. Después de declarar que suspendía todas sus fechas latinoamericanas, se corrigió y repuso en el calendario sus conciertos en Chile y Brasil.

¿Desaire? Insoportable representante de la imperial Rubia Albión, Morrissey no solo había plantado a la masa de casi 25 en las puertas de su hotel en el asentamiento humano Miraflores; además había querido culpar al único dios que queda de pie en el retablo patrio: nuestro arte culinario. Quiso enfrentar a nuestra gastronomía con nuestra gastroenterología sin importarle los sentimientos de los demás comensales. Burn the disco, hang the blessed DJ!, grité yo. Démosle su merecido. Ha atentado contra los dos símbolos más visibles de nuestro cosmopolitismo: los conciertos de músicos anglosajones no enteramente pasados de moda y nuestro plan de conquistar el planeta estómago por estómago.

Pero no: un mensaje en su página web anuncia desde el ciberespacio que su infección no fue ocasionada por la papa rellena ni el tacoo-tacoo: fue un penne entomatado entumecido: la culpa es de la bella Italia. Nuestra honra está salvo. (¿Pero quién le dijo a Morrissey que viniera al Perú a comer platos de bachiches?)... Y ahora que estuvimos a punto de apanar y deglutir al genio de Lancashire, todo por una bacteria en un tomate, recordemos que aquí nomás, atracito de los restaurantes y los coliseos, siguen los pueblos jóvenes, la desnutrición, la miseria general, el país de siempre. Nunca sabremos a quién se le ocurrió deslizar el maledetto pomodoro por el esófago de Morrissey, pero sabemos que mucha comida malograda afectará a los niños del Pronaa en cualquier momento. Y será menos noticia.

15.7.13

¿Siete focus groups de interpretación de la realidad nacional?


Hasta ahora, todos mis comentarios sobre Asu mare han dejado de lado cualquier crítica directa a Carlos Alcántara. Ahora ya no. Acabo de leer este artículo en La República y está claro que Alcántara es conscientemente un negociante populista, el perfecto complemento para gente como Bullard o Mariátegui.

Alcántara ve el cine estrictamente como una industria --ventas, colas, taquilla, canchita y merchandising-- y cualquier cosa que no sea una pachotada como Asu mare le resulta "aburrida, lenta, oscura y densa". Habla de "reivindicar al público con su propio cine peruano" como si ese comercial de hora y media que es Asu mare fuera fruto del folclore nacional o del alma del pueblo y no naciera de la serie de focus groups que sus amigos publicistas hicieron antes de arriesgar su billete. ¿O es que en la República de Marca Perú las agencias de publicidad son el nuevo proletariado?

O Alcántara se ha rayado y cree que él es el espíritu de la peruanidad o ya le gustaron demasiado los dividendos. Pero el cine peruano no tiene por qué ser un cine oligofrénico, repetitivo y chato, mezcla de sitcom de los setentas con Risas en América, como Asu mare. No será mejor cine porque dé más empleo (con el dolor de nuestro corazón, es verdad) ni será mejor cine porque ocasione más carcajadas por segundo.

¿Hasta cuándo vamos a seguir en este proceso de estupidización minuciosa de cada aspecto de la vida nacional? Nuestro cine sí vive un despegue: las películas de Llosa, Méndez, Fuentes-León, los Vega, etc., son una demostración inmediata y conocida. Decir que el verdadero boom se da con Asu mare es tan absurdo y despatarrado como decir que ahora que el librito de Pedro Suárez Vértiz lo piratean en las calles se marca el despegue de la literatura peruana.

Alcántara tiene todo el derecho del mundo de disfrutar de su plata y de su éxito, pero haría muy bien en no referirse a la obra de esos otros cineastas de manera tan idiota, como si ellas no fueran obras nacidas del Perú, de lo peruano, como si el interés de esos cineastas en explorar temas interesantes, complejos e importantes para nuestra historia fuera criticable porque es "muy denso". O como si ya, de una vez, oficialmente, tuviéramos que aceptar que la capacidad de pensar, razonar, racionalizar y reflexionar no es propia de los peruanos.

Nadie te va a quitar tu público, Cachín, pero harías bien en dar las gracias al cielo de que lo hayas encontrado y no andar por ahí saboteando el trabajo de los otros. Es decir, de los que hacen un trabajo mucho mejor que el tuyo a cambio de muchísimo menos.

14.7.13

Te rindo homenaje, me rindes homenaje

(Este post fue originalmente una entrada en mi muro de Facebook. Facebook lo borró, sin explicar por qué, diciendo sólo que contravenía las políticas del sitio, y además me prohibió usar mi cuenta por 12 horas. Me pregunto si criticar a Martha Meier va contra las reglas de Facebook. Lo cierto es que ahora mismo, en el muro de Martha Meier en Facebook, hay un thread donde los comentaristas me insultan de todas las maneras posibles, incluyendo a alguien que me llama "pro-MRTA". Y Facebook no dice nada, y nadie dice nada y ciertamente Martha Meier no dice nada. Me llaman "pro-MRTA" y no hay problema pero a mí me censuran por decir que sus artículos son primariosos. Uno juraría que una persona que tiene tres periódicos y un canal de televisión no necesitaría andar censurando los pobres posts que un comentarista independiente coloca en un muro de Facebook o en un blog como éste, que ni siquiera tiene un auspiciador. Parece que no es así: parece que no le basta con controlarlo casi todo: quiere controlarlo todo. Y siendo incapaz de responder con argumentos, responde con atropellos. El post decía lo siguiente):

Conmovedora la columna de Martha Meier Miró Quesada en su homenaje a Francia hoy en El Dominical. A mí por lo menos me ha conmovido porque me la he imaginado sentada frente a su computadora escribiendo ese texto, que tiene el nivel de una tarea de quinto de primaria, alucinando que en verdad está diciendo algo inteligente. Su artículo es una lista de grandes nombres franceses entre los cuales se da tiempo para aludir a los inventores del lápiz y la champaña pero olvida mencionar, por ejemplo, un solo filósofo. En su mente infantil, Jules Verne merece ser destacado pero no Comte, no Descartes, no Bergson, no Derrida, no Foucault, etc. En cambio, sí se da el tiempo para mencionar a uno de los mayores exponentes de la pintura francesa: Marc Chagall. Lástima que Chagall sea ruso. Otro brillante aporte de Martha Meier a la cultura peruana. 

Será por eso que la Cámara Peruana del Libro le rendirá un homenaje a esta sabia en la Feria del Libro que se inaugura dentro de unos días. Dicho sea de paso, el evento es organizado por la Directora Cultural de la Cámara Peruana del Libro, la poeta Doris Moromisato. Hace pocos años Martha Meier dirigió un documental-homenaje a Moromisato basado en un libro de la poeta niséi. Ahora Moromisato le rinde un homenaje a Meier en la feria. Diría John Lennon: "I scratch your back and you scratch mine". Yo, menos sutil, digo: no se pasen de pendavis. La Feria del Libro puede ser una iniciativa privada pero es una iniciativa cultural, no una excusa para hacer regalos a los amigos, pasarles una franelita, limpiarles la imagen o devolverles un favor. Martha Meier, la fracasada candidata fujimorista al Congreso en el 2000, ha hecho tanto por la cultura del libro en el Perú como Mario Poggi ha hecho por el desarrollo de las psicología. Déjense de vainas. Y los escritores invitados a esa feria deberían decir algo. No se puede vivir siempre con la boca cerrada.

12.7.13

Alexis Iparraguirre: campeón mundial de debate en solitario (peso paja)


Me insulta y dice mentiras sobre mí. Cuando otros entran a corregirlo, los borra y los bloquea. Cuando yo entro y lo corrijo, al minuto borra mi comentario, seguramente avergonzado. Y de inmediato me bloquea para que no pueda replicar ni reaccionar de ninguna manera. Lástima para él que yo haya tomado un "screen shot" con la imagen del comentario que puse en su muro y que él borró corriendo. Ustedes lo pueden leer ahora en la foto (sólo he nublado un poco las fotos de terceras personas). Como verán, era una invitación a debatir conmigo dejando de lado sus insultos y sus mentiras. Pero se corrió, porque sin insultos y sin mentiras no tiene nada que decir. Así son pues: coletean y paran las plumas cuando uno no puede responder, pero se arrojan abajo de la cama apenas escuchan pasos. Uno les hace dos o tres preguntas y tiemblan como si uno hubiera sacado puñales. Con ustedes Alexis Iparraguirre. (El texto que borró con la rapidez de un beatito que ve al demonio y sale corriendo es el que tienen en la imagen, que pueden ampliar haciendo clic en ella).

9.7.13

FAVOR ESCRIBIRME MAILS ELOGIOSOS PARA EMPEZAR UNA BONITA AMISTAD

Quiero compartir con la amable teleplatea un artículo de Lucas Ghersi sobre mí (ok, contra mí) aparecido en un moderno periódico inalámbrico de la interwebs. Entiendo que el autor es un joven estudiante de la PUCP. (Ghersi critica un texto mío titulado “El estúpido y perverso dios del mercado”.

En el pasado les he respondido a jóvenes estudiantes de la PUCP y otros templos del saber y acto seguido la teleplatea me ha propinado violentos apanados virtuales por abuso de menores (incluso cuando le respondí a Marco Sifuentes, que a la sazón frisaba los treinta años de edad física). En otras ocasiones no he respondido, para evadir el callejón oscuro y el estigma. Esta vez opto por el punto medio: reproducir el artículo para que ustedes, teleplatea, descubran su solidez de argumentos, su claridad racional y la intachable lógica con que el joven Ghersi me deja hecho leña.

Lo que me ha sorprendido es ver, gracias a una mano amiga, el muro de FB de otro joven, el joven Alexis Iparraguirre, ex estudiante de escritura creativa (carrera que le hubiera convenido cursar antes de la publicación de su primer libro), donde el citado joven Iparraguirre, a quien sólo he visto dos veces en mi vida —la primera de ellas jugando monopolio en una azotea (experiencia de la que parece haber extraído todo su conocimiento sobre economía)—, republica el artículo del joven Ghersi y se refiere a mí como si fuera su amigo de años, con cariñosos sobrenombres que no creo merecer, pero que agradezco.

En ese muro, el joven Alexis, que frisa diez más de los que frisaba Sifuentes en su momento, comenta el artículo del joven Ghersi de manera tan aguda y graciosa que hasta yo mismo estoy tentado de ponerle "like". El problema es que, al igual que el joven Ghersi, no se refiere a una sola línea de mi texto, lo cual le facilita la tarea de atribuirme ideas que no sólo no he expresado nunca sino que he rebatido muchas veces (con argumentos que él haría bien en revisar, para usarlos en su batalla contra el falso Gustavo Faverón que él ha construido en su soledad).

Como la mayor parte de quienes comentan el post del joven Iparraguirre parecen darme la razón a mí y no a mi crítico (Ghersi) ni a su publicista (el joven Iparraguirre), el joven Iparraguirre se molesta y les pide que se vayan a mi muro a poner sus elogios hacia mí. Lo dice y acto seguido hace una breve descripción de lo que él considera mis actitudes habituales:

Dice el joven Iparraguirre: “Estimado Humberto, puedes ir a manifestar tu admiración por el sabio de Bowdoin a su muro. Del mío solo podrás esperar que nunca te preguntaré con qué derecho hablas si no eres PhD, nunca te llamaré inmoral a la primera malhumorada ni confabulare con mis amigos del ciberespacio contra ti por discrepar. Tampoco tendrás en este muro defensas del Estado de Israel y de sus masacres y menos agresiones discriminatorias a partir de una pretendida superioridad intelectual (que incluyen el basureo en plan faite de Yauca)”.

A lo que debo responder:

1. Nunca le he pedido a nadie que no opine si no tiene un PhD. El joven Iparraguirre y el joven Ghersi, por ejemplo, tienen todo el derecho de opinar sobre todos los temas que les interesen y si, de carambola como hoy, sus opiniones llegan a mí, las escucharé como escucho cualquier opinión. Supongo, claro, que después yo tengo derecho a opinar sobre ellas, a pesar del PhD. (La “desgracia” de los doctores: decimos algo y por el sólo hecho de decirlo y ser doctores se nos llama “autoritarios”).

2. Nunca he llamado inmoral a nadie a la “primera malhumorada”. Lo he hecho cuando he pensado que alguien es un inmoral, lo cual es un hecho independiente de mi humor. También digo que alguien es zurdo si lo veo escribir con la mano izquierda o que una manzana es verde si veo que es verde. Me dirán que estos casos son incomparables con el otro porque son muy obvios. Diré que sólo he llamado inmoral a alguien cuando ha sido, para mí, así de obvio.

3. No confabulo con mis amigos del ciberespacio contra nadie por discrepar conmigo. En general, no confabulo. En general, no tengo amigos del ciberespacio (suficiente con mis amigos del otro espacio).

4. Defiendo el derecho del Estado de Israel a existir exactamente tanto como defiendo el derecho del pueblo palestino a constituirse en un Estado Palestino independiente, autogobernado y soberano. El Estado de Israel ha cometido innumerables crímenes de lesa humanidad en la guerra que libra contra numerosos grupos terroristas desde hace décadas. Nunca defenderé esos crímenes y tampoco defenderé los crímenes de lesa humanidad cometidos por los grupos terroristas palestinos.

5. “Faite del Yauca”. Mis amigos dudan que soy chalaco porque dicen que La Punta no cuenta como parte del Callao. Pero mis amigos, que tienen mejor gusto que el joven Iparraguirre, no piensan que llamar “faite del Yauca” a una persona por el simple hecho de ser chalaco sea una buena estrategia retórica. Y eso que mis amigos son unos atorrantes.

6. Además de esas tonterías, me atribuye otras, como que yo creo que existe una “alta cultura” que es superior y está claramente diferenciada de una “baja cultura”. ¿Cómo aclaro eso? Ya sé. Lo diré. No existe una “alta cultura” que sea superior y esté claramente diferenciada de una “baja cultura”. Pero, ojo, eso no hace que Corín Tellado sea mejor literatura que La metamorfosis. Sí hay, en cambio, mambos de Pérez Prado que son mejor música que mucha música clásica. Esa es la gracia. Decir que “Asu mare” es una mala película no es decir que todas las películas del mundo deban ser bergmanianas y, además, no todas las películas bergmanianas son buenas.

En fin, debo considerar con mis múltiples secuaces si vale la pena contestarle de verdad al joven Iparraguirre o si basta con aclarar la única confusión que en realidad me preocupa: que alguien vaya a pensar que yo con el joven Iparraguirre tengo alguna familiaridad. No es así.

Una vez me envió un libro de cuentos suyo y leí varios. Uno estaba en algo y los demás eran muy malos. Tiempo después, cuando estaba yo de visita en Lima, alguien se me acercó en la cafetería del CCPUCP, me saludó y me preguntó “qué te pareció mi libro”. Luego de dudarlo mucho y de responder vaguedades tuve que confesar que no sabía quién era la persona que me estaba hablando. Como había incómodos testigos presentes, parece que esta persona se sintió ninguneada. (Es el tipo de cosa que no afectaría a nadie que tenga algo de confianza en sí mismo pero que sí afecta a otro tipo de gente). Cuando se marchó, me contaron que era el joven Alexis Iparraguirre. Pregunté quién era el joven Alexis Iparraguirre y luego de muchas explicaciones entendí que era el antiguo jugador de monopolio y autor del libro que no me había gustado pese a mi esfuerzo por que me gustara.

Desde entonces, tiene la costumbre de hablar mal de mí en público y en privado, y al parecer ahora creyó que publicar el artículo del joven Ghersi era darme una bofetada. A juzgar por los comentarios en su propio muro —que, como digo, he visto gracias a una mano amiga—, el tiro le salió por la culata.

Ahora, en ese muro, les dice a sus propios comentaristas (que les dan con palo a él y, lamentablemente, también al joven Ghersi), lo siguiente: “Con todo cariño, los invito a que interpelen a Faverón (…) e incluso puedo apostar la réplica que obtendrán: inmorales, etc. Bueno, a menos que empiecen enviándole un mail elogioso y ya por ese lado construyan otra relación”.

Patética mentira. Él comenzó así, enviándome un mail patero. Y ya ven que no construyó conmigo una buena relación.

Y dicho esto, yo regreso a mi cama a ver episodios pasados de "La Previa" en YouTube mientras que el falso Gustavo Faverón que el joven Iparraguirre ha construido en su soledad regresa a su torre de marfil a seguir planificando su lucha contra el pueblo peruano.

4.7.13

El estúpido y perverso dios del mercado

¿Por qué nos suena a la vez estúpida y perversa la prédica de los falsos liberales (Aldo Mariátegui, Alfredo Bullard y las demás calabazas semovientes de la extrema derecha) cuando hablan acerca de la infalible perfección con la que el mercado es capaz de regularlo todo y nunca equivocarse?
Primero, nos suena estúpida y perversa a la vez porque la estupidez ilustrada es una perversión en sí misma. Es perverso que a profesionales formados en extraordinarias universidades no les preocupe que millones de peruanos estudien en universidades ridículamente malas. ¿Y por qué no les preocupa ni les molesta? Porque piensan que ése es el destino que el mercado les asigna a esos peruanos: no pueden pagar otra cosa, por tanto, eso les corresponde. Y si el mercado lo dice está bien. Son como fanáticos religiosos que ven morir a una muchedumbre y piensan: "está bien; es parte del plan de Dios", sólo que su dios es el mercado, es decir el dinero.
En segundo lugar, nos suena perverso porque sabemos que la lógica del mercado no es nunca la de proporcionarle al público lo mejor sino la de proporcionarle al público lo más posible, no importa de qué estemos hablando ni importa de qué calidad sea. Y eso implica que el comerciante que se "perfecciona" en el mercado no "perfecciona" la calidad de su producto sino sus posibilidades de "colocarlo". A veces, para "colocar" algo hay que hacerlo peor, no mejor (más simple, más barato, menos durable, más descartable, más fácil de consumir, incluso más dañino o menos seguro). Eso quiere decir que, en la lógica del mercado, "perfeccionar" puede significar "empeorar". Y eso es perverso.
Un ejemplo. Piensen en el cine peruano. Las mejores películas peruanas de la década las han hecho, a mi juicio, Claudia Llosa y Josué Méndez. Pero la "mejor" desde el punto de vista del mercado la ha hecho un patín cuyo nombre nadie recuerda ni recordará jamás, el director de "Asu mare". Alguien puede discrepar de mi juicio sobre las películas de Llosa y Méndez y pensar que hay otras mejores, eso es debatible, claro, pero nadie en pleno uso de sus facultades mentales puede decir, hablando desde la estética y el juicio artístico, con alguna seriedad, que "Asu mare" es mejor que aquéllas.
Pero la lógica perversa del mercado nos dice que Claudia Llosa y Josué Méndez podrían "perfeccionarse" para producir bienes mejores. Es decir, podrían "perfeccionarse" para hacer películas que se vendan mucho, mucho más, como "Asu mare". "Perfeccionarse", en ese caso, ya no sólo significa empeorar: significa estupidizarse, volverse fatuo, vano, banal, superficial, insignificante y demagógico, renunciar a cualquier forma de pensamiento que no sea el chiste chato, el prejuicio y el lugar común.
Lo más triste es que ésa es la manera en que se están "perfeccionando" muchas cosas en el Perú: los colegios, las universidades, los canales de televisión, las radios, los periódicos, las revistas, la música, las artes plásticas, los discursos políticos, etc. Estamos asumiendo que esa lógica perversa es la manera en que debemos crecer y expandirnos. Por una vez en nuestra historia tenemos alguna confianza en nuestro crecimiento y la tiramos al tacho de basura confundiendo las estúpidas leyes del mercado con las leyes del espíritu, la inteligencia y la razón. Nos estamos haciendo más "perfectos". Perfectos. Patéticamente.

3.7.13

El náufrago de la santa / Presentación

(La semana pasada, Jeremías Gamboa y yo presentamos la nueva novela de Peter Elmore, El náufrago de la santa. Este es el texto que leí esa noche).
Hace años, Carolyn y yo vivíamos tranquilos en un pueblito en el noreste de Estados Unidos, en una casa enana de los años treinta que estaba pegada a otra casa gemela, divididas por un frágil tabique de drywall, y en esa otra casa vivían tres estudiantes como nosotros: un americano, un alemán y una rusa. El alemán y la rusa se fueron y los reemplazaron otra chica americana y un personaje diferente. Era un hombre de pelo largo y barba selvática, con cierto aire a Eric Clapton, que nunca comía y se alimentaba exclusivamente de café, pese a lo cual se iba a dormir tempranísimo y se levantaba con el sol, de madrugada, para salir a correr, en la medida en que era posible correr con la nieve hasta la cintura, como Jack Nicholson al final de El resplandor, y con las pistas congeladas, los anteojos amarrados al cráneo con una banda de jebe, una curita en la nariz, como Jack Nicholson en Chinatown, y una gorra negra de marinero, como la de Jack Nicholson en Atrapado sin salida. Por las tardes, se sentaba en el porche de la casita gemela a leer libros en francés, portugués, inglés, italiano e incluso español, murmuraba interjecciones contra Lacan, contra Derrida y eventualmente contra Piérola, y hacía llamadas telefónicas que terminaban siempre con su voz cascada entonando los últimos compases de You Are My Sunshine. Por las tardes, salía a caminar por las quebradas y los riachuelos, entre las cataratas, los precipicios y el anillo de montañas que rodean al pueblo. Según decía, buscaba las ruinas del manicomio donde pasa sus últimos años un protagonista de Los emigrados, de Sebald.
Ithaca, así se llamaba el pueblo, lo atraía por eso, por Sebald y porque era un lugar literario donde Vladimir Nabokov había escrito Lolita y donde aún se exhibe su colección de mariposas, las mismas mariposas que el mismo Nabokov persigue por esas mismas montañas en esa misma novela de Sebald. Para los vecinos de la calle York, se trataba del arribo de otro personaje inusual en un lugar donde lo inusual es usual y frecuente. Para mí, en cambio, era la llegada de un amigo de años que además se convirtió en mi profesor por un semestre y en lector de mi tesis. Recuerdo como si hubiera sido ayer cada conversación que tuve con él acerca de esa disertación doctoral por la que andaba yo rebanándome los sesos. (Acerca de conversaciones que ocurrieron hace diez años y que uno recuerda como si hubieran sido ayer, pueden consultar el libro de Cathy Caruth Trauma: exploraciones en la memoria). Recuerdo en particular una noche en la que discutimos por horas un punto teórico de mi tesis: yo defendía una idea, él defendía la idea contraria, como ocurre siempre. Como ocurre siempre, no llegamos a ningún acuerdo, y al final de la noche él se puso de pie, caminó hacia la puerta de salida, se dio media vuelta para mirarme de arriba abajo y me ofreció, de un solo grito, el consejo que todo estudiante quiere escuchar de su maestro en momentos así: “¡Húndete!”. Acto seguido, como diría Fuguet, tiró la puerta de un portazo y caminó a trancos largos y rotundos los ocho centímetros que separaban su casa de la mía.
Peter debía de estar escribiendo por entonces El fondo de las aguas, y ya había escrito varios de los mejores libros de crítica literaria publicados por un autor peruano en las últimas tres décadas, un ejemplo notorio de que, contra el lugar común, la crítica peruana no está en crisis; los que están en crisis son los medios que deberían llevar esa crítica hasta los lectores. Los muros invisibles, La fábrica de la memoria, El perfil de la palabra y la colección de artículos La estación de los encuentros son libros sólidos, eruditos, bien fundados, originales y, además, extrañamente accesibles en un oficio donde el hermetismo es como una virtud cultivada, muchas veces, para evitar que las ideas de uno puedan ser puestas en discusión. El hecho de que Peter alterne su labor crítica con su trabajo como autor de ficciones, y que esa alternancia se produzca con una regularidad que en cualquier otro sólo parecería una regularidad maniática pero que en su caso lo es, nos dice algo importante acerca de la manera en que Peter ve la literatura: como un espacio para la reflexión y el debate, un trabajo creativo e intelectual que de pronto puede cobrar la forma de un ensayo o la de un relato, pero que nunca pierde la intención de ser una búsqueda. Uno puede ver las ideas sobre la ciudad literaria de Los muros invisibles reflejarse en las calles laberínticas y misteriosas de Lima en El enigma de los cuerpos. Uno ve las intuiciones sobre la novela histórica latinoamericana de La fábrica de la memoria influir quince años más tarde en la forma de la narración de El náufrago de la santa. Uno ve sus entradas y salidas de la obra de Ribeyro en El perfil de la palabra y de las obras de muchos otros autores contemporáneos en La estación de los encuentros transformar su estilo narrativo desde las novelas Las pruebas del fuego y El fondo de las aguas hasta el lenguaje metódico y digresivo de El náufrago de la santa.
Izq. a der.: yo, Peter y Jeremías.
Sus amigos sabemos que los géneros literarios que mejor se prestan al espíritu de Peter son la sutil invectiva, la diatriba directa, el artero e-mail y el peruanísimo raje a discreción, pero esa obra se mantiene secreta para la mayoría y debemos discutir su obra pública. La más reciente es El náufrago de la santa, creo que su novela más breve, que se mueve entre muchos géneros y cruza sus fronteras: la novela gótica a ramalazos sorpresivos, crecientes según se aproxima el final, el romance de época, el misterio policial, que es su piedra de toque desde El enigma de los cuerpos, la narración sobrenatural y, por supuesto, la novela histórica.
El náufrago de la santa no es una novela histórica en el sentido más trillado y equívoco del término: no es el relato de un hecho histórico transformado o reformado en la ficción, ni es tampoco una novela en donde la reconstrucción histórica —en este caso, la del Perú o más precisamente Lima y el Callao en los años cuarenta— sea un objetivo en sí misma. Pero sí es una novela histórica en la medida en que se interroga acerca de la relación entre, no dos, sino, de hecho, tres periodos de la historia del Perú: el momento en que ocurren los hechos narrados, que es 1947; el momento en que esos hechos son referidos por escrito por uno de sus sobrevivientes, cuatro décadas más tarde, hacia el final del primer gobierno de Alan García, y, claro está, como en cualquier ficción con rasgos de novela histórica, el periodo en que la novela es escrita y leída, es decir, este tiempo, el presente, que coincide con el tiempo en que el narrador principal reconstruye los hechos.
En una época como la nuestra, donde abundan las ficciones post-apocalípticas, El náufrago de la santa es, más bien, una novela pre-apocalíptica. Se puede ser post-apocalíptico de maneras brillantes e incluso insólitas y uno puede encontrar el aliento de los post-apocalíptico en ficciones que no parecen serlo. La vieja pregunta de Zavalita en Conversación en La Catedral, “¿en qué momento se había jodido el Perú?”, ¿no es, en cierto sentido, una pregunta post-apocalíptica, una que se interroga sobre el momento en que la destrucción y la devastación han sucedido? De ahí probablemente que la Lima de ese Vargas Llosa sea como una ruina gris poblada por memorias y fantasmas, viva todavía pero en cierta forma posterior a sí misma. Conversación en La Catedral es una novela que marcó la obra de Peter, notoriamente en El enigma de los cuerpos, y por eso es interesante ver que al cabo de cierta trayectoria, Peter arriba, en El náufrago de la santa, a una ficción que no se pregunta acerca del momento en que el Perú se frustró y desarticuló, sino acerca del momento en que eso pasará o, en todo caso, acerca del momento en que ese proceso llegará a su punto más álgido o a su final, a su final trágico, si tal cosa es posible. Es, digo, una novela pre-apocalíptica, y como tal, su mecanismo articulador no es la pregunta sobre el pasado, pese a ubicarse en el pasado, sino la pregunta sobre el futuro, la expectativa: el desastre inminente, el terror acechante, el horror a punto de llegar.
La historia ocurre en 1947, año de crisis, y es recordada por uno de sus protagonistas alrededor de 1988, año de crisis. En 1947, poco después de acabada la Segunda Guerra Mundial, el Perú atravesaba una de esas recurrentes coyunturas nuestras en las que una vasta zona de la población se empobrece y una zona muy reducida se vuelve rica en extremo. En el país, se acercaba el fin del gobierno de Bustamante y Rivero, había un desbarajuste político, cambios de gabinete y se venía la dictadura de Odría. A nivel mundial, es la época de Bretton Woods, el nacimiento del nuevo orden económico, la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Con las fronteras del mundo cerradas para gran parte del comercio durante los años de la guerra, 1947 fue, aquí, el fin de un periodo de recesión, despidos y desabastecimientos a partir del cual comenzó una relativa bonanza. La siguiente gran crisis económica del país entró a su punto más insoportable en 1988, que es cuando, en la novela, un personaje ya anciano recuerda el misterio de 1947.
Ese año —en la novela—, el mar del Callao vara en su orilla el cuerpo de un náufrago. En 1988 el hombre que recuerda esa historia parece literalmente víctima de un naufragio: escribe entre oscuridades, le teme al mundo exterior, vive en algún lugar de Lima como Robinson Crusoe en la isla: son las bombas de Sendero Luminoso que lo cercan, los apagones que lo ciegan. Es, además, un tiempo de recesión, despidos y desabastecimientos: es el año de los paquetazos de Abel Salinas; dos años antes, el mar del Callao ha varado muertos en su orilla: la matanza de los penales. El evento catastrófico que amenaza a los personajes en 1947 (un motivo constante en la novela es la aparición de augurios y vaticinios sobre un horror venidero) sigue siendo una amenaza en 1988: todo es endeble, todo puede venirse abajo, las señales del apocalipsis son viejas, los presagios se vuelven permanentes, los locos, los enfermos, los ángeles y los demonios parecen repetir, a lo largo del siglo veinte, la profecía atribuida a Santa Rosa de Lima, en cuyo día, el 30 de agosto de 1947, comienza la novela —por eso “el náufrago de la santa”—, o vivir esperando que se cumpla. Pero el mar nunca llega a salirse, los barcos del Callao no encallan en la Plaza de Armas de Lima; eso, todavía, sigue quedando para el porvenir. Eso es lo que llamo pre-apocalíptico. Aquí nos sirve haber recordado el libro de Caruth sobre el trauma: el náufrago parece un vestigio del futuro, alguien que ha visto el desastre o la continua inminencia del desastre, y ahora es incapaz de articular su memoria: se queda mudo. Los demás personajes lo ven como un signo escrito en un idioma ajeno, o como un dibujo, como uno de los dibujos premonitorios que él mismo diseña.
Y sin embargo, cuando lean el libro verán que hay muchas otras dimensiones y que la forma en que esta ficción se relaciona con la historia es distinta y atípica para una novela que, al menos yo, he venido llamando histórica. Aquí nada parece ser colectivo, nada es masivo, todo es íntimo, los escenarios son breves y poco más que escondrijos, un cuarto en un hospital, otro en una clínica psiquiátrica, escenarios de encuentros furtivos, la sala de una casa. Como en las tragedias de Shakespeare y Calderón, el horror proviene del encuentro entre naturaleza y humanidad, en las orillas del mar, por ejemplo, donde los hombres y las mujeres ven augurios en los animales pero no saben leerlos, o en las páginas de un bloc, cuando un artista, queriendo representar el mundo, dibuja el lado funesto, siniestro del mundo, su corrupción, su malignidad, los ojos con que nos mira desde el pasado y desde el futuro. Eso mismo hace Peter en esta novela, ése es el camino que se ha trazado desde hace varios libros y espero que en muchos más. Ése es mi augurio. Yo sé que no es tan auspicioso como un “¡húndete!”, pero se hace lo que se puede.

30.6.13

"Liberal" cuando me conviene

En el Perú, desde el gobierno de Fujimori, sin que se corrigiera nada sustantivo en el de Toledo y ahondando la herida en el gobierno de Alan García, se ha permitido que el Estado renuncie a su responsabilidad con los escolares y universitarios y que la educación se convierta, básicamente, en un negocio manejado por la versión más selvática y matonesca de la ley de la oferta y la demanda.

Por un lado, universidades adefesieras, fundadas sobre ningún sustento intelectual, sin expectativas éticas ni interés alguno por educar ciudadanos y formar profesionales: universidades que son como kermesses de domingo en las que todo desprevenido cree encontrar su conveniencia pero la mayor parte sólo dejan su dinero y se van sin nada ganado, o se van con un título inútil, que es como irse sonriendo porque se ganó un osito de peluche en la tómbola, aunque en verdad uno no necesita el oso de peluche y no le sobra el dinero para gastarlo en una tómbola.

Por otro lado, colegios que no compiten por educar a nadie sino por llenar sus vacantes lo antes posible, lo más rápidamente posible, a los precios más altos que les sean posibles, y que, sin pensarlo dos veces, aceptan trucos alucinantes como el famoso Plan Lector, que obliga a sus hijos a leer las tonterías que un director corrupto o ignorante y un par de maestros sobornables decidan en colusión con los comerciantes de las editoriales, que les dan cualquier mamarracho para que lo presenten a sus alumnos y a los padres de familia como lecturas imprescindibles, que van a convertir a sus hijos en lectores sagaces por el resto de sus vidas.

Lo más triste es que hay escritores y editores que se reclaman de izquierda y que aceptan gustosos el juego comercial del Plan Lector, que consiste en vender mucho, vender como mercachifles, suplantar la educación con el producto de ese bajo comercio y de paso ganar un poquitín de fama artificial, convirtiéndose ellos mismos en fulgurantes figuras del canon, cuando sus lectores no son otra cosa que niños que no los eligieron y que, de haber estado mejor informados, hubieran elegido cualquier otra cosa.

Se justifican diciendo que ellos trabajan con editoriales nacionales, luchando contra las grandes transnacionales (y eso lo repiten para que sus propios oídos se alegren creyendo que todavía son progresistas, izqueirdistas, rebeldes, antisistema): la verdad es que ni las pequeñas editoriales ni las grandes editoriales transnacionales deberían tener NADA que ver con la decisión de qué cosa leen nuestros chicos en la escuela. NADA. No sé si está claro: NADA.

De pronto, esos escritores y esos editores "de izquierda" descubren que la versión más selvática y matonesca del libre mercado es su elemento: se complacen en ella, lucran con ella, la vuelven parte de su sistema de vida. "¿Cómo? ¿Tú no eras fidelista?", les pregunta uno: "¿Tú no creías que el Estado tiene el deber de guiar la educación del pueblo?", y se hacen los que no escuchan. De pronto, cuando les conviene, parecen descubrir que no hay problema que no pueda solucionar la iniciativa privada y la ley de la oferta y la demanda. En cualquier otro terreno les parecería terrible. Pero en el terreno donde sus bolsillos engordan y sus egos se alimentan (y los cerebros de los chicos se desinflan y pierden la oportunidad de aprender algo de valor), ahí, en ese terreno, ya no ven cuál es el problema.


29.6.13

El Plan Lector y el origen de la estupidez

Es un mercenario de la educación el tipo que dirige la editorial San Marcos (que hace años se enriqueció de la mano de Recreo, Javier Arévalo, Gustavo Rodríguez y su famoso Plan Lector). Distribuye en los colegios peruanos textos racistas donde se dice que los indios y los negros son así porque salieron de las aguas sucias donde se habían bañado antes los blancos.

Le preguntan cuándo va a sacar de circulación el librejo en cuestión y dice (sumando y multiplicando, sin duda alguna) que primero tiene que evaluarlo. Después dice que no va a sacarlo porque el texto se basa en "antiguas leyendas jíbaras" sobre el origen de las razas. Eso me hace pensar en que quizás sea buena idea echarle una mirada a los textos de historia universal de Editorial San Marcos. No sea que estén consignando "antiguas leyendas germánicas" sobre los judíos o "antiguas leyendas españolas" sobre los gitanos o "antiguas leyendas serbias" sobre los croatas.

El Plan Lector, lo digo por enésima vez, es un proyecto surgido de Javier Arévalo, armado por él, promovido por él, aprobado en el congreso por un lobby que él formó, aprovechado por él mismo para lucrar con una ONG hecha ad hoc, que además coloca en los colegios del Perú libros del mismo Arévalo y de su socio Gustavo Rodríguez, como si fueran escritores de algún valor, cuando en verdad son la última rueda del coche de la literatura peruana. El Plan Lector además sirve de sombrilla y padarrabos para todo un ejército de otros pícaros y aprovechados, como los de Editorial San Marcos, socios de Rodríguez y Arévalo en otra colección de libros, que están convirtiendo a nuestra actual generación de escolares en chicos que siguen estando entre los menos lectores del planeta pero que, además, ahora, cuando leen, lo poco que leen, es casi siempre una triste estupidez impuesta por el negociado entre inescrupulosos como los de la Editorial San Marcos (que incluye, oh maravilla, oh milagro, entre sus colecciones, una colección de libros de Recreo) e inescrupulosos en los colegios.

Por supuesto, los colegios también podrían protegerse de esos inescrupulosos. En la Inmaculada, por ejemplo, el encargado de disponer qué se hace con el Plan Lector es un escritor inteligente y valioso, uno de los poetas centrales de las últimas generaciones peruanas, José Carlos Yrigoyen, pero, sobre todo, es un maestro responsable y consciente de la responsabilidad que implica educar a niños y adolescentes, y esto es lo que él ha escrito sobre el tema:

"Soy Coordinador de Comunicación de un colegio de Lima. Y como me niego a idiotizar a mis alumnos, mi Plan Lector no es el de Recreo. Prefiero que mis alumnos lean a Hemingway y a Vallejo que a Gustavo Rodríguez y a Javier Arévalo. Tampoco he incluido libros de San Marcos, porque no acepto que mis alumnos crean que son de piel más oscura que otros porque sus antepasados se bañaron a destiempo en una laguna. Finalmente, he dispuesto que en cada grado del colegio donde trabajo los profesores armen una antología de textos narrativos y de poesía, porque ninguna de las editoriales que conozco se dignan a poner poemas y cuentos completos en los libros de texto para no pagar los respectivos derechos de autor, y me niego a educarlos con fragmentos incoherentes de cuentos y poemas mal escogidos en su mayoría. No creo hacer nada del otro mundo, en realidad: simplemente quiero darles a esos chicos una educación mínimamente decente, sin prejuicios estúpidos y con autores que valgan la pena, no con mercenarios que lo único que desean es lucrar con la ignorancia de los niños y adolescentes de mi país. Eso es todo, nada más".

24.6.13

La izquierda voluntariamente secuestrada por payasos

Yo soy de izquierda y a mí me resulta vergonzoso el apoyo de las izquierdas latinoamericanas a regímenes como los de Correa, Morales, los Kirshner o la pajaritocracia de Maduro. Dicen que no es un apoyo incondicional sino un apoyo estratégico. Bueno, todo apoyo es estratégico pero no toda estrategia es sabia, y, en cambio, no todo apoyo estratégico tiene por qué ser incondicional. Y el apoyo que la izquierda les da a estos payasos es claramente incondicional. Por lo menos yo nunca he visto que la izquierda le ponga condiciones a ese apoyo.

Yo no he visto que la izquierda de la región le diga a Cristina Fernández de Kirshner, ok, la apoyamos pero demuestre por favor que no son verdad las cada vez más numerosas acusaciones de robo ni sus abusos contra la libertad de prensa ni el ensañamiento particular con ciertos medios (incluyendo los medios de una izquierda crítica). No he visto qué condiciones le ha puesto la izquierda latinoamericana a la ornitoglosia feérica de Maduro cuando suscribe los discursos xenofóbicos de Chávez, su antisemitismo de otro siglo, su alianza con dictaduras homicidas como las de Irán y Cuba, su control de la información, su acoso contra la prensa de oposición. No sé qué condiciones le impone a Correa y su inaceptable ataque contra la libertad de prensa en Ecuador. No sé que condiciones le pone la izquierda latinoamericana a Evo Morales, su nauseabunda homofobia y sus ofensas contra la dignidad de la mujer boliviana, empezando por la humillación de sus propias ministras mujeres.

Sí, la alianza de la inmensa mayoría de la izquierda latinoamericana con esos señores es estratégica, como toda alianza, y eso es triste porque está claro que en la estrategia de la izquierda un punto repetido es abandonar la vergüenza, el pudor y los principios básicos que, se supone, deberían definir a una izquierda moderna contemporánea, para consagrar el capricho de dictadores abusivos, como si los ideales de la nueva izquierda tuvieran algo que ver con todas esas chapucerías, todas esas bajezas, toda esa oligofrenia, todo ese abuso y todo ese caudillismo chauvinista. ¿A cambio de qué? ¿Cuál es el resultado de esa estrategia? 

Por un lado, recibir un montón de dinero de ese circo de ventrílocuos chavistas que gobiernan hoy a Venezuela, ése es el plus. Por otro lado, estúpidamente, hacerles creer a dos generaciones enteras de latinoamericanos que para ser de izquierda hay que ser un baboso atrabiliario, hay que perseguir periodistas, hay que robar a manos llenas, hay que ser un vulgar, un grosero y un perpetuo ofensivo, hay que estar colmado de prejuicios contra todos los que son distintos de uno mismo, hay que asociarse con maleantes, hay que tomar partido en favor de genocidas (como hicieron Correa, Chávez y Castro en el caso de todos los genocidas del mundo árabe, a los que han defendido como si se tratara de sus hijos y sus hermanos).

Brillante estrategia de la izquierda: recibir dinero a cambio de perpetuar la imagen de que la izquierda es un huarique regido por el más pendejo, la imagen de que la izquierda no sirve a nadie con más lealtad que a la billetera de sus líderes y sus cuentas en bancos suizos, que ninguna ley le parece demasiado respetable, ningún honor demasiado respetable, ningún opositor demasiado respetable, ningún principio demasiado respetable. Brillante estrategia.

10.6.13

"Espejito, espejito, ¿quién es el más mentiroso de este reino?". "Oh, antes eras tú, pero ahora es tu hija Keiko".

(A) “Juro por Dios que no voy a indultar a Alberto Fujimori. No es mi intención, ni la intención de la familia indultar a Alberto Fujimori, lo ratifico como lo he dicho en varias oportunidades. Critico y condeno los errores que se cometieron durante el gobierno de mi padre". (Keiko Fujimori el 18 de abril del 2011, siendo candidata presidencial).

(B) “Recibimos la denegatoria a la solicitud de indulto con mucha tristeza y una lógica indignación. No podemos concebir que el presidente tenga un trato tan inhumano en el fondo como en la forma. Alberto Fujimori saldrá en libertad. Y no en la tumba, como Ollanta Humala y su señora desean". (Keiko Fujimori el 9 de junio del 2013).

Curioso. Cuando quiere ser presidenta jura "por Dios" que no dará el indulto y además explica por qué: a causa de los "errores" del gobierno de su padre (que es como ella se refiere a los crímenes de lesa humanidad, la multitud de robos y demás delitos del ilustre líder emérito de su mafia). Pero después, cuando el presidente que sí fue elegido niega el indulto, ella se indigna y lo llama "inhumano".

¿Estaba mintiendo cuando dijo (A)? Obvio que sí. ¿Ha olvidado que alguna vez dijo (A)? No lo creo: recuerda perfectamente su mentira pero es demasiado caradura como para que eso la moleste.

Sin embargo: ¿Hubiera sido capaz de cumplir lo ofrecido en (A), dado el caso, incluso a pesar de haberlo ofrecido sin creerlo? No me cabe la menor duda de que, si le hubiera convenido y hubiera estado en su poder, Keiko Rata habría dejado que su padre se pudriera en la cárcel (pero eso es una simple hipótesis).

No olvidemos que ésta es la mujer que, cuando adolescente, se hacía la loca y fingía ser la única persona en el Perú que no se había enterado de que su papá torturaba a su mamá, la encadenaba, la electrocutaba, la llevaba a perder la razón, la mantenía encerrada a llave y candado.

¿Es (B) otra mentira? Veamos: no dudo que Keiko Rata esté triste, porque su papá es su único capital político; ella no tiene nada más. Y porque, digamos verdades, debe de ser bien rochoso tener que llevar a tus hijos todos los domingos a la cárcel a ver al abuelito pintor senil que se cree Dios y dibuja tarjetitas navideñas con mensajes abochornantes y el nivel intelectual de una piedra pómez.

Pero, ¿cómo es posible que quien dijo que, de ser elegida, garantizaba que Alberto Fujimori estaría en prisión, sin ser indultado, al menos hasta el año 2016, diga ahora que no indultarlo (en el 2013) es una muestra de inhumanidad? Ah, ésa es la respuesta más sencilla de todas: para que eso sea posible basta con que la persona que dice (A) y después dice (B) sea una hipócrita que ha sido criada en la mentira y que se ha forjado en el cinismo, el descaro, el engaño, el truco y la jugarreta desde muy chiquita.

7.6.13

Un paso adelante

El presidente Humala rechazó el pedido de indulto de Alberto Fujmori. Era la única decisión que cabía. Lo contrario hubiera sido una burla contra sus miles de víctimas, contra la justicia y contra eso que todavía tenemos adentro los que creemos que la historia puede corregirse, redirigirse y mejorar. Tener a Fujimori en la cárcel nos debe dar una idea básica de orden. Las cárceles están hechas para gente como él; las leyes están hechas para proteger a las naciones de individuos como él. Hoy hemos ganado. Algunos pueden pensar que es duro alegrarse de la carcelería ajena. Tonterías: es un motivo de celebración saber que los mayores criminales de nuestra historia están encerrados (Guzmán, Montesinos, Fujimori). Faltan otros, claro, como Alan García. Ya llegarán. Cada vez que una puerta se cierra detrás de una de estas personas, el país da un paso adelante.

6.6.13

Keiko Fujimori o lo que se hereda no se hurta (salvo que lo que se herede sea el arte de hurtar)

Parece tan simple que hasta da vergüenza no haberlo entendido antes. No es que tantos peruanos voten por Keiko Fujimori simplemente por ser la hija de su padre; aunque tampoco es que voten por ella porque crean que es diferente de su padre. No votan por ella porque piensen que no es corrupta pero --algo es algo--, tampoco votan por ella necesariamente porque crean que sí lo es. En verdad, muchos votan por ella sólo porque es un ejemplo de cómo vivir sin hacer nada.

¿Enredado? La caricatura de Heduardo lo dice de manera más transparente. "Keiko estudió con nuestro dinero". "Keiko vive gratis en la casa de una tía procesada". "Keiko recibe un sueldo de los congresistas fujimoristas". "Bienvenida al club La Plata Llega Sola".

Keiko tiene una ONG cuyo financiamiento no es fiscalizado por nadie porque Keiko no ha inscrito su ONG en la entidad que se encarga de registrar y observar el funcionamiento de ese tipo de organizaciones. Ella dijo primero (cuando comenzaron a destaparle el entuerto) que recibía 7 mil soles de su partido cada mes y que con eso vive, modestamente.

Pero ahora resulta que no es exactamente el partido, sino que cada uno de los congresistas fujimoristas le da un porcentaje de su sueldo mensual, sumando 57 mil soles el 30 de cada mes. ¿Para qué se lo dan? Para que siga administrando la franquicia Fujimori, lo que a su vez les permite a ellos derecho a la franquicia, a llamarse "congresistas fujimoristas". Keiko vive de vender el apellido de papá.

¿Quieren verlo de otra manera? Mirémoslo de este modo: Keiko sabe que quienes postulen al parlamento con ella tienen enormes posibilidades de conseguir un lugar en el Congreso. Entonces les dice: ok, una vez que lo tengas, vas a tener sueldo fijo por cinco años, te lo juro por Dios y por la plata. Y entonces me vas a dar parte de tu sueldo. ¿Estamos? Porque de algo tiene que vivir una, ¿no es cierto? Ah, pues. Y así, la plata llega sola.

Y entonces resulta que Keiko Fujimori no sólo ha vivido de la plata de todos los peruanos cuando recibía su educación en Boston, y su educación Ivy League en New York, y no sólo ha vivido de la plata de todos los peruanos cuando estuvo en el Congreso, sino que ha seguido viviendo de la plata de todos los peruanos incluso cuando, como ahora, no ocupa ningún cargo público, pero el dinero de las cajas del Congreso va a parar donde ella (y además no paga renta porque para eso están las casas mal habidas por las tías perseguidas por la justicia).

Keiko es como una de esas personas que se levantan temprano por la mañana, se agarran un sitio en la cola de un ministerio y luego les venden el sitio a los que llegan después. No tiene un trabajo real, sólo se ha agarrado un eslabón en la cadena. Keiko nos madruga a todos: ésa es su ciencia, así la criaron, así actúa, así es y así será. Lo que se hereda no se hurta, dicen; ¿pero qué pasa cuando lo que se hereda ya fue hurtado o, peor aun, cuando lo que se hereda es el arte de hurtar?

3.6.13

Techo propio

"Ahora presten atención al siguiente slide: también tenemos a la venta estos prácticos condominios valorizados en 4 millones de dólares cada uno, pero si los compran a través de una empresa off-shore, o haciéndose un préstamo a ustedes mismos, o colocando a sus suegras de 120 años de edad como testaferras, o con una platita que les haya caído de una obra municipal y le suman quizá otra platita que les haya llegado sola, se lo podemos dejar al módico precio de 3 millones y medio, y lo mejor es que para cuando la gente se dé cuenta probablemente el delito ya habrá prescrito y ustedes puedan postular de nuevo... Vamos, anímense, compren de una vez, no vayan a terminar viviendo en una casa alquilada de propiedad de una tía que se haya dado a la fuga..."

2.6.13

Miseria

Cada vez que hay una gran desgracia en algún lugar del mundo, no falta un predicador cavernario o un santón local que le eche la culpa de la detrucción a los pecados cometidos por las víctimas. Hubo pastores que culparon a "la viciosa gente de New Orleans" por Katrina, y decrépitos mentales que responsabilizaron del tsunami en Tailandia a la inmoralidad de los tailandeses, justo como en las crónicas virreynales peruanas aparecen curas delirantes gritando que un cataclismo limeño es el castigo del señor porque la ciudad se ha vuelto una Sodoma (cosa que dicen también los personajes de Von Kleist en "El terremoto de Chile"). Culpar de una desgracia a su víctima y decirle que no sólo no es un acontecimiento azaroso y trágico sino que ha ocurrido porque ella ha hecho algo mal, porque ella no ha "dado la talla", es como decirle que se lo merecía y es la manera más efectiva de dejarla sola en el mundo. Hay una mujer cuyo esposo ha sufrido un derrame cerebral que lo ha puesto en estado de coma y hay un sujeto que se dice amigo de esa mujer y que le escribe: "¿Te has preguntado si en este revés no habrá algún mensaje oculto? Si Dios existe, ha de ser él quien está produciendo tremendo cataclismo en tu vida. Pregúntale entonces qué es lo que falla, qué es lo que tienes que cambiar, en qué desafío no has dado la talla". El sujeto, obviamente, es Beto Ortiz, y eso que escribe no lo ha puesto en un email privado enviado a aquella persona de quien dice ser amigo, sino en su columna de Perú 21. La razón más obvia es que nadie le paga por un email privado, mientras que sus columnas son negocio; la razón de fondo tiene más que ver con la definición de miserable.

Mario Vargas Llosa y Alfredo Bullard o en qué se diferencia un liberal de un brontosaurio

Es triste que en América Latina el nombre del liberalismo sea usurpado, en gran medida y repetidas veces, por una manga de brontosaurios cuyo único designio en la vida parece ser preguntarse cuál es la manera más rápida de hacer dinero.
¿Quieren saber la diferencia entre un liberal de verdad, como Mario Vargas Llosa, y un usurpador del nombre, como Alfredo Bullard? Basta con dos ejemplos de esta semana referidos al tema de la educación.

Bullard dice:

"La educación pública limita el espacio del crecimiento de la educación privada, porque finalmente como la educación está subsidiando la oferta en lugar de subsidiar la demanda, que es el que va a demandar y exigir una mejor educación, que es el padre, subsidias la oferta y colocas el colegio público. Por supuesto, es una competencia desleal. Es una competencia desleal".

Aplausos. Según Bullard, la existencia de colegios y universidades estatales es una competencia desleal para los colegios y las universidades privadas. San Marcos es una competencia desleal para Alas Peruanas (deslealtad que empezó medio milenio antes de que Alas Peruanas fuera fundada). El colegio Guadalupe es una competencia desleal para el Markham (porque seguramente si no existiera el Guadalupe, todos esos chicos irían al Markham a pagar decenas de miles de dólares de matrícula y otros cuantos miles cada mes).

No se sorprenda si Bullard dice uno de estos días que la existencia de la Policía Nacional implica una competencia desleal para las empresas de guachimanes.

Pasemos a Vargas Llosa.

En Chile, la derecha cavernaria ha defenestrado de su cargo como director del Centro de Estudios Públicos --una institución de larga historia, promotora de incontables debates sobre temas de cultura, sociedad y educación en el país de sur-- al escritor Arturo Fontaine. Vargas Llosa afirma que el despido de Fontaine es una reacción de la derecha radical (él la llama "la derecha iliberal") contra ciertas ideas de Fontaine acerca de la educación privada en Chile. Vargas Llosa lo explica así:

"(Fontaine) piensa que la Universidad es una institución que no sólo prepara profesionales sino forma ciudadanos y personas y que por lo tanto requiere un régimen especial, y que no debería ser materia de lucro, porque, cuando lo es —cita al respecto abundantes estadísticas de Estados Unidos y de Brasil, dos países donde las universidades privadas con ánimo de lucro son lícitas—, incumple su función y suele preparar profesionales deficientes. No está contra las universidades privadas, ni mucho menos, a condición de que no distribuyan beneficios entre sus accionistas sino que los reinviertan enteramente en la propia institución, como hacen Harvard o Princeton. Pero la crítica que hace Fontaine a la situación universitaria chilena es la siguiente: que, en un país donde las leyes prohíben explícitamente que haya universidades privadas con ánimo de lucro, muchas instituciones hayan encontrado la manera de burlar la ley haciendo pingües negocios en este dominio".

Mientras que Bullard celebra que en el Perú haya cada vez más instituciones educativas privadas (pese a la "competencia desleal" de las públicas) sin preocuparse en lo más mínimo acerca del tema más relevante, es decir, la calidad de la educación, Vargas Llosa, en cambio -liberal de verdad, y persona culta- asume la realidad como punto de partida: en gran parte del planeta la educación pública es central y de notable nivel y probablemente es bueno que la privada, como piensa Fontaine, sólo exista en la medida en que el lucro no se convierta en su objetivo y acabe por pervertir la naturaleza que toda institución educativa debería tener.

Es más, Vargas Llosa cierra su artículo diciendo que, en caso de que la ley chilena fuera cambiada para permitir las universidades con fines de lucro, "estas empresas deberán funcionar como las otras, sin las prerrogativas de que gozan ahora todas las universidades". Es decir: si quieres competir con la educación estatal pero tu objetivo no es elevar el nivel de la educación sino hacer mucho dinero, entonces no tienes por qué ser tratado como se trata a las universidades sin fines de lucro: tienes que ser tratado como se trata a cualquier otro negociante.

¿Vargas Llosa promoviendo la competencia desleal del Estado? No. Es simplemente Vargas Llosa siendo una persona razonable, en contraste con la caverna ultra derechista.

1.6.13

La utopía de Bullard y Ferrero

Nunca hay que dejarse engañar por los fanáticos que creen en el mercado como en un ser todopoderoso y juran que los dictámenes de la ley de la oferta y la demanda son no sólo infalibles sino además siempre benéficos. Pero, sobre todo, no hay que dejarse engañar por ese absurdo cuando tratan de aplicarlo al mundo del arte, la cultura y la educación, y mucho menos cuando se quiere relacionar el éxito comercial de un producto con su calidad.

Piensen en el libro. Me refiero al libro como objeto comercial. ¿Qué cosa hace que un libro sea más caro que otro? Hay, sin exagerar, decenas de respuestas posibles, y lo curioso es que cualquiera con la expectativa de que esas respuestas tengan alguna relación con el contenido del libro se va a llevar un fiasco: un libro en una librería es más caro que otro si es, por ejemplo, más grueso, si tiene más páginas, si tiene pasta dura, si tiene un papel más fino, si está impreso con mayor claridad, si está plastificado, si tiene portada de cuero, si es de un formato mayor, como un coffee table book, por ejemplo, etc.

¿Qué factores no tienen absolutamente nada que ver con el precio del libro? La calidad de su contenido, sus ideas, la información que transmite. Una novela buena cuesta lo mismo que una novela mala, un ejemplar de Harry Potter cuesta lo mismo que uno del Quijote, un libro de Beto Ortiz cuesta igual que un libro de Góngora, una guía de mapas cuesta igual que una Biblia y una Biblia cuesta igual que el Libro de Oro de Condorito. La última novela del último Premio Nobel cuesta igual que mi primera novela y mi primera novela (glup) cuesta igual (o menos) que una agenda con tapa de cuerina, lo cual quiere decir que el contenido es tan radicalmente secundario en lo que al precio del libro respecta, que, para establecer el precio de un libro, ni siquiera es necesario que ese contenido exista.

¿A qué viene todo esto y cómo es que recordarlo sirve para prevenirnos acerca de los males del mercado en el mundo de la cultura? Simple: el mercado no puede de ninguna manera ser por sí solo un elemento regulador positivo en el ámbito de la cultura, y ciertamente en el caso del libro, porque al mercado le interesa que los libros se vendan pero no le interesa qué libros se venden (y a la cultura sí, obvio). Y aquí me voy a permitir mi propia versión de la llamada reductio ad Hitlerum, que a muchos les parece siempre una falacia pero que a mí me parece muchas veces incontestable: si en un país X se venden doscientos mil ejemplares de Mein Kampf o se venden doscientos mil ejemplares de Las mil y una noches, eso, al mercado del país X, le es enteramente indiferente.

Si en el Perú del año 2020, por obra de algún extraño conjuro, la clase A multiplicara su compra de libros por 1000 y las clases C, D y E las redujeran hasta llegar al cero absoluto, la conclusión principal que el Ministerio de Economía obtendría de esa estadística es que el mercado del libro en el Perú se ha expandido y fortalecido, aunque, en la práctica, la enorme mayoría de los peruanos habría entrado en una especie de analfabetismo funcional. De la misma manera, si en el año 2020 todos los peruanos que hoy compran un libro de ciencias al año dejaran de comprar libros de ciencia pero empezaran a comprar diez ejemplares cada año de las memorias de Susy Díaz, el mercado, nuevamente, se habría expandido y estaría mejor que nunca.

¿Qué cosa no estaría mejor? Obviamente, la cultura peruana y la educación de los peruanos, es decir, lo que estaría peor es el Perú, pero el mercado sería absolutamente incapaz de decirnos eso, porque, repito, al mercado le interesa vender pero no le interesa qué es lo que vende, porque es ciego a los cotenidos.

Pero decir que es ciego, simplemente, no explica el problema por completo, porque el contenido de los libros, curiosamente, sí determina otra cosa que al mercado le interesa: el volumen de ventas que un determinado libro puede conseguir. En el mercado "ideal", mientras más best-sellers existan, mejor, porque eso acrecienta el volumen total del comercio, sobre todo si los best-sellers descubren nuevos públicos objetivos, como ocurre, por ejemplo, desde hace poco, con las novelas pornográficas para mujeres adolescentes, el mayor fenómeno del mercado librero mundial en el último par de años.

El mercado, entonces, no es completamente ciego a los contenidos: el mercado sabe, de hecho, que los libros de contenido pobre, los que no obligan a pensar, los que satisfacen una forma básica de morbo o un forma básica de aspiración (los libros de autoayuda) son especialmente vendedores. Si Flaubert vendiera más que Cincuenta sombras de Grey, el mercado fomentaría el descubrimiento de nuevos Flauberts; pero no es así: el mercado sabe que ciertos tipos de libro pésimo venden más que cualquier cosa, y eso es lo que ayuda a formentar.

Y ahí ya estamos en terreno Bullard-Ferrero. El primero dice que demasiada educación es mala para el mercado y el segundo dice que incluso el Estado debería fomentar la creación de productos culturales sólo si reproducen fórmulas comercialmente exitosas. Los bodrios que Ferrero propone serán siempre exitosos entre la gente que Bullard quiere, gente que no haya invertido demasiado tiempo en cosas banales como recibir una buena educación, gente abandonada por la sociedad y el Estado en su formación. Peor aun: gente a la cual la sociedad y el Estado hayan formado para ser devoradores de chatarra.